Los trabajos y los días

Ella, docente, recorría barrios dando clases particulares, pero también hacía empanadas para venderle al almacenero y tener un dinero extra. Ella, costurera de niña y modista de grande, surfilaba a mano vestidos de novia. Ella, con pocos años de escuela y viuda muy joven, se hacía cargo de un hogar y de dos chicos, sola.

El 1 de mayo conmemoramos el día del trabajadorx en casi todo el mundo, en honor a los ‘mártires de Chicago’. Trabajadores que, como sabemos, luchaban por derechos que hoy consideramos básicos, como la jornada laboral de 8 horas y mejores condiciones de trabajo. Lucha incansable que les costó la vida a muchísimxs obrerxs y, particularmente, a aquellos oradores de la huelga del 1 de mayo de 1886 que fueron condenados a muerte y ahorcados. Dada a repercusión de ese veredicto es que la II Internacional decidió nominar esa fecha como el día de la lucha internacional del trabajo. Como podemos advertir, lejos está de ser un día de festejo.

Sin embargo, escribo esas líneas tan certeras como injustas, pero mi mente se dispersa; pienso en ellas y pienso en el trabajo como categoría, en los trabajos. Es cierto que muchas de las proclamas de aquellxs trabajadorxs del siglo XIX podemos seguir reclamándolas hoy. Esas huelgas jugaron un rol importantísimo para sacar a la luz las pésimas condiciones de trabajo. Pero, lo que me gustaría pensar con estas palabras son otros trabajos invisibilizados, insertos en otras problemáticas.

Si pensamos en la palabra “trabajo”, miles de significantes la rodean. Muchas veces, hemos escuchado hablar del trabajo como virtud, de que “el trabajo dignifica”. Pero también podemos observar situaciones del pasado y del presente donde el trabajo esclaviza. Últimamente, ronda en mi mente y mis lecturas la asociación trabajo y pobreza; y el trabajo se me presenta, ante todo, como una estrategia de supervivencia.

A mitad del siglo XIX, Margarita Sibellos dejó su rastro casi indetectable en la historia porteña. Morena, hija de una esclava, reconstruyó su filiación armando su propio rompecabezas genealógico (rompecabezas porque lxs esclavxs ni apellido propio tenían, sino que adquirían el de sus propietarios). Este camino que recorrió Margarita tenía como objetivo ser declarada legítima heredera de un terreno; pero no por el afán de ser “dueña”: el terreno significaba para una mujer, negra, en esa época, una forma de tener un lugar donde vivir, cultivar y tener algunos animales que criar y vender. [1]

En la segunda década del siglo XX, en un Buenos Aires incipientemente fabril, las familias obreras hacían uso del artículo 1 de la Ley de trabajo de mujeres y menores sancionada en 1907. El mismo establecía que aquellxs niñxs entre 10 y 14 años que no hubieran terminado la escolaridad podían pedir un permiso si “fuera indispensable para la subsistencia de los mismos, de sus padres o de sus hermanos.”[2] Abundantes son las muestras de estos pedidos y de niñxs que continuaban trabajando en las fábricas. Tal era la normalización de este hecho que, en el Primer Congreso Femenino Internacional de la República Argentina, realizado en 1910, se planteaba como solución de los problemas económicos de las familias trabajadoras “pedir que las familias de aquellos niños que necesitan de su trabajo se dirijan a quien corresponda, sacando certificado de pobreza, para que sus hijos puedan dedicarse a la venta de diarios.”[3]

En ambos casos, me resuena la búsqueda de ser reconocido como pobre para obtener un trabajo. Y sin embargo, parecen ser historias subterráneas. Miro nuestra actualidad y me aparecen asociaciones similares. Pienso en las invisibilizaciones de hoy.

Las mujeres y todos sus trabajos

Si ponemos el ojo en la lupa económica, podemos ver que las mujeres trabajadoras en Argentina ganan un 27,5% menos que los hombres y se tardarían al menos dos siglos para cerrar esa brecha, según los últimos datos de la OIT. Y si observamos el trabajo informal, esa distancia salarial se amplía al 36%. [4]

Al prestar atención a la inserción en el mundo laboral, tomando los datos de la Encuesta Permanente de Hogares, se advierte que las mujeres se encuentran un 20% por debajo de los hombres porque son las que se dedican al trabajo doméstico en sus casas. Esto nos muestra un reparto ampliamente desigual en las tareas del hogar: solo un 25% de los hombres manifiesta hacerse cargo de esas tareas. Y si puntualizamos en el empleo doméstico (es decir, las personas que realizan esas tareas en casas ajenas a cambio de un salario), es realizado en un 97,5% por mujeres. [5]

El contexto actual nos invita a pensar en un  mundo del trabajo ampliamente complejo. Ya no es posible analizar las desigualdades de clase que lo atraviesan, sin tener en cuenta una perspectiva de género y las diferencias etarias. Del mismo modo, no podemos dejar de lado otros dos aspectos. Por un lado, las nuevas formas de precarización laboral que surgen en un periodo de crisis y desempleo, precarización que alcanza incluso a aquellos trabajos denominados formales. Por otro lado, persisten desigualdades invisibilizadas que le asignan un mayor trabajo a las mujeres cuando tiene que encargarse del “trabajo doméstico no remunerado” y, en este sentido, la crisis golpea doblemente.

Entonces, se presenta como necesidad imperiosa que los reclamos sociales den cuenta de estas complejidades, del mismo modo en que es necesario reconfigurar las organizaciones que representan a lxs trabajadorxs, que hasta el día siguen mayormente masculinizadas. El fuerte movimiento de mujeres que tenemos en la Argentina pone de manifiesto este contexto de injusticia, en el cual distintas formas y problemáticas laborales se cruzan.

Hace muchos años, me dijeron algo que sigo pensando: “la historia avanza en forma de espiral, las crisis y los conflictos dan lugar a nuevos momentos, a nuevas sociedades.”. Estamos en uno de esos momentos de transformación, donde la visibilización de antiguas y nuevas desigualdades se aparece insistente y diariamente buscando edificar algo nuevo, con suerte, mejor.

 

[1]Pita, Valeria. “Auxilios, costuras y limosnas. Una aproximación a las estrategias de sobrevivencia de trabajadoras pobres en la ciudad de Buenos Aires 1852-1870”, en Estdudios ISHIR, 20, 2018, pp. 135-151. Disponible en: http://web2.rosario-conicet.gov.ar/ojs/index.php/revistaISHIR/article/view/828/912

[2] Ley 5.291/1907

[3] Begino, Juana María “La condición económica de la mujer” en Actas del  Primer Congreso Femenino Internacional de la Republica Argentina. Buenos Aires: Museo de la Mujer, 2010, pp. 217

[4] http://economiafeminita.com/dia-del-pago-igualitario-2/

[5] Natsumi S. Shokida, “La desigualdad de género se puede medir” en http://economiafeminita.com/la-desigualdad-de-genero-se-puede-medir-3/

 

Texto: Julia Sturla. Profesora de historia. Trabaja en escuelas secundarias. Participa de un Taller de estudios sobre América Latina, orientado particularmente a Bolivia. Algún día, no muy lejano, espera terminar su tesis sobre la organización de niños y niñas trabajadorxs.

Fotografía: Leandro Crovetto. Nació en 1984. Es Diseñador de Imagen y Sonido, fotógrafo, editor y realizador audiovisual. Estudia Fotoperiodismo II y trabaja en su primer libro fotográfico “YVY, PACHA, ALWA, TIERRA. Territorio comunitario y el avance de los barrios privados”.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Blog de WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: