#PerdiendoAmigos – El motín

Esta es mi revolución para recobrar las partes del cuerpo que siempre son complementarias. Las partes que están en huelga son las que vinieron junto a las otras que están en los titulares, en disputa y en control. El motín es de los integrantes de esta sustancia que a las causas de vivir la vida dentro de dispositivos de poder, mueren.

Hasta aquí nadie sabe de qué estoy hablando y es entendible, porque esta revolución la pronunciaré yo. Mi cuerpo está amotinado y desde él quiero declarar algo que no puedo esconder más: no deseo ser madre.

Debería comenzar por los inicios de lo que concluye en revolución de las partes, ¿no es así? Aquí relataré los móviles y el abordaje de “tamaña decisión”.

Me encuentro siempre sorprendida frente a la insoslayable pregunta “¿para cuándo los niños?”, “ya vas a tener un bebé, es re lindo” o “ahora decís que no, pero esperá, vas a ver que más adelante vas a querer”. El asombro, muy a mi pesar, no es sobre lo que los demás quieren definir en mi decisión sino, en primerísima instancia, la obsesión de la gente sobre los úteros/ovarios/óvulos  y la función de los mismos en relación a mi vida. Los argumentos se asoman a 20 minutos de conocerme (no lo tengo cronometrado, pero se siente tan breve a veces), cuando al decodificar que soy mujer y casada (en el mejor de los casos en que estén informadxs y no hayan supuesto), consultan el estado de mi sistema reproductivo y en qué parte de la evolución materna estoy. ¿Qué causa esta curiosidad sobre ese órgano, ese 2% de mi materia viva?

Atrapada en la punzante confusión, me invade reflexionar sobre los demás sistemas muchísimo más “útiles y funcionales” (tampoco sé si son más o mejor, tal vez necesite de esta hipérbole para acercarme al tema) y los motivos que me colocan frente a esas personas que consultan mi desempeño reproductivo (compañerxs de trabajo, desconocidos en la calle, etc). ¿A nadie le interesa por qué uso lentes y qué tipo de graduación tengo? ¿Cuánto veo y si eso afectaría la manera de percibir mi entorno, de concebir mi desempeño profesional o emotivo? ¿Nadie me pregunta cómo vengo de las cuerdas vocales, polipos para pronunciar todo aquello que creo, pienso y elaboro cuando doy clases? Asumo que tampoco nadie siente mucho interés sobre si estoy yendo a la psicóloga/psiquiatra/neurólogo para ver si mi cerebro está en estado para pensar claro, sin preocupaciones mortales.

Pero sí parece de vital importancia el cómo y el cuándo del uso de mi útero. Algunx podría decirme que no se puede comparar, que pensar unx lo hace todos los días, todo el tiempo, que reproducirse y dar forma a una criatura con la carga genética de dos seres no es tan cotidiano. Posiblemente, sea real y su particularidad es notable, pero ¿acaso eso es lo más importante que una mujer puede hacer con las partes del cuerpo que le fue dado, para que sea la única pregunta que, como denominador común, siempre preguntan? ¿Qué pasaría si no tuviéramos extremidades para escalar, caminar, movilizarnos; función prensil para asir las cosas o las herramientas y poder construir y elaborar cosas que nos hacen vincular con un otro, un extraño o “simplemente” curar una enfermedad? ¿Qué valor tiene en “la vida real” el ser un cuerpo reproducible o gestante?

No es la primera vez que me hago estas preguntas y he encontrado respuestas que me colocan como un experimento a la potencial felicidad de construir un vínculo con un ser “que amás más que a tu vida”. Como si no fuera poco todo este manoseo, me acorralan con el “no lo entendés hasta que te pasa” y no quiero mentirles: no me hiere no saber, me hiere que se dé por sentado que quiero/voy a saberlo/sentirlo/experimentarlo, porque nací con una cavidad uterina.

La felicidad, la plenitud y el goce se dan de innumerables modos y estoy segura de que no podré vivir todas ellas. Primero porque tengo un tiempo limitado en esta tierra y luego, porque quiero experimentar la adrenalina, la excitación, el dolor, la angustia, la preocupación en consonancia con la felicidad. Si me consultaran, querría por ejemplo tener siempre motricidad para caminar e impulsarme para recorrer el mundo. Complementariamente, querría siempre tener la claridad mental de entender y la sensibilidad para poder empatizar con lo nuevo. Claro que estas son mis elecciones del catálogo de “lo que más voy a amar en la vida”, no quita que me esté equivocando, ni que me esté perdiendo de otras, solo conservan lógica con lo que considero valioso de mí, de mi cuerpo y de las que considero mis capacidades.

Creo en conectar con seres en tantas formas como me lo permitan y con el temor lógico de perderme de otras, me predispongo a hacerlo. Siento que también me perderé de ver la inmensidad de este mundo al escalar el Himalaya (por citar un ejemplo heroico), pero no puedo (físicamente) ni quiero (de modo deseante) ponerme en esa situación, es algo que sacrifico, pero que no forma parte de algo que me prive de entender/valorar otras cuestiones.

Ser madre no es un valor en sí mismo. No es un superpoder. No es distintivo. Tranquilxs, no estoy subestimando la tarea ni el rol de las mismas, sino todo lo contrario. Me resulta abrumadora la aventura que requiere ser “reproductora”, traer una persona al mundo debe ser como mínimo conmocionante. Y es desde esta conmoción tan humana y caótica que las personas gestantes, no contraen mágicas capacidades para lograrlo. Le ponen mucho de todo lo que se tiene para desempeñarse del mejor modo (lo que sea que se entienda por mejor para cada ser humano). Esgrimo que son tan valiosas como las mujeres que soportan los cuestionamientos de las decisiones que tomaron para su vida en pos de un trabajo que las consolida en su mejor yo, o en la disciplina deportiva que las hace quererse más y sostener una mejor relación consigo mismas y tal vez no con un otrx. Para ellas, también debería haber un reconocimiento. Vale una mamá que se queda toda la noche maternando, como aquella que lo hace estudiando, perfeccionándose en lo que quiere triunfar, trabajando para otros.

Sin embargo, el valor social de ambas entregas es asimétrico en el discurso, en la práctica y en la reproducción. Para lxs que se preguntan cómo es distinto, solo les propongo que revisen si alguna vez le dijeron a una madre agotada “relajate, esto no es “la vida” para que te pongas así”, como sí, tal vez, se le dice a mujeres cuyo profundo cansancio es en pos de su deseo individual-personal-profesional. Una vida humana no es comparable con un deseo personal y ahí estamos de acuerdo, nadie lo cuestiona. Pero sí me resulta invasivo cómo se prioriza una sobre otra a la hora de considerar la importancia en relación a las libertades personales. ¿Podrían convivir en la misma medida? ¿Podrían ser equivalentes en lo que se espera de todas las personas gestantes?

Una vez que ya fue chequeado todo lo referido a mi útero, su potencial actividad y lo que gira en torno a eso, no conforme con todo el pisoteo que eso implica, y para reforzar la penitencia moral por no elegir lo que pareciera ser semejante al marketing femenino mejor realizado de la historia; se efectúa una serie de futurismos manchados de incoherencia del argumento si alguna vez llegase a cambiar de parecer y quisiera tener un hijx. Creería que mi “no deseo ser madre” termina siendo una sentencia eterna, en donde con el tiempo me “encarrilaré” en lo “instintivo materno”, algo de lo que nadie pareciera escapar. Ni siquiera se me da el espacio para permitirme dudar del mismo, porque tengo que batallar con la decisión que estoy pronunciando en presente y justificarla sin titubeos ni fallas, para que sin mayor efectividad se me diga que esto va a cambiar.

Clarificar que los humanos somos seres variables es una obviedad aplicada en el discurso “materno” para que lo que deseo hoy, no tenga validez porque mañana va a cambiar. Si fuese así entonces, amigos, ni nos levantemos de la cama, no nos pongamos metas, no pensemos en el futuro hoy, porque el tiempo indefectiblemente nos va a cambiar de parecer.

La firmeza de lo que creemos en la actualidad da forma a lo que el devenir de la vida construya voluntaria y consentidamente por unx. La verdugueada por ser consistente en lo humano es como mínimo vago.

Por esto, entro en rebelión y autoproclamo la capacidad de todos mis órganos a declarar sus deseos y a ser escuchados, consultados y discutidos (¿alguien querrá saber cómo vengo del páncreas? ¿Si mis pulmones andan bien?). Revaloricemos nuestras capacidades como personas, démosle la oportunidad de hacer más (o menos, si se quisiese) de lo que nos piden. Creamos en las contradicciones que nos hacen humanos, creamos en poder editar nuestra vida con las herramientas biológicas, deseantes, sociales y personales. Creamos en el otro cuando muestra su universo particular, creamos en su esfuerzo para llevarlo adelante y, ante todo, sepamos que las voluntades no deberían ser prohibitivas, sino inspiradoras, referenciales, empáticas.

Esta es mi revolución, aquí habito más “orgánica” (de órganos) que nunca: No deseo usar mi capacidad reproductiva. Es en este deseo que permito con emoción que los demás en desacuerdo me entiendan como un “útero con patas y brazos”, que sabe saltar, reír y abrir la puerta para ir a jugar. Aquí mi manifiesto. Innecesario, pero feliz.

 

Texto e imagen: Leila Fernanda Tanuz. Es Diseñadora de indumentaria, docente e investigadora de FADU, UBA, tejedora en Il Porco Tejidos, constructora de imágenes en Casa Prensil, feliz, verborrágica y desobediente.

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