#PerdiendoAmigos – Trucos a la fotocopia

Sentarme a sentenciar verdades me resulta sumamente difícil cuando me encuentro en el ejercicio de la memoria. Retomar, intransigente, los espacios del pasado que imperan en ser revueltos; ellos siempre cargados de dolor, amargura y aún heridas vivas siempre frescas, se torna cínico.

No sé cómo hace la gente para hablar tan sólidamente del pasado, no sé cómo formulan oraciones que comienzan y terminan en conclusiones. Para mí, el ejercicio de la memoria siempre está atravesado por el tiempo: el que nos atropella  y el que nos elabora. Y ahí, indefectiblemente, se crían las preguntas que crecen sin matriz, salen y todo se ve modificado. Por supuesto, los hechos siguen exactamente igual de dolorosos y sofocantes a cuando se desdoblaron, pero ¿qué pasa cada vez que los traemos a nuestro presente? ¿Se mantiene petrificado e inmutable con la exactitud de sus hechos? ¿Qué significa ejercitar la memoria? ¿Volver a repetir es solo re-decir? Ejercicio de la memoria, ¿tendrá algo que ver con desarrollar y también, con forzar?

Inevitablemente, sentarme a revisar me consume de incertidumbre. Pero hay algo en todas estas preguntas y todas aquellas que surgen desde la insoportable frialdad del terror del pasado, que empuja a florecer. Cuando el terror te lleva a hacerte preguntas, encontrás la salida, porque descubriste sus hilos. Formularnos y formularle incógnitas a lo que creemos, a lo que permitimos, a lo que construimos y derrumbamos, es ejercitar el político acto de la memoria.

Nunca me explicaron bien qué significaba recordar sin llorar. Asomarse, mirar y salir sin tocar nada: así fue durante muchísimo tiempo. Hasta entender que hacer uso de lo que en pretérito sucedió, es dejar de tratarlo como un museo para virar a la desafiante tarea de hacer de él herramientas vivas que impiden su réplica dormida.

Nadie dice que es fácil, ni hay recetas para llevar adelante esta práctica. Si la memoria fuera como atarse los cordones, de seguro nos daríamos la cabeza contra la pared. Una cosa es no olvidar, otra muy distinta, saber qué hacer con esa información. Ahí no hay manera de hacerse el distraído, uno interviene y como el tiempo que te empujó en la dirección opuesta a lo que recordás, éste también te acerca a hacerte cargo de las manera en las que lo desafías.

Saber que fueron 30000 personas desaparecidas/torturadas/asesinadas en manos de las fuerzas armadas, el Estado, vuelve a nosotrxs cada 24 de marzo y ése es el dato duro. Pero ¿cuál va a ser la pregunta que le hagas este año? ¿Cómo vas a cortarle los hilos al terror del pasado que se asoma en el terror del hoy? ¿Cómo nos mantenemos despabiladxs ante tanto sedante?

No tengo respuesta aún a estos interrogantes, pero definitivamente le jugaré una buena ronda de trucos a la fotocopia desgastada que insista en repetir la historia vacía de reflexión, para que nunca muera y reviva, cautelosa, despierta y presente. Porque nadie desaparece si vuelve siempre nuevo, depende de nosotrxs recibirlxs como amerita.

 

Texto e imagen: Leila Fernanda Tanuz. Es Diseñadora de indumentaria, docente e investigadora de FADU, UBA, tejedora en Il Porco Tejidos, constructora de imágenes en Casa Prensil, feliz, verborrágica y desobediente.

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