#PerdiendoAmigos – Falta envido (con 33 siendo mano)

Siempre mantuve una fatídica lucha por comprender y asimilar lo que es ser una “adulta realizada”, sus correspondencias y sus omisiones. A veces, culpo a la sobredosis del programa infantil Chiquititas en mi infancia, con su menemista y edulcorada visión de la realidad. Otras, solo saco la bandera blanca de la tregua y hago las paces con lo que no puedo resolver, en un contexto que empuja fuertemente a satisfacer cánones ilusorios de lo que “debe ser” la vida.

Reconozco, no solo en la construcción de mi individualidad sino en la de muchxs de mi generación (y desde luego, anteriores), un desengaño con el producto de lo que hemos hecho de nosotrxs mismxs. Frustradxs porque no llegamos a ese estándar que nos propone un lugar en el que deberíamos estar a esta edad, confundidxs por no desear un bebé que nos “realice en la vida”, cansadxs de aplicar a una rutina que no nos devuelve lo que nos fue prometido después de “tanto sacrificio“. Se siente como una estafa que nos han jugado y no sabríamos qué cable cortar para desactivarlo.

La vida se siente desdoblar entre papeleos, alquileres, hipotecas, reproducción y trabajo. Ese es el modelo y todxs nos sentimos aptxs… pero absolutamente perdidxs. Cual cola burocrática, le preguntamos a quienes están cerca cómo se hace, a dónde se va, quién firma, y esperamos nuestro turno para ser bienvenidxs o rebotadxs a todo a lo que aplicamos (un pack pavimentado de estereotipos). Por suerte, nos acompaña una fe ciega y la ansiedad de pertenecer a algo, vaya unx a saber a qué, hasta llegar a la ventanilla en donde, aunque tuvieras absolutamente todo sellado y en orden, seremos expulsadxs. Entonces salís, te prendés un pucho (no fumo, pero de afuera se ve liberador hacerlo) y pensás en lo inadaptadx que fuiste y cuán impedidx estás de hacer nada más que esto, porque si fallaste, cómo vas a desear otra cosa que no esté delineada por las reglas tan sencillas por cumplir.  Agotadx apagás el cigarrillo y al día siguiente, volvés a la misma cola, con los mismos papeles, para aplicar a la misma ventanilla a ver si esta vez sí se te da.

En este mecanismo masoquista de deseo, necesidad y satisfacción, me pregunto dónde miramos todo este tiempo para creer que todas estas pautas a seguir nos elevarán a un plano de adultez completo, sostenido y feliz. ¿Quién fue ese prototipo tan pulido que nos destruyó los proyectos que nunca quisimos, pero que, sin embargo, tanto lamentamos no lograr? Aparentemente, por la desazón que impera, no queríamos nada de esto y sin embargo, nuestra vida se divide entre las expectativas que nadie explícitamente nos colocó y nuestros deseos pospuestos por un bien mayor (un argumento tan Batman que duele).

 Y no llegamos, nos damos duro por no hacerlo. Y dudamos de nuestro valor, de nuestras elecciones, de si es correcto o no lo que hacemos, y nunca, pero nunca, ponemos en duda el modelo que nos hizo el mapa de toda esta maratón psicótica para convertirnos en un “ser aceptable”.

Algún paradigma se cayó en el medio y no nos avisaron. Tal vez, la única alarma disponible antes de que todo colapse sea hacerse tres pequeñas preguntas: ¿qué deseás? ¿Qué historia querés contar? ¿Dónde estás hoy?

Pero asumo que ahí no termina la historia, porque somos expertos en la automentira. Comúnmente, el libreto está tan bien escrito que seguimos repitiéndolo, ya que dar una respuesta sincera sobre algo que implica comprometerse con unx mismx es descabellado para un plan maestro tan bien tendido para nosotrxs.

Me atrevo a arriesgar en este torbellino de deber y desear, que la distancia que separa lo que somos de lo que queremos ser, excede la suerte y las circunstancias de la vida. Deduzco que lo que nos acerca a ser las personas que queremos, es el compromiso con nuestro deseo, con quienes nos aliamos para llegar ahí y qué historia queremos contar, mientras recorremos ese camino, sin importar los volantazos que se deban pegar en el medio. A ciencia cierta, no sé cómo hacerlo, pero me resulta la carta mejor jugada de esta mano. No tener certezas rígidas es esquivar los lugares comunes en donde la autorrealización siempre es ajena y solo los fracasos son propios.

Tal vez, la cuestión sea, como dice nuestro buen amigo Doc, de la película Volver al Futuro: “¿Caminos? Adonde vamos no necesitamos caminos”.

 

 

Texto e imagen: Leila Fernanda Tanuz. Es Diseñadora de indumentaria, docente e investigadora de FADU, UBA, tejedora en Il Porco Tejidos, constructora de imágenes en Casa Prensil, feliz, verborrágica y desobediente.

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