De la Rúa: una muerte, recuerdos y alguna que otra pregunta

Esta madrugada murió Fernando De la Rúa. Es imposible que no se me vengan a la memoria, amontonados y llenos de furia, aquellos calurosos días de diciembre de 2001. Y de los meses que siguieron también. Acaba de morir un ex presidente que no dudó ni un segundo en llevar adelante uno de los ajustes más violentos que hayan sufrido las clases populares en nuestro país en las últimas décadas. La cara política más visible de la represión con que los sectores dominantes blindaron los desastres económicos y políticos cometidos por el modelo neoliberal y privatizador de la década menemista. Acaba de morir, una vez más, un ex presidente impune.

Se me vuelven a apelotonar en la retina las imágenes de aquella inédita tarde del 20 de diciembre en las inmediaciones de Plaza de Mayo. Las barricadas en cada esquina de Diagonal Norte. Los autos incendiados. El retumbar de los itacazos policiales en esas calles minúsculas que parecen haber sido diseñadas para emboscarnos, para borrarnos del mapa. Recuerdo haberme encontrado mágicamente con un amigo de la infancia y, posteriormente, haberle perdido el rastro en medio de un raid represivo con gases lacrimógenos. Recuerdo el repliegue hasta la avenida Corrientes donde miles y miles pasamos horas avanzando y retrocediendo.

No se me olvida ni se me va a olvidar ese caos completamente organizado. El boca en boca gritando “¡avanzamos despacio!”, cuando los escuadrones policiales cedían. O el “¡No corran, compañeros!, despacio”, cuando la policía volvía a arremeter contra la muchedumbre. Tampoco se me olvida que durante muchas horas fueron espontáneamente impedidos por la gente los saqueos en calle Corrientes. Ante cada intento de romper vidrieras, siempre eran más los que gritaban que no compañeros, que no le demos motivos a la policía, que estábamos ahí para otra cosa.

Son esas pequeñas sutilezas que sólo pueden captar los testigos presenciales. Esas cosas que nunca se van a ver en la tele ni leer en los periódicos. Pero que la tradición oral popular debe prevalecer al afirmar que los saqueos en la Capital Federal comenzaron después de que De la Rúa salió eyectado del poder en un helicóptero militar. Y después de que alguna voz de mando decidió la represión policial masiva. Sólo cuando la policía avanzó, y las columnas de manifestantes comenzaron a replegarse a las corridas, los saqueos ganaron las calles porteñas en aquella tarde ya casi devenida en noche del 20 de diciembre.

Mi ingenua decisión, producto de mi poca experiencia política de aquellos tiempos, de no encolumnarme en el repliegue me dejó casi solo en la calle Lavalle, donde todo era un silencioso saqueo de grandes casas de electrodomésticos a mi alrededor. Esa tarde aprendí, de golpe y mal, que la multitud organizada es la única que te puede salvar cuando la represión avanza. Me acuerdo de un flaquito de pantalones chupines que venía tranquilo, con las manos en los bolsillos, y me dijo: “corré todo lo que puedas flaco, porque ahí viene la cana”. Y recuerdo cruzar la 9 de julio corriendo semi-agachado y escuchando aterrado los estampidos de la balacera. Todavía se me viene el pánico de ese momento, aumentado por el conocimiento que tengo hoy de que fueron varios los compañeros caídos en esa encrucijada de muerte.

La historia que siguió después es harto conocida. El vacío de poder. La organización de asambleas en cada barrio. Los mercados de trueque en cada esquina. La creciente organización popular que fue llevando a una encerrona cada vez más grande al gobierno por nadie elegido de Eduardo Duhalde. La masacre de Avellaneda. El obligado llamado a elecciones. Y la posterior reestructuración del Estado de derecho, sostenida por un modelo económico extractivo que nos sigue manteniendo en los márgenes de la pobreza y la dependencia política, social y económica.

Hoy, a casi dieciocho años de aquellas duras jornadas, de aquellas tristes pero no por ello menos esperanzadoras jornadas en que las clases trabajadoras, los sectores más desposeídos y las clases medias urbanas se encontraron en las calles, cuerpo a cuerpo, palmo a palmo, vuelve a morir un ex presidente impune. El gobierno de turno, heredero de esa vocación por el ajuste y la represión, prepara jornadas de luto y pomposos homenajes. Nosotras y nosotros, las y los de abajo, ¿no es tiempo que empecemos a preparar nuevas herramientas de lucha y de organización en vez de volver a delegar el poder que nunca deberíamos haberles cedido?

 

Texto: Adriano Prandi. Creció en el conurbano bonaerense. Estudió Historia y se desempeña como profesor y músico-terapeuta. Entre 2006 y 2015 realizó un viaje por América Latina, publicando artículos periodísticos en diversos medios alternativos sobre la actualidad política y socioeconómica del continente. Ha publicado artículos periodísticos, históricos y fotorreportajes en medios mexicanos, ecuatorianos, nicaragüenses, bolivianos y europeos. Se dedica a escribir columnas radiales e incursionar en géneros narrativos como el cuento y la novela. Colabora en publicaciones de reflexión sobre educación y políticas socio-educativas en la ciudad de Luján, donde actualmente reside.

Imagen: tomada de Baires en línea.

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