#PerdiendoAmigos – Durazno sin pelusa

La lluvia detuvo mi salida del hipermercado aquel día invernal de junio. En general, lo torrencial permite hipnóticamente concentrarte en algo más, en alguien más. A mí lado, a unos metros, un señor muy misterioso de sobretodo marrón, gorra extrañamente juvenil y un chango casi vacío excepto por algunos ítems que desde mi lugar no podía percibir.

Ambos casi atónitos por la lluvia nos pausamos casi inertes ante esa masa de agua, con la diferencia de que él después de unos segundos tomó una de las latas que tenía en su changuito y ahí, medio acorralado contra la pared de la angosta galería techada lindante al estacionamiento, tomó lo que se veía como un llavero y comenzó a abrir la lata que por su tamaño y color amarillento deduje que era de duraznos en almíbar, con un movimiento oscilante típico de un boy scout entrenado.

Sin perder tiempo, como si nada, empezó a beber el líquido que aparentemente tenía la lata. No había nada que lo perturbara. Mí mirada atónita no se le despegaba: quería entender algo con la frustrada convicción de que no lo iba a hacer.

El ritual estaba llegando a su fin cuando retiró la tapa y se comió lo que contenía. Nunca pude ver ni qué era, ni si lo había terminado, de hecho. Como si nada guardó todo en la bolsa y salió caminando bajo la lluvia y desapareciendo entre los autos.

Mi cerebro entró en un loop desquiciado sobre esta síntesis: el misterioso señor se comió un recipiente de duraznos en almíbar, atrapado por la tormenta en el estacionamiento de un hipermercado como si fuera rutina. No lo podía creer. Para él esta acción parecía cotidiana, ¿”normal”? Pero, ¿por qué me llamó tanto la atención? ¿Qué tenía de “anormal”? ¿Cuál es el sentido de lo que hacemos común individual y/o socialmente? 

La pregunta se me volvió en contra. Y me sentí entre avergonzada y sorprendida de lo que, como en este caso, normalizamos y a -normalizamos.

Solo hace falta repetir algo la suficiente cantidad de veces para hacer cotidiano alguna actividad. Digo, para este hombre tal vez era necesario, rutinario comerse una latita de alguna fruta edulcorada, porque tal vez le recordaba a su madre que hacía eso con él… o porque se dio cuenta que tenía mejor sabor así. ¿Quién sabe? 

Lo que sí sé es que toda normalización o norma se construye en base de refuerzo y afianzamiento de alguna cuestión particular. Nada es de por sí dado o natural (algo que se asocia comúnmente a lo “normal”) construimos nuestras estructuras de lo que se considera “correcto” y, también a través de estas, lo que no lo es, delimitando comportamientos, usos, modos. Todos ellos nos colocan a todos en roles y/o caracterizaciones que permiten llamar nuestra atención para poder actuar en consecuencia.

Entonces bien, no hay nada de grave en establecer parámetros que nos “ordenen” a la hora de convivir. Nos permite asociarnos, protegernos, vincularnos, pero me alarmó al pensar que este mecanismo de “la normalidad” cala más profundo de lo que varias libertades ultrajadas hubiesen querido. Cuando una elección de vida o un gusto personal o una ideología es juzgado por los parámetros que sistemáticamente fueron aplicados y pensados para coartar libertades individuales, incluso acerca del señor de los duraznos, es un micro ejemplo de lo que todos los días hacemos para integrar o excluir, según le convenga, a otrxs que nada tienen que ver con unx.

A ver, pasemos en limpio. Durante años, lo aceptable y normal era un hombre yendo a trabajar con su portafolio y traje muy temprano a la mañana y retornando muy tarde a la noche a su hogar, donde era esperado por su esposa que debía tener la casa en condiciones y alimento para proveerle. Desde luego, lxs niñxs eran cosa del fin de semana y la madre se ocupaba de su cuidado.

Esto era lo “normal”. Nadie se detendría en esto (excepto que fuera de una tribu que no contemple esto como su normalidad, pero allí ya se atraviesan otras cuestiones). Cuando se plantean hombres que son cuidadores u hombres que realizan trabajo doméstico en casas ajenas, todo se vuelve extraño y se empiezan a barajar todo tipo de teorías para encausar nuevamente la “tranquilidad” del por qué eso pudo haberse salido tan por fuera de la estructura de lo sabido, dado. Por ningún motivo se piensa en qué es lo que desea y sabe hacer. Hay una trampa que prevalece en lo “normal” y es la de “no pensar”. No cuestionar algo que contempla a la mayoría y que está dentro del consenso general, aunque nunca se acuda a la voluntad de cada persona para estar o no de acuerdo, es la mejor manera de pensar no-pensando (cómo juzgar algo cuando sus contornos son tan rígidos e impermeables). Casi como un juego de coincidencias, operamos la realidad y hacemos cada vez una ronda más cerrada de normalidad que ya nadie alcanza, ni en la que se ve representada ninguna porción de lo que dice contemplar. Entonces, ¿quién quiere ser normal? ¿Quién puede serlo?  ¿A quién beneficia la “normalidad”? 

Me da la sensación que nos creímos el cuento de “lo raro- extraño” cuando en vez de saber en qué consiste ser “normal”, desviamos la especificación a lo que no lo es, sobre-explorando  todo lo que “debe ser”- queda excluido y nunca dándole forma a lo “conocido-normal”.

Gastamos más energías poniendo en el paredón las características que nos hacen ruido y no sabemos ni siquiera qué sonido en realidad estamos buscando.

“Cuestionar la norma” no es un slogan anarcopunk de alguna banda de los 80, día a día toma más forma cuando se vuelve inevitable aflojar la correa que ahoga a los demás y que sin darnos cuenta en su reacción también nos inhabilita a nosotros. Tal vez todo sería más fácil si el origen del asombro y el extrañamiento surgiera de la curiosidad de descubrir por nuestros propios medios algo que no está a nuestro alcance cotidianamente, imagino que así no sabríamos qué deberíamos ser-hacer, pero seguro sí conoceríamos cómo se siente comer un durazno sin pelusa en almíbar bajo una tormenta de junio, sintiendo la plena convicción de que eso es lo único que hace falta ahí y en ese momento.

 

Texto e imagen: Leila Fernanda Tanuz. Es Diseñadora de indumentaria, docente e investigadora de FADU, UBA, tejedora en Il Porco Tejidos, constructora de imágenes en Casa Prensil, feliz, verborrágica y desobediente.

 

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