#PerdiendoAmigos – En garantía

Salimos coronados de expectativa a la vida que nos regalaron, portando un cuerpo que carece de estabilidad y orden, aunque los manuales indiquen lo contrario.

“Aprendemos” (casi sin saber qué significa la palabra aprender en este menester) que el aire de nuestros pulmones tiene que entrar y salir repitiendo cierta cantidad de veces y con un ritmo determinado. Que el golpeteo del corazón (eso que hace que la sangre se/nos mantenga en movimiento) es de ese tenor, que cuando algo duele podemos manifestarlo, que existe el llanto y la risa, y que ambos son opuestos, pero igual de necesarios.

Más adelante en la vida, comenzamos a comprender el mundo a nuestro alrededor. Nos paramos erguidos sólo por la codicia de conquistar juguetes y nos deslizamos en este planeta con la confianza de que todo lo que antes mencioné se mantenga de esa manera y nos permita ambicionar un día más en esta tierra, de la manera que más se ajuste a nuestro gusto.

Pensando en el cuerpo y hablando de él, me llegó de la boca de alguna conocida religiosa que “es un templo”, pero también “es goce” me dijo una señora que siempre admiré por vivir a sus anchas. Por otro lado, me sacudió el implícito “no es tuyo” de un sistema que se empeña en tomar medidas sobre nuestros cuerpos. “Es una máquina perfecta” dictamina algún romántico de la medicina, “el que te deja a pata a veces” se lamenta el que sufre. Y yo creo que ninguno está equivocado.

Es verdad. Todo lo que haga de esta masa orgánica con extremidades un algo con sentido para el que lo enuncia es, en sí, una verdad. Esto hace que tus dedos, tu cadera, tu cara y tu modo de respirar sean tu contenido y continente de sentido al mismo tiempo. Te presentás al mundo como la identidad de un cuerpo y te vas haciendo una vida, conocés el mundo, lo transitás, te vinculás con gente y, mientras tanto, la materia viviente en vos se va acomodando a tus tiempos, a tu modo de alimentarlo, a tus manejos sensibles, a tus alegrias y tristezas. Pero siempre sigue tu paso. Te sostiene para seguir siendo la materia orgánica que replica tu identidad.

Más veces de las que podrías contar estás ahí afuera (como si acaso hubiera un adentro en esto de vivir… ¿habrá?) dando la vida por esa identidad. Te armás de ideas, de posturas que te petrifican en algunos aspectos o te concilian en otros y esto se vuelve radicalmente importante mientras damos por sentado que todo lo demás está cubierto. Confiadxs de que tendremos voz para gritar lo que pensamos, brazos para abrazar en cualquier momento, aire para respirar entre pinos frescos, vista para contemplar una y otra vez esa hoja de otoño caer. Segurxs de que los músculos siempre nos rebotarán de pie cada vez que queramos andar en la dirección que nuestra mente, siempre apta y clara, nos indique.

Contamos con él. Cumple siempre, le damos una orden sin siquiera enviarla y responde (¿no es asombroso que exista una orden involuntaria de digestión?, ¿acaso no es de ciencia ficción la obturación del ojo cuando el sol invade de frente? y no me hagan retomar el fenómeno de cicatrización, porque ¡dejo de ver todas las películas de MARVEL al instante!). No hay nada de qué preocuparse y un universo de preocupaciones banales que, sin embargo, bombardea su tarea diaria. Angustias no resueltas, preocupaciones que se anudan y se enquistan, secretos que ahogan, silencios que corroen, pausas que siempre se atrasan y esperamos que todo permanezca igual. Intacto. Funcional e impávido. Mucho, ¿no?

Un día algo falla y como lxs niñxs cuando se encuentran la lengua: no paramos de pensar en el cómo, qué, dónde y por qué de la existencia u ausencia de eso que nos abandonó. Tratamos de recordar cómo era antes, cómo es ahora y no podemos reconstruirlo. Nos cuestionamos cómo perdimos de vista lo importante, este cuerpo que nos traslada en este mundo y que nos permite entender, sentir, experimentar y hacer siempre, en todos los casos, cosas distintas. Únicas. Fallamos en acudir cuando hubo alarmas y fallamos en recordar cuán preciado era eso que hoy se tomó vacaciones o mandó a mudar en la circunstancia más pesimista.

La gran mayoría, me aventuraría a decir, crecimos críticos de nuestros cuerpos (por un motivo u otro), nunca nos conformó, nunca fue lo que esperábamos, y lo fuimos condicionando, editando, corrigiendo a medida que fue pasando el tiempo. Lamentablemente, y por todas las razones equivocadas, nunca llega a estar a la altura (¿De qué? ¿De quién? ¿Por qué? Tal vez quede para otro #PerdiendoAmigos). Parecería que no es suficiente esa máquina que inspira aire y libera dióxido de carbono, que te permite descargar emoción en forma de agua salada por los ojos, tampoco lo es la misma que permite gozar del alimento que es procesado para seguir con vida. Igual de insuficiente resulta la superficie que hace que una caricia se vuelva un recuerdo. No es suficiente hasta que realmente no lo es.

No sabés cuánto amás algo hasta que realmente lo perdés. Es absoluto el disgusto que me genera esta afirmación. Seguramente porque en algún punto la creo real y me entiendo en ella igual de frívola al exigirle a este bollo de perfección funcional más de lo que ya es, solo por la codicia de conquistar “juguetes” más grandes y sofisticados de los que ambicionamos de chicxs para erguirnos y andar.

Percibo que estamos equivocadxs en este recorte y quizás, por ejemplo, enfermar no sea un problema a nuestra realidad, tampoco lo sea el cuerpo, tal vez el problema sea de quien lo porta. Me animo a creer que somos nosotrxs los que trabajamos para él, no al revés. Y sin embargo, nos empecinamos en querer dominarlo en vez de, acaso, invertir más tiempo tratando de comprenderlo, conocerlo, vincularnos con él.

Se siente cada vez más la sensación de que perdemos el control, pero probablemente sea el cuerpo diciendo que nunca lo tuvimos y que es hora de que empecemos a ganarlo.

Como en toda relación desigual, siempre alguien pierde; me arrojo a pensar que nuestras construcciones corporales de salud, enfermedad y autoestima fueron representadas por vinculaciones asimétricas de dominio, donde ni el portador ni “la máquina orgánica” se reconocen y solo juegan a lidiar con sus pesos, luchando por determinar quién es el capanga. Las colisiones que esto causa son percibidas como la traición del cuerpo que todo lo puede y nunca como la desatención del que lo opera. Se da comienzo así a la pasada de factura mutua y se consume en incógnitas que no tienen teoría que las respalde, solo un ápice de esperanza en dejar de colonizar y comenzar a navegar este envase que nos fue dado. Abandonar la solemnidad del tabú, de la patología, de la medicina y volverse un novatx cuando el cuerpo nos quiere hablar. Escucharlo con la atención del que nunca supo y responder con la paciencia del que hace por primera vez.

Temo (y no me doblego en la acción de sentir miedo, después de todo, soy humana) que los riesgos de volverse un profesional en esto de mantenerse con vida sea olvidarse de lo que conlleva vivir, y así perder de vista que andar en bicicleta no solo es mantener el equilibrio, sino también sentir la libertad del viento fresco en la cara.

Texto e imagen: Leila Fernanda Tanuz. Es Diseñadora de indumentaria, docente e investigadora de FADU, UBA, tejedora en Il Porco Tejidos, constructora de imágenes en Casa Prensil, feliz, verborrágica y desobediente.

 

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