Los verdugos y los doctores

La teoría de los dos demonios es como la peste. Cada tanto, sin que nadie se la espere, resurge. Siempre hay un editorial de algún medio conservador esperando cultivar sus gérmenes y propagar sus venenos. Siempre hay algún periodista especializado mirando el mundo desde algún pedestal imaginario, asegurando aprioris y reproduciendo prejuicios.

La teoría de los dos demonios mide con reglas tramposas y pesa con balanzas tocadas. Para ella, todas las violencias valen lo mismo. La de las comunidades originarias que defienden sus territorios con puños y piedras, lo mismo que la de los ejércitos que las masacran con armas de alto impacto. La de las clases trabajadoras que reclaman por sus derechos, igual que la de las dictaduras que las reprimen con los tanques en la calle. La de las organizaciones populares que se pronuncian por un mundo más justo, equivalente a la de los escuadrones paramilitares que secuestran, torturan, violan y desaparecen a sus integrantes.

La teoría de los dos demonios se esconde bajo el cuello blanco de una democracia que legisla, gobierna y administra el trabajo ajeno bajo la amenaza de la fuerza. Pero que a los ojos de los tecnócratas y los cientistas sociales de turno es la panacea de la justicia, la igualdad y la libertad.

Aquí, en nuestro país, esos mismos intelectuales a sueldo demonizan la militancia revolucionaria de los años setenta. Satanizan su violencia. Pero olvidan, o mejor dicho ocultan, los procesos que empujaron a una importante porción de la sociedad a optar por ella como única vía de participación política. Desde hacía más de una década el partido más masivo, el justicialismo, estaba proscripto y sus principales dirigentes exiliados. Pero no sólo eso. No hay que olvidar que el Congreso de la Nación había sido disuelto en una de las primeras medidas de la dictadura de Onganía, a la vez que la autoproclamada “Revolución Argentina” anunciaba que los partidos políticos serían disueltos y que los militares se harían cargo del gobierno por lo menos por dos décadas.

Las universidades habían sido reprimidas y varias facultades se habían clausurado durante la “noche de los bastones largos”. Los sindicatos estaban intervenidos desde el Golpe de Estado del año ´55. Las manifestaciones obreras y estudiantiles, como el Cordobazo o el Rosariazo eran violentamente reprimidas. Quienes condenan al Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) por tomar las armas e iniciar una guerrilla rural y urbana, se olvidan que el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) había participado en varias elecciones regionales y, en las que triunfó, los resultados fueron desconocidos.

Y eso tan sólo si nos detenemos en la historia reciente. Yendo un poco más lejos, nos encontramos con las furiosas persecuciones durante la década infame, las represiones obreras y jornaleras de la semana trágica. Y, un poco más lejos, las masacres campesino-indígenas de la Patagonia, la Banda Oriental y el Paraguay.

Y es que la teoría de los dos demonios niega la historia y sus procesos. Olvida los atropellos, las invasiones, las represiones, los bombardeos, las proscripciones, los fusilamientos y las persecuciones cometidas por los poderosos. Pero condena las manifestaciones, la digna rabia y la fuerza ejercida por las y los de abajo como su última salida.

La teoría de los dos demonios es ciega y sabe odiar. Porque, en definitiva, es tan violenta como el poder que oculta y al que lava sus manos manchadas de sangre. Condenando todas las violencias con la misma vara, ampara a los verdaderos verdugos y legitima a sus doctos herederos.

Texto: Adriano Prandi. Creció en el conurbano bonaerense. Estudió Historia y se desempeña como profesor y músico-terapeuta. Entre 2006 y 2015 realizó un viaje por América Latina, publicando artículos periodísticos en diversos medios alternativos sobre la actualidad política y socioeconómica del continente. Ha publicado artículos periodísticos, históricos y fotorreportajes en medios mexicanos, ecuatorianos, nicaragüenses, bolivianos y europeos. Se dedica a escribir columnas radiales e incursionar en géneros narrativos como el cuento y la novela. Colabora en publicaciones de reflexión sobre educación y políticas socio-educativas en la ciudad de Luján, donde actualmente reside.

Fotografía: Telam

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