#PerdiendoAmigos – Directo de la horma

Me mudé sola a los 25 años de edad. Me fui un poco abruptamente y tomé el paso de manera decidida sin ninguna duda aparente. Lo hice. Para muchxs, esto es la prueba del concepto independencia en nuestros tiempos. Independencia económica y concuerdo, pero nunca lo sentí como un proceso acabado. Ser libre vino después.

Nunca me encontré muy sencilla a la hora de definir qué es ser libre en palabras, a menudo lo asocio a un solo hecho desde el momento que partí de mi casa materna/paterna. Desde mi óptica, ser libre es comer queso de rayar directo de la horma.

Si todavía están ahí y no cerraron esta página indignadxs por la declaración que acabo de tipear, me animo a defender a lo “batalla más enfurecida de dragones y flechas de la series Game of Thrones”, la sensación de esa línea entre inocente y tonta e intentar darle cuerpo.

Con una tendencia a la constipación infantil, mi mamá me restringía a pleno el acceso a quesos por las consecuencias nocivas que le traía a mi salud. Automáticamente, el queso y específicamente, el de rayar (sardo, reggianito o cualquiera sea, me da igual) se volvió mi objeto de deseo y obsesión. Mi mamá salía de casa a buscar a mis hermanas a alguna clase y yo me lanzaba hincándole el diente directo, creyendo ilusamente que ella no notaría mis dientes marcados como prueba incriminatoria.

Ser libre e independiente (que no son términos que vayan siempre de la mano, por eso trataré de enfocarme en la noción de libertad, que en la de independencia) son todas esas cosas importantes que te hacen sentir capaz y operativo en esta sociedad, pero también, bien con vos mismx y sobre eso, no hay mucho que escribir. Todxs nos percibimos más libres si no tenemos que preocuparnos por el dinero, si tenemos acceso a lo que nos hace sentir completxs, llámese curso de alfarería o los 40 minutos de terapia psicoanalítica (puede reemplazar psicoanalítica por la que uds. encuentren más a gusto). La libertad que da moverse por el mundo sin restricciones logísticas ni culturales (no es lo mismo en este mundo ser musulmán que cristiano, árabe que norteamericano). Esto ya tiene forma y lo tenemos incorporado aunque haya cierto aroma a mentira en él.

Toda noción de libertad, como la entendemos en el Occidente, asombrosamente está asociada a: una restricción o una finalidad. Revisemos un poquito esto.

Cuando queremos darle forma a esa sensación de libertad, los elementos que se asocian a ella, sin mayor complejidad se ordenan de tal modo que comienzan a acorralarla para definirla. Pareciera que toda libertad conlleva condicionantes. Ponerle candados a ciertas cosas que nos hacen mal para soltar lo que nos hace bien, y son esos seguros los que requieren más mantenimiento y atención que las partes que nos colocan en un mejor lugar. Hay una presión siempre latente en esta apreciación libertadora que la hace hablar más fuerte, que afianzar las condiciones de ser libre sin peros. ¿Es acaso la única manera de entender una libertad? ¿Podría existir alguna responsabilidad mayor con el ser libre que dejar de ser esclavo? ¿Cuánta independencia hay en la libertad y cuánta es realmente necesaria?

Presxs de antidepresivos que nos permitan sonreír, de fin de semanas que tardan en llegar, grilletadxs a aplicaciones que nos conectan con gente que se nos sienta al lado a diario, pero con quienes no podemos comunicarnos, accesos directos comunes a sustancias que nos hacen coger, hablar, relajar “con libertad”, todo esto ¿cuánto nos acerca a ser más libres? ¿Nos acerca? ¿Cómo sería aproximarse a un lugar que no tiene dirección ni punto final?

Sancionar la libertad en actos o en medidas finitas y finales resulta a grosso modo atractivo. Creerla acabada y puntual conlleva una aproximación estática. No siempre significó lo mismo ser libre y nunca fueron las mismas trabas las que nos hicieron definirla distinta.

Aunque sería mucho más fácil circunscribirla a un lugar y decir llegué a ser libre como si fuera emprender un viaje a Las Toninas, siempre los límites se desfiguran y cada acto que nos conducía, en un pasado, a ser la versión más fiel a nosotrxs mismxs, hoy tal vez y dependiendo del caso, nos acercaría a una versión más oprimida. Y aunque depende mucho de los movimientos históricos y dinámicas culturales, creo que tiene más relación con la tendencia de entender a la libertad como un destino y no como una construcción de pifies, aciertos y decisiones fluctuantes y caóticas del ser, estar y pertenecer. No necesitamos saber a dónde nos dirigimos para ser libres, necesitaríamos, a mi entender, comprender qué requiere para cada individuo en relación a los demás en cada paso que se da, en un contexto determinado, de manera más personal, para sabernos más grupales.

Para varixs, tal vez, pueda entenderse como un tecnicismo tonto la teoría que acabo de esgrimir, pero en el momento en que corremos y tomamos las tan liberadoras decisiones “sin restricciones” hacia un objetivo que creemos cambiará como un interruptor a una unívoca libertad, es cuando nos frustramos y combatimos diariamente la insatisfacciones de nunca complacer esa llama que vibra dentro nuestro. Esa, la misma que enciende cuando estás viendo la película “Corazón valiente” y William Wallace en su lecho de muerte, mientras lo torturan y matan, grita con su último aliento “freedom!” (libertad!) y unx se larga a llorar cual niñx chiquitx buscando a su madre. Ahí estás vos solx con tu montaña de emociones saturadas de objetivos y rocas que nunca coinciden con lo que te contaron que era ser hijx del viento, pluma en el aire, dueñx de tu destino.

Hay que laburar mucho para reacondicionar todo lo que creemos sobre lo apretados que estamos y lo sueltos que podríamos estar. Hay que discutir y provocar a la libertad para que no se acomode tan calentita en las grandes palabras de independencia, democracia, decisión. Hay que desafiarla para que ella misma entienda que no necesita de algo más para existir. Ya existe en cada pequeño acto que corrige la trayectoria anestesiada de vivir sin sentir, sin pensar, sin conectarte con lo importante.

Soy una malaprendida que comparó la libertad con una horma de queso. Soy la malaprendida que no le tiene miedo a la palabra, a los resultados ni a su forma. Soy la malaprendida que se metió a jugar con las piezas y siempre tirarlas al aire para saber dónde caen. El costo de esto es que nunca sabés qué ficha te va a pegar en el ojo y cuál te va a enseñar a volar. Por las dudas, siempre ando con un pedacito de queso en el bolsillo, seguro desde el aire todo debe ser más rico.

Texto e imagen: Leila Fernanda Tanuz. Es Diseñadora de indumentaria, docente e investigadora de FADU, UBA, tejedora en Il Porco Tejidos, constructora de imágenes en Casa Prensil, feliz, verborrágica y desobediente.

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