#PerdiendoAmigos – De verdes y grises

La suposición más común a la hora de desahogar el hastío cotidiano de la jungla de cemento en la que algunxs de nosotrxs vivimos es que una vez que tocamos los límites geográficos en donde la ciudad se derrite y se revoluciona cromáticamente en los verdes y azules eléctricos de la naturaleza, recién allí el silencio nos inunda y, finalmente, podemos liberarnos de los infiernos personales.

El espacio más lleno de vacío es el que, asumimos, nos da más distancia con lo que nos pasa. Salimos espantadxs de los subtes, bondis y supermercados que se nos superponen con las broncas cotidianas del otrx y con la propia e inagotable fuente de suspiros pacientes en búsqueda del refugio, en donde el mundo se para, ¿acaso se calla? Seguro se para, aunque el reloj se la dé de anarco-revolucionario e indique lo contrario. 

Convivimos en monoespacios de ruidos enredados sin aire ni capacidad, en la calle, en la oficina, en las reuniones con amigxs y suena casi siempre a algo parecido.

Comenzás el día con la batería en rojo, no hay cable que te recargue, la oportunidad está perdida. Tenés que vestirte, acomodarte todo lo desacomodado, por fuera y por dentro, y abrirte al amor del “mate que te va a llenar el pecho de calidez genuina”. No, parece que la bombilla tenía un poco de gusto a detergente y las noticias te expulsan a un hostil exterior. ¿Listx?, ¡no! De todos modos salís, saludás a tu vecinx que siempre te mira raro, (como si algunx no lo fuera). Un bondi, otro bondi, un subte. Todo es roce, choque, perdón, no, todo bien, un pasito más, qué calor, estoy hartx, ¿cuando me voy a ir a plantar zapallitos a la mismísima mier**? Estación Angel Gallardo, acá bajas. Nueve horas de trabajo, todo es pesado. Algún compañerx que te hace reír, un cafecito con alguien que te pregunta ¿cómo estás? y vos: bien, bien, cuando en realidad querés decirle mal, hartx, cansadx y con quilombos por todos los frentes… del otro lado miran sin creerte. Me re alegro… me voy a seguir con el laburo. Plin. Terminó el yugo. Abrís el  whatsapp 456 mensajes nuevos, 9 conversaciones. ¿Alguna interesante? No, todos pedidos, favorcitos, cositas pendientes. Tomá, tomá, tomá, le das a cada unx lo que requiera.

Listo. Juntada con lxs chicxs y embaladx por escuchar lo que están contando para ayudar, para decirle lo que pensás, limpiarle las lágrimas, abrazarlx, comer algo, reírte un rato. Nadie te preguntó qué onda tus cosas, intentás deslizarlo en algún comentario al pasar, pero no hay caso, bajas los brazos. Tomás otra copa de esa porquería que comprás para divertirte y das por cerrada la noche. Te vas a tu casa mirando las redes, esperando ver algo que te estimule. Lo ves, no te estimuló tanto. Escrolás, escrolás hasta que no tiene sentido el ritmo en el que lo haces, terminás entumecidx, te cerrás.  Bajás, caminás las cuadras que te restan atentx a no ser robadx, matadx, violadx, pero con un auricular que hace de maestro de ceremonia entre lo que te puede pasar y lo que sentís, así como amenizando. Llegás a tu casa, llegué chicxs, todo bien, gracias por avisar, cuidate. Te aclarás pensando mañana de nuevo a laburar con este cansancio crónico y las ganas de que el despertador, de una rotura de tímpano, te dé todas las buenas noticias que, por algún motivo que te excede, el cartero no te estaría trayendo. Cerrás los ojos encontrándote con el ansiado silencio, que creés, te devolverá la satisfacción, amor y cariño que buscás. Pero no, solo es sueño.

En esta vorágine sin aliento, asociamos el silencio, el enmudecimiento del mundo, con la claridad mental, creemos que cuando todxs se callan, nos estamos escuchando a nosotrxs mismxs. No puedo negarme dentro de este grupo de falsos pensadores que barajan estas hipótesis medias asqueadas de tanta información, imposición y postura frente a los ataques de todo para lograr hacer algo (desde comprar una mayonesa, hasta darle ese beso tan esperado a alguien). Me pregunto qué buscamos en el frenar la pelota y silenciar todo. Puedo tirar tres suposiciones al aire:

Poder dudar.

Poder sentir

Poder decir.

Los espacios vacíos en donde sostenemos el hiato en alto decidiendo no contestar, dudar, sentir y decir, accionamos un sistema que desconocemos por completo, que consta en pedir lo que necesitamos y completar ese tan temible silencio en vinculaciones significativas. Se nos ha mostrado (y lo hemos creído) un escenario en donde no hay tiempo, los silencios son desinterés y las vinculaciones se apoyan en promesas de eternidad. La velocidad de las cosas determinaron la calidad de nuestros contornos y no sabemos cómo retornar a conectarnos individualmente y, mucho menos, con los demás.

Entonces, insisto: ¿qué hay en el silencio? Si es por silencio y paz, solo hace falta apagar el celular, cerrar la puerta y colocarte en la férrea tarea de dejar el exterior para más tarde. Nadie dice que sea sencillo, solo hace falta quererlo y salirse de lo demás para entrar en unx.

Ponerse en contacto con unx, implica dejar de saber todo. Consiste en callar el parlante predeterminado y dejar que hable el que improvisa, habilitar algunas respuestas y deshabilitar algunas certezas. Gritarse un poco, tirarse de la oreja y comprometerse a compartir los resultados con unx y con otrxs (no se ustedes, pero suena chino básico mezclado con arameo para mí).

El/la otrx: con ellxs entra la distancia de querer irte lejos, ¿por qué? ¿Qué hay o quiénes están acá que se hace imposible permanecer donde estás? Si es por eso, solo hace falta evaluar qué, quién y por qué el espacio y sus personajes se te hicieron insoportables de recorrer. No es fácil, tal vez requiera poner en duda lo que venías creyendo (boom  y apocalipsis). Mover las piezas del ajedrez y ponerlas en el lugar que deban, o más convenga, colocarlas. Establecer límites, permisos y distancias para que el fuego no queme tanto y el hielo no te congele.

Percibir el espacio que nos rodea es de algún modo entender su dinámica con las personas que lo habitan y el modo en el que unx los opera para que sean más amenos en el mejor (o insostenibles en el peor) de los casos. Se estima que no hay lugar que quede tan lejos como para cambiar la sensación de esa dinámica. Ella viene con nosotros, se reproduce sin fin hasta que se la acorrala y se le pregunta: ¿qué onda con vos? ¡calmate un poquito locx! Se la pone en adjetivos, verbos, colores y se las vuelve a colocar en contexto. Puede cambiar o permanecer idéntica a sí misma, pero eso ya se nos escapa de las manos.

La velocidad te corre pero, sabiendo que ella te va a llevar de la nariz, sugiero que nos paremos a dudar y a darle forma en palabras a lo que nos atraviesa, aunque eso tome más del tiempo que nos es dado. Posiblemente salgan algunos “me siento triste, creo que necesito que me abracen, gracias por escucharme”; tal vez unos explosivos “estoy muy enojadx, no puedo ver nada bueno hoy, riámonos de algo tonto”; o un momento de egoísmo necesario “hoy no puedo ayudarte, necesito que me digas que todo va a estar bien”. Este set de emociones, entre otras tantas, nos conectan, nos vincula, nos permiten construir puentes.

Ese espacio que se llena con la presencia activa (ese clave, el acá estoy me ofrezco a lo que necesites) de unx otrx, detiene el sinsentido de situaciones que parecieran embestirse diariamente, pero que en verdad ni siquiera se rozan. No tienen ni la referencia de que algo los sacudió y cuando realmente existe la oportunidad de entregarse a darle forma, nos subimos a la misma bicicleta del llenar de tonterías el tiempo y vaciarnos de lo fundamental: LO QUE NECESITAMOS. Esto puede provenir de unx mismx o de alguien ajenx, es indistinto, pero necesariamente hay que enfrentar ese espacio en el que nunca nos ponemos. Callarnos un poquito la boca y ofrecernos a otras demandas.

Quizás sea tiempo de abandonar la añoranza de espacios verdes llenos de silencios y completar los espacios grises con verdes silencios, llenos de significativos puentes que, de una vez por todas, nos hagan actuar desde el amor en todas las direcciones que se las necesite.

 

Texto e imagen: Leila Fernanda Tanuz. Es Diseñadora de indumentaria, docente e investigadora de FADU, UBA, tejedora en Il Porco Tejidos, constructora de imágenes en Casa Prensil, feliz, verborrágica y desobediente.

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