“A mí la política no me interesa”: una revisión histórica y conceptual

“El peor analfabeto es el analfabeto político. No oye, no habla,
ni participa en los acontecimientos políticos. No sabe que el costo
de la vida, el precio del pan, del pescado, de la harina, del alquiler,
de los zapatos o las medicinas dependen de las decisiones políticas.
El analfabeto político es tan burro, que se enorgullece e hincha el pecho
diciendo que odia la política. No sabe, el imbécil, que, de su ignorancia política
nace la prostituta,  el menor abandonado, y el peor de todos los bandidos,
que es el político trapacero, granuja, corrupto y servil de las empresas
nacionales y multinacionales”.
Bertold Brecht (1898-1956)

En una publicación anterior, nos cuestionábamos acerca de la extrapolación en la historia. ¿Era posible la aplicación de un concepto tal en el análisis histórico? Afirmábamos, en aquella oportunidad, que la extrapolación de procesos, relatos, acontecimientos falseaban la historia. NO hay igualdad histórica porque cada momento tiene su particular impronta. Es en este campo donde debemos ser cautos; las generalizaciones son peligrosas y un primer examen acerca de las particularidades se nos aparece oportunamente.

La historia se vale de Ciencias Auxiliares para ser más acabada o lograda. En este caso, recurrimos a la antropología. Desde allí, vamos a decir que un alemán, físico, matemático y luego etnógrafo llamado Frank Boas se interesó por lo que luego pasó a llamarse el particularismo histórico: “…cada cultura era un conjunto de rasgos conductuales e ideacionales. Estos rasgos tenían dos orígenes posibles: por la difusión de ciertas pautas culturales de un grupo a otro, o bien por un proceso de creación independiente…”[1], para luego afirmar con más profundidad que era necesario un replanteo histórico de la cultura, diferenciándose de la teoría evolucionista.[2]

Aclarado el panorama para que el lector vislumbre de qué vereda nos ubicamos, vale ahora correr el velo de nuestro tema: A mí la política no me interesa y, en la misma línea de pensamiento y en tren de evitar generalizaciones, tratar de descubrirlas, en el sentido de que, erróneamente, nos llevan a establecer aquellas “igualdades históricas” oportunamente citadas.

“A mí la política no me interesa”

Invocando una vez más al gran escritor Arturo Jauretche, ¿será entonces que ésta es una zoncera más para demoler? Analíticamente, deberíamos comenzar definiendo qué es la política, para desmitificar su uso como una especie de “mala palabra”. La palabra “política” proviene de la griega politiké, que deriva de polis (estado, en Grecia antigua). Se refiere a la actividad desarrollada por los ciudadanos que se preocupan por los asuntos concernientes al Estado o, en forma más genérica, a su comunidad, sea ésta la escuela, el barrio, la ciudad, la provincia e incluso la nación. El objetivo de esta tarea es concretar la posibilidad de hacer triunfar la propia voluntad en el seno de esa relación social, inclusive pese a las resistencias que se puedan generar.

¿De dónde surge, entonces, esta frase tantas veces escuchada? ¿Por qué realmente es puesta en práctica por millones de personas, si simplemente hablamos de los “ciudadanos que se preocupan por los asuntos concernientes al estado o, en forma más genérica, a su comunidad, etc., etc., etc.”? Es necesario incluir aspectos cuasi filosóficos, existenciales, de esos que nos interpelan desde lo más profundo de nuestro ser. Pero también, es importante recurrir a los procesos arriba mencionados; esos que describía Frank Boas acerca de la particularidad de una sociedad (y más acá en el tiempo, de una endoculturación; es decir, de una transferencia cultural de generación en generación, de la que también forma parte la “no política”, o el poco interés en ella). Por ahora, hacemos algo así como un anuncio; pronto volveremos con este análisis.

La historia como política pasada

No hay en la historia nada inocente. Sus investigadorxs (de todo tipo y color) recurren a ella porque necesitan justificar el presente a través del pasado. Eso es ya algo político. Y si no, revisemos lo expuesto: El objetivo de esta tarea es concretar la posibilidad de hacer triunfar la propia voluntad en el seno de esa relación social, inclusive pese a las resistencias que se puedan generar. Unx podría asegurar, sin temor a equivocarse, que el objetivo de una investigación histórica (seria, porque también hay de las otras), además de descubrir algo novedoso, es imponer una tendencia. En el campo de las ideas, siempre hay una lucha política.

Ahora, ¿qué ocurre si la idea es la no política, el no análisis histórico o, como decía Francis Fukuyama, el fin de la historia? Sostenemos que también allí se discurre una lucha política. Hay una intención.

Párrafo aparte y en síntesis, Fukuyama sostenía que el motor de la historia se había paralizado en la actualidad (su contexto es los inicios de la década de 1990), debido a la disolución del bloque conformado por gobiernos comunistas, y esto dejaba como única opción viable una democracia liberal, tanto en lo económico como en lo político. Se configura así el llamado pensamiento único: las ideologías ya no son necesarias y han sido sustituidas por la economía. En un contexto profundamente neoliberal, estas ideas calaron hondo y dejaron huellas (muy permeables al día de hoy) en nuestro país en aquellos años.

Una rama de la historia es la política. Historia política, si se quiere. Se ocupa del estudio de los procesos políticos en determinada sociedad y de cómo estos influyen (o no), en el presente. De tal manera que, y bajo la tendencia o influencia del historiadorx, un proceso histórico político prefijado puede ser severamente puesto bajo la lupa o bien tirado “bajo la alfombra” o “cajoneado”. Estas líneas aciertan en el sentido de que: “El historiador comprometido con la verdad va al proceso histórico para aprender y, después, sacar la esencia de lo aprendido a la superficie, exponerlo al conocimiento de la mayoría social. Al explicar la causa del fenómeno histórico dado, contándolo en función de lo que aprendió en las fuentes y en las anteriores reflexiones de otros pensadores, su trabajo será una aproximación a lo que ocurrió basada en los hechos conocidos por lo que será objetivo, con la relatividad del mayor o menor conocimiento que de esa época se posea. Pero objetividad no quiere decir imparcialidad porque querer enseñar es una manera rotunda, apasionada, de oponerse a la falsificación, a la mentira, a la manipulación, es querer ayudar a que se comprendan las causas de los fenómenos sociales y esto siempre ayuda a los movimientos que en la sociedad del tiempo del historiador luchan por transformar el mundo…”[3]. Humildemente, nosotrxs decimos historiografía, a secas.

Política y (des)interés por la política

En este apartado, debatiremos un poco acerca de dos conceptos que se entrecruzan: la ya mencionada endoculturación y la tan manida opinión pública.

Hemos definido someramente la endocultura; pero para no pecar de imprecisos, vayamos a una explicación más acabada: es un proceso por el cual el individuo, desde sus primeros años de vida, va internalizando los modelos y pautas de comportamiento de su grupo de pertenencia, de manera consciente e inconsciente. La generación de más edad invita, induce y obliga a la generación más joven a adoptar los modos de pensar y comportarse tradicionales.

¿A qué nos referimos con opinión pública? Es la idea, juicio o concepto que una persona tiene o se forma acerca de algo o alguien. Una segunda acepción dice que es la manera de pensar común a la mayoría de las personas acerca de un asunto. Por ahora, digamos que son dos formas de expresar lo mismo. De aquí aparece otro interrogante y casi de perogrullo, obtendremos la respuesta: ¿y de dónde sale la manera de pensar que es común a la mayoría de las personas acerca de un asunto? De los formadores de opinión, que son los medios masivos de comunicación con sus amplios tentáculos de poder.

Nuestro pequeño y novedoso aporte es sostener que el desinterés por los asuntos políticos en nuestra Argentina nace por un doble aspecto; en él y primeramente, hay un tratamiento endocultural. Es decir, la transmisión de generación en generación, haciendo internos y naturalizando modelos de pensamiento y de comportamiento, corroen y destruyen la intromisión en asuntos que competen  al bienestar de todo el conjunto de la sociedad; en este sentido, la herencia cultural argentina podemos rastrearla en frases que hemos escuchado asiduamente: “No te metas”, “Algo habrán hecho” o “Por algo será” y que están muy enraizadas en períodos históricos nefastos de nuestra historia. Por otra parte, y como combustible altamente inflamable de lo antedicho, la “opinión pública” juega un rol fundamental, ya que es la herramienta para que todas aquellas naturalizaciones e internalizaciones se conviertan en públicas o masivas. Cuando ya no es sólo la “idea, juicio o concepto que una persona tiene o se forma acerca de algo o alguien” y pasa a ser  “la manera de pensar que es común a la mayoría de las personas acerca de un asunto” , todo cambia; entre una manera de decir y otra intercedieron los medios de comunicación, que esparcieron como reguero de pólvora una idea que aparecía como única y se hizo bien masiva y aceptada –y naturalizada- por muchxs.

Brevísima historia de la no involucración

Evidentemente, un país que padeció seis golpes de Estado y trece frustrados intentos más en el espacio de un siglo, sufre en el presente, teniendo en cuenta que son heridas profundísimas que le hicieron mucho daño al conjunto de la Nación Argentina. Nadie está exento de ello, ni aquellas generaciones que nacieron junto con la llegada de la tan esperada democracia, ni siquiera las nuevas infancias y juventudes.

Es un análisis histórico: desde 1930 en adelante, los diversos sujetos sociales que estaban a favor de la interrupción del estado de derecho vigente intentaron –muchas veces subrepticiamente- corroer a la sociedad toda. Veamos algunos ejemplos, aunque sea en una coyuntura breve:

– Para 1930, grupos cívico-militares venían trabajando en los medios gráficos a favor del fin de las democracias, puesto que éstas no habían resuelto nada en buena parte del mundo. Esto se debe poner en contexto con lo que sucedía en países como Alemania o Italia, donde la crítica a este sistema era funesta y la única solución posible parecía, a viva voz, un sistema de gobierno autoritario. Por otro lado, la “opinión pública” del argentino medio estaba transitando por una mutación: el hombre-militar era bien visto, su uniforme representaba patriotismo, hidalguía, buena presencia; una muestra de masculinidad. Además, era una muy buena oportunidad laboral y esto significaba que muchos co-provincianos acudían a alistarse en cualquiera de las FFAA (pero, sobretodo, en el Ejército y la Marina), para asegurarse un empleo estable.

– Para 1943, un grupo de oficiales del Ejército interrumpió un gobierno elegido en una democracia bastante dudosa. Luego de trece años de bochornoso fraude, esta élite militar vino en nombre de poner cierto orden al estado de situación en el cual se encontraba el país. Algunxs historiadorxs se animan a decir que fue el golpe de Estado menos injustificado, dada la situación previa. Debates, celos y conflictos de poder intragrupo aparte, de aquí emergió la figura de Juan Domingo Perón, decisiva en los años que vendrán.

– Para 1955, el golpe de Estado le toca al mismísimo Perón. Producto de una escalada de violencia inusitada para esos tiempos, la Argentina vivía bajo dos líneas bien claras de pensamiento, que dividieron las aguas como nunca (y que se mantiene vigente, quizá bajo otras denominaciones): Peronismo y Antiperonismo. Bajo un gobierno que redistribuyó la riqueza de los ricos para dársela a los sectores más necesitados, los antis aparecieron con todo su aparato mediático poderoso: desde la gráfica y la radio (medios masivos de comunicación de la época) propugnaron un odio visceral en buena parte de la “opinión pública”. Un contexto económico mayormente desfavorable a nivel mundial no colaboró en esta escalada violenta; y quizá aquí –como opinan muchxs historiadorxs- el error del General Perón haya sido el haber respondido con más violencia a la violencia presentada por los grupos antiperonistas.

– Tanto en 1962 como en 1966 (bajo las presidencias de Arturo Frondizi y Arturo Illía, respectivamente), la “corporación” militar en la Argentina se había hecho bien poderosa; detrás de sus filas se ubicaron los históricos representantes de la oligarquía nacional. Entre ellos, dejaron una y otra vez sin sustento a estos dos gobiernos de raigambre radical (de la UCR, aclaremos) que, dicho sea de paso y por órdenes estrictas del poder castrense, había dejado proscripto al mayor partido político en cantidad de afiliadxs: el peronismo.

– Finalmente, 1976… la más cruel dictadura llevada a cabo en la historia de nuestro país. Nuevamente, aquí el poderoso sector militar tuvo entre sus columnas a la oligarquía argentina: empresarios nacionales y con vínculos en el exterior, testaferros de multinacionales, cierta parte de la cúpula eclesiástica, corporaciones poderosas como la SRA, medios gráficos que luego recibieron dádivas de la junta militar gobernante, entre otros, formaron parte del “amasado” de la “opinión pública”. De lo leído en los libros como “golpe cívico-militar”, este sector sería el “cívico” (aunque de civismo no tenía absolutamente nada). Aquí es donde contextualizamos las frases anteriormente citadas:  el “No te metas”, el “Algo habrán hecho” o el “Por algo será” funcionaban perfectamente para tener amedrentada o dormida a una sociedad que, en su conjunto además, tenía temor.

Posibles reflexiones finales

A estas tres frases célebres, pero tristes podemos adicionarle la que es objeto de nuestro escrito: “A mí la política no me interesa”. Todas son hermanas, hijas de la misma familia.

El desarrollo histórico que hemos realizado las encolumna. Muchas veces, se ha hablado del “gen argentino”; ¿Formarán parte del mismo? ¿Cómo hacer para erradicar esta peligrosa tentación o tendencia, tan presente en buena parte de nuestro colectivo social?

Simplemente, nos animamos a dar una especie de manual de instrucciones, consejos que podrán servir para salir del letargo y no ser como el ñandú que, ante el temor, mete su cabeza en un hoyo. Aquí vamos:

– Inmiscúyase, averígüe, participe. No hace falta saber de política para formar parte de un partido político.

– Si no quiere ser parte de un grupo o partido político, no hay problema. Tiene todas las herramientas tecnológicas al alcance de su mano. Tómese un tiempo para ver qué proponen las diversas organizaciones políticas y entonces, reflexione acerca de cuál se acerca más a su forma de ver la vida.

– Descrea de todo lo que le dicen los medios masivos de comunicación. Es decir, tenga una mirada crítica. Si hay algo que le parece coherente, busque las fuentes de tal información. De esta manera, asesorándose, adquirirá mayores conocimientos de la realidad que nos circunda a todxs.

– Votar cada dos años es lo mínimo indispensable. Pero valore su voto; su voto equivale a su persona y si usted se valora a sí mismx, estimará también su elección secreta. El voto además de ser obligatorio, es un derecho: exíjase, así evitará renegar posteriormente de lo que hizo.

– En todas partes se cueces habas; todos los gobiernos elegidos tienen defectos, se equivocan. La corrupción, por caso, no es invento argentino; existe desde que existen las sociedades organizadas en un Estado. No crea que porque “todos los gobiernos son corruptos” no se puede hablar de política y entonces su conclusión es “A mí la política no me interesa”. Escuchar aquella frase nos remite a un “reduccionismo político”, es decir, si todos son corruptos, todos roban, ergo todos hacen lo mismo; conclusión: no podemos hacer absolutamente nada. Debata, discuta; a muchxs nos han acostumbrado a quedarnos calladxs por pensar distinto. Pero si hay un ámbito ameno y acorde, anímese, se sentirá valoradx y que lx escuchan.

– Erradiquemos aquellas frases. Que salgan de nuestras mentes. El “No te metas”, el “Algo habrán hecho” o el “Por algo será” deberán salir de nuestras vidas, si queremos un país mejor para nosotrxs y, sobre todo, para nuestras próximas generaciones.

– Sea respetuosx. El juego de la democracia establece que xl candidatx ganadorx lo es porque obtuvo mayoría de votos; si usted forma parte de la minoría que no votó a ese candidatx, entienda que así son las reglas. Y aunque no es político, formará parte de una “oposición”; esto ocurre no solo en el ámbito de la política, sino en muchas otras áreas de nuestras vidas.

Como al inicio nos decía Bertold Brecht, no sea analfabetx políticx. Comprenda que los precios, la inflación, la salud o la educación son, como dice el dramaturgo y poeta alemán, resultado y producto de decisiones políticas. Si éstas las aplican gobiernos que sólo se quieren beneficiar a ellxs mismxs y a su élite parasitaria, nos perjudican a todxs. Por eso, decíamos: su voto vale. No odie la política.

 

[1] LIischetti Mirtha (compiladora), Antropología, EUDEBA, BUENOS Aires, 1996, pág. 145.

[2] En contraposición a estos, Frank Boas afirmó que “no existía un único sentido de la historia a través de cuyas etapas habrían de transitar las diferentes culturas, marchando hacia un estadio culminante de racionalidad representado por la sociedad occidental. Argumentó en cambio, que cada cultura tenía una historia original, es decir, que estaba formaba por un conjunto de pautas, valores y tradiciones, de distintos orígenes geográficos o de propia creación, que constituían una realidad ecléctica. El origen de los rasgos culturales incorporados por un proceso de difusión podía ser rastreado históricamente, pero no debía olvidarse que ellos no eran adoptados por el grupo social sin previas modificaciones, sino a través de un proceso de adaptación en el cual esos rasgos adquirían un significado específico dentro de esa cultura, cambiando probablemente el sentido que tenían en su contexto original. [2]…por último, con esto Boas cuestionaba al evolucionismo en el sentido de:…”su concepción unilineal de la historia: el desarrollo de las distintas culturas no era en modo alguno [], una sucesión de etapas alineadas en un sentido único, sino más bien se producía a través de líneas de desarrollo múltiples, particulares y divergentes”…Ob. Cit., pág. 146.

[3] https://www.izquierdadiario.es/Historia-y-Politica-su-intima-relacion

 

Texto: Maximiliano Ulhir. 46 años y tres hijas. Profesor de Historia en colegios y a punto de finalizar la licenciatura en Historia en UNTREF. Define su ideología como de centroizquierda, con muchos matices peronistas. Afirma que lo rebela la injusticia.

Fotografía: Leandro Crovetto. Nació en 1984. Es Diseñador de Imagen y Sonido, fotógrafo, editor y realizador audiovisual. Estudia Fotoperiodismo II y trabaja en su primer libro fotográfico “YVY, PACHA, ALWA, TIERRA. Territorio comunitario y el avance de los barrios privados”.

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