A 100 años, pensando a Evita desde el feminismo

Hace 100 años nacía Eva Duarte. Fue el 7 de mayo de 1919. En este nuevo momento oscuro para Argentina y América Latina es necesario recuperar su legado. Mirando la historia desde nuestro presente y por lo tanto, también desde el rol del feminismo y les feministas. Porque aunque muchas veces sea materia de discusión (si Evita era feminista o no, si hubiera estado o no a favor del aborto, etc.) lo cierto es que ese rol tiene mucho que ver con la manera de entender la política tal como ella lo hacía. Existe un claro hilo conductor que hace que nosotras, aunque nos falte muchísimo por hacer, hayamos llegado tan lejos en los últimos años y en el marco de un gobierno que nos impuso numerosos retrocesos.

En 2015, en Argentina, comenzamos a vivir una expresión del avance de la derecha, expandiéndose en toda nuestra región. Desde ese momento, estamos sufriendo un modelo económico de ajuste y entrega de nuestra soberanía, pero también la imposición de un sentido común, una cultura, una sociedad individualista y meritocrática que poco a poco fue ganando terreno. De hecho eso le permitió a Cambiemos llegar al poder a través de los votos.

El gobierno se hizo de estrategias para instalarse y posicionarse en todos los ámbitos e instituciones sociales: por un lado, puso en juego su desprecio hacia lo colectivo, hacia las organizaciones y la militancia. Esto fue y es una pata esencial de su plan, que otorgó legitimidad a un odio generalizado hacia quienes nos dedicamos a la política entendiéndola como una herramienta de transformación de la realidad.

Por otro lado, ese desprecio a lo colectivo no tiene un fin en sí mismo. Tampoco se funda en una “esencia o forma de ser” ni de las clases dominantes, ni de quienes estamos de este lado de la grieta. Por el contrario, los poderosos generan y fomentan la fragmentación, la indiferencia, para que no existan riesgos de ataque a sus intereses. Por eso necesitan constantemente servirse de ideas, prácticas y propuestas basadas en hacernos creer que “cada une se hace a sí misme” y en consecuencia, debemos preocuparnos únicamente por lo “personal”. Por último, de la mano de todo eso desataron una persecución política sin límites a quien más claramente expresa su oposición al neoliberalismo en nuestro país: Cristina.

“Son fanáticos”, repetía Macri en su campaña (y les macristas) cada vez que se refería a quienes expresábamos opiniones en su contra. Los neoliberales (no sólo de nuestro país, sino también de otros, como Bolsonaro en Brasil) le pusieron el nombre de “fanatismo” a lo que para nosotres son nuestras convicciones. Ellos nos llaman de ese modo y en un sentido negativo, a quienes lejos de la ingenuidad, la ignorancia o la torpeza, decidimos defender nuestros derechos.

Entonces, más que nunca debemos reivindicar el fanatismo en la política, como lo entendía Evita. Ese fanatismo también venía del pueblo, de la militancia y del ejercicio colectivo para alcanzar la igualdad y la justicia social. Pero su significado era completamente lo opuesto a aquello que quienes nos gobiernan nos quieren hacer creer.

Es clave recordar “Mi Mensaje”, documento que Evita dictó durante los últimos meses de su vida y se conoció en 1987, después de haber estado desaparecido por más de 30 años. Es allí donde expresa con claridad: “Solamente los fanáticos -que son idealistas y son sectarios- no se entregan. Los fríos, los indiferentes, no deben servir al pueblo. No pueden servirlo aunque quieran”. Para ella, el sectarismo era la intransigencia: quienes pertenecían y defendían al pueblo, debían ser sectarios en términos de no traicionar a su clase y de no ser indiferentes hacia les demás.

“Así, fanáticas quiero que sean las mujeres de mi pueblo. Así, fanáticos quiero que sean los trabajadores y los descamisados. El fanatismo es la única fuerza que Dios le dejó al corazón para ganar sus batallas. Es la gran fuerza de los pueblos: la única que no poseen sus enemigos, porque ellos han suprimido del mundo todo lo que suene a corazón.” Evita creía en Dios y en la religión, pero no como instrumentos de opresión sino de liberación. Desde allí, cuestionó fervientemente al rol de las jerarquías clericales y militares por estar a disposición, por ser una parte funcional a la oligarquía y sus pretensiones de dominar a las mayorías.

¿Cómo no sentir tan actuales y tan acertadas (al margen de creer o no en Dios y en cualquier religión) esas palabras que llegan tan hondo en este contexto que estamos transitando? Hoy, recuperar estas palabras es recuperar a Evita que, sin dudas, llega a través de ellas hasta nuestro tiempo, dándonos la oportunidad de repensarnos, de repensar la política.

 

Una certeza presente en nosotres


Y acá estamos nosotres, que unos meses antes de que Cambiemos ganara las elecciones nacionales, dijimos Ni Una Menos. La violencia sufrida nos empujó a las calles para defendernos poniendo en juego años de construcción colectiva (en la Campaña Nacional por el derecho al Aborto, en los Encuentros Nacionales, en cada una de nuestras organizaciones) que, desde la diversidad y la adversidad, lograron empalmar y conectar con el sentimiento de millones de mujeres e identidades disidentes.

Y dimos un salto enorme: discutimos contra la opresión del sentido común dominante y logramos convencer a otres en diferentes espacios. Llegamos al debate sobre la Ley de Aborto, que fue rechazada por un grupo de senadores retrógrados, pero que generó niveles de conciencia nunca antes alcanzados. Porque le ganamos a la indiferencia, abriendo camino al encuentro de distintas generaciones. Camino que nunca más vamos a realizar en soledad y en el que seguiremos batallando por los derechos de todes.

Definitivamente, el feminismo expresa en nuestro país, en nuestro continente y en distintos lugares del mundo, un nuevo proyecto civilizatorio: nos ofrece la posibilidad de un mejor futuro, oponiéndose al neoliberalismo, pero también a las lógicas generales de la política, históricamente patriarcales y dañinas. Les feministas de hoy somos capaces de hacernos carne (lo hacemos a diario) de aquel fanatismo que tanto amaba Evita. La Revolución de las Hijas del Ni Una Menos nos dice que así es. También decimos que así es quienes venimos de generaciones anteriores, acostumbrades a escuchar sin poder opinar y decidir. Porque fuimos educades exclusivamente para ser “cuidadoras” no sólo de nuestras familias, sino también de nosotras mismas, para reservarnos y preservarnos porque “la vida pública” siempre fue para los varones.

No hay espacio en el que no hayamos vivido y sentido esa diferencia inventada (y además binaria) entre “la razón de los hombres” y “la emoción de las mujeres” (algo que muchas veces se invierte según convenga, por ejemplo cuando hablamos de abusos y violaciones, donde resulta ser que los hombres son “más pasionales” y nosotras “más frías y mentales”, cuando no unas “histéricas”). Esa misma diferencia (inexistente) se suele seguir haciendo hasta hoy, cuando se habla de “la razón de Perón” y “la pasión de Evita”.

En definitiva, siempre se buscó invisibilizarnos en la política y en sus espacios de poder. Justamente en eso consiste el patriarcado. Por eso, cuando logramos ser más visibles como sucedió con el debate sobre el Aborto, muchos nos trataron de ingenuas o nos acusaron de ser funcionales a una “cortina de humo” respecto de otros problemas “más importantes”.

Sin embargo, con cada Ola Feminista volvemos más fuertes. Hoy venimos a darle a la política la posibilidad de revitalizarse y reinventarse para poder derrotar a quienes nos están aplastando. Tenemos mucho que aportar porque nuestras convicciones nacen de nuestras propias prácticas y formas de ver nuestras vidas: la política, la pasión, la capacidad de admirarnos unas a otras (demostrando que la competencia es propia del machismo) y de ocupar cada vez más espacios desde una mirada colectiva, son una misma cosa.

Entendemos perfectamente cómo funciona este sistema de explotación. Enfrentamos cara a cara las injusticias todos los días. Nos acompañamos en silencio, en la clandestinidad, mientras también salimos a decirle al mundo que nos merecemos la igualdad y eso no se negocia. Lo hacemos entendiendo que el motor para cambiarlo todo es nuestro fanatismo expresado en lo que hoy llamamos sororidad, amor mutuo, empatía y en el jugarnos por nuestras causas. Eso, innegablemente, es lo que más les molesta a los neoliberales. Por eso el feminismo es justicia social y debe ser parte constitutiva de una nueva política para las mayorías.

El feminismo reconstruye constantemente nuestra historia y nos hace cada vez mejores. Entre tantas otras cosas, hoy nos regala el privilegio de revivir y resignificar la más hermosa certeza que Evita nos dejó, desde su lucha contra la oligarquía y por nuevos derechos: “con nuestro fanatismo, siempre venceremos nosotros. Tenemos que convencernos para siempre: el mundo será de los pueblos si los pueblos decidimos enardecernos en el fuego sagrado del fanatismo.”



Texto: Mariela Di Francesco. Referenta de Mala Junta y de la Plataforma Nueva Mayoría en Tres de Febrero.

Ilustración: Josefina Schivo Federico. Estudiante vitalicia de la Universidad Nacional de las Artes, fotógrafa e ilustradora.

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