Nuestros, nuestras 30.000

En homenaje a Eduardo Alfredo Pasquini y Liliana Graciela Mizraji,
víctimas de la dictadura, secuestrados en Rosario el 10 de junio de 1976.
Eduardo era físico, egresado del Instituto Balseiro y docente
de la Universidad Nacional de Rosario. Liliana era psicóloga
y también docente de la misma casa de estudios.
Siendo ni√Īas, sus hijas Gabi y Laura sufrieron el secuestro
y la desaparición de su padre y de su madre.
Gabi también es física y docente en la Universidad de Buenos Aires.
Laura es militante de Nueva Mayoría en el Frente Patria Grande
en el partido de Tres de Febrero.

 

Volver al 24 de marzo, rememorarlo, siempre es dif√≠cil. Han pasado ya 43 a√Īos de ese d√≠a tr√°gico, cuando nos despertamos con la noticia de que se hab√≠a producido un nuevo golpe de Estado en estas tierras y en nuestras vidas. En todo este tiempo, mucho se ha comentado, analizado e interpretado lo que ocurri√≥ en esa larga y dolorosa noche negra que fue la dictadura impuesta en 1976. Infinidad de art√≠culos, diversos libros, pel√≠culas y documentales dan cuenta de la barbarie que vivimos durante esos ‚Äúa√Īos de plomo‚ÄĚ.

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Ese militarismo, sostenido por el capital financiero y los grupos concentrados del poder econ√≥mico, as√≠ como por la jerarqu√≠a eclesi√°stica, cerr√≥ a sangre y fuego el per√≠odo de irrupci√≥n y protagonismo popular iniciado con el Cordobazo de 1969. Efectivamente, entre 1969 y 1976, la clase trabajadora, la juventud estudiantil, diversos exponentes del arte y la cultura, sectores de la iglesia comprometidos con las demandas sociales, etc., configuraron un escenario de extraordinaria vitalidad que cuestionaba a los poderes y se expresaba en m√ļltiples luchas. Fue un per√≠odo de ascenso de grandes aspiraciones de liberaci√≥n: nuevas expresiones del peronismo combativo, particularmente juvenil, la CGT de los Argentinos, una diversidad de organizaciones de izquierda, etc. En ese contexto, surgieron las organizaciones armadas, tanto de la izquierda peronista como marxista. En fin, ese ascenso radicaliz√≥ pol√≠ticamente a toda una generaci√≥n, provoc√≥ el retiro del pen√ļltimo gobierno militar, la apertura democr√°tica que se concret√≥ en 1973 y que dio lugar a los gobiernos de C√°mpora, el √ļltimo de Per√≥n y el de Isabel Mart√≠nez que lo sucedi√≥ tras su fallecimiento al promediar 1974. Ese √ļltimo Per√≥n no fue el mismo que el pueblo argentino conoci√≥ entre 1945 y 1955. Estaba situado m√°s a la derecha, claramente, no s√≥lo por el ‚Äúpacto social‚ÄĚ que propiciaba, sino por dejar correr la acci√≥n criminal de bandas parapoliciales como la Triple A, que cobraron numerosas v√≠ctimas entre el activismo obrero y estudiantil. Sin embargo, m√°s all√° de esa violencia paraestatal, debemos decir ‚Äďsin abundar en estad√≠sticas‚Äď que hab√≠a trabajo, el pa√≠s no estaba sometido a una deuda externa may√ļscula y las condiciones de vida eran muy diferentes a las actuales. En el corto gobierno de Isabel Mart√≠nez, la viuda de Per√≥n, se precipit√≥ la primera gran crisis de los a√Īos 70: se descarg√≥ un brutal paquete de medidas econ√≥micas sobre el pueblo trabajador, el tristemente c√©lebre ‚ÄúRodrigazo‚ÄĚ, as√≠ llamado por el apellido del ministro de Econom√≠a, pero adem√°s se increment√≥ la represi√≥n y el accionar de la Triple A. El escenario del segundo semestre de 1975 fue de crisis total, poniendo en evidencia una grave incapacidad de la institucionalidad pol√≠tica. En ese contexto, finalmente, se concret√≥ el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 y se cerr√≥ el per√≠odo de lucha y protagonismo pol√≠tico-social que se hab√≠a abierto siete a√Īos antes.

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La dictadura significó la entronización del terrorismo de Estado, cuyo saldo son las/los 30.000 desaparecidas/os y asesinadas/os. Sin duda, ésta es la mayor expresión de aquella tragedia que hoy es conocida por el mundo entero. Desde luego, cuatro décadas después, cuando la derecha busca construir su hegemonía, han resurgido algunas voces que cuestionan la magnitud de ese genocidio, pero las plazas llenas de nuestra gente en diversas ciudades del país, en este 2019, demuestran que existe la memoria social y que sin memoria no hay futuro.

Adem√°s, la proclamaci√≥n del primer neoliberalismo: ‚ÄúSe inicia la liberaci√≥n de las fuerzas productivas‚ÄĚ, tal como lo dijo en su discurso inaugural el ministro Mart√≠nez de Hoz, ejecutor del plan econ√≥mico de la dictadura, signific√≥ el primer gran saqueo del pa√≠s: quiebra del aparato productivo, especulaci√≥n financiera, incremento de la deuda externa y un largo etc√©tera de sometimiento al imperio que conocemos. Est√° claro que esa pol√≠tica econ√≥mica, por as√≠ decirlo, necesitaba de la disciplina social que las fuerzas armadas se propusieron desde el principio. Y esa disciplina signific√≥ suspender todos los derechos sindicales, prohibir la actividad pol√≠tica, imponer todo tipo de censura, etc. Para ese prop√≥sito, actuaron como ej√©rcito de ocupaci√≥n, sin c√≥digo alguno. En 1982, se lanzaron a la tr√°gica aventura de la guerra de Malvinas, cuya derrota signific√≥ la mayor humillaci√≥n nacional de nuestra historia contempor√°nea. En ese escenario se conjugaron diversos componentes que dieron lugar a una crisis sin precedentes. La derrota de Malvinas provoc√≥ un rechazo generalizado de la poblaci√≥n. Pero adem√°s, en medio de esa tragedia, estaba todo el arrastre sanguinario de la ‚Äúguerra interna‚ÄĚ, as√≠ como la devastaci√≥n acumulada desde 1976. La dictadura no pudo salvarse y cay√≥ abruptamente, tuvo que irse de manera precipitada, sin ‚Äútransici√≥n‚ÄĚ, sin ‚Äúretiro ordenado‚ÄĚ. Ese inmenso rechazo popular, que adem√°s fue socialmente transversal, signific√≥ la mayor derrota del militarismo argentino, una derrota hist√≥rica que lo sac√≥ de manera definitiva del escenario pol√≠tico del pa√≠s. Una r√°pida convocatoria a elecciones, que no estaba en los planes de los altos mandos, dio lugar a la democracia en la que vivimos actualmente.

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Temas para repensar

La enorme tragedia vivida, que es percibida y rechazada por las nuevas generaciones, tuvo algunas caracter√≠sticas particulares que es necesario desentra√Īar. El Estado funciona si hay coerci√≥n del aparato institucional y tambi√©n consenso social. Ambos componentes se complementan, aunque no siempre son iguales. La dictadura, sin duda, signific√≥ una enorme coerci√≥n, impuso normas a la vida social en nombre de ‚Äúvalores occidentales y cristianos‚ÄĚ, etc. Pero tambi√©n tuvo un importante consenso, no s√≥lo entre las clases dominantes o pudientes, as√≠ como en amplios sectores de la clase media e incluso en sectores populares. Esto hay que decirlo, tambi√©n para reflexionar sobre la importancia de la subjetividad existente en tal o cual per√≠odo de nuestro recorrido. La mayor√≠a de los medios de comunicaci√≥n, subray√©moslo, contribuy√≥ a la creaci√≥n de ese consenso. El clima que se viv√≠a, la incapacidad institucional y la violencia hab√≠an generado un cierto imaginario favorable a la intervenci√≥n de las fuerzas armadas como ‚Äúsalvadoras del caos‚ÄĚ. Un dato que muestra lo que decimos es que no hubo una reacci√≥n masiva e inmediata contra el golpe perpetrado en marzo de 1976. Desde luego, no se puede decir que existi√≥ un consenso absoluto, en realidad nunca existe, m√°s a√ļn cuando se ven√≠a un per√≠odo de ascenso de las luchas populares. Es as√≠ que las organizaciones del pueblo trabajador, violentadas y atropelladas en sus derechos, empezaron a transitar un lento camino de resistencia, mientras las vanguardias pol√≠ticas pasaban a la clandestinidad. La ruptura de ese consenso, puesta en evidencia con la derrota de Malvinas, entremezclada con una nueva y grave crisis econ√≥mica, permiti√≥ el quiebre del r√©gimen.

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Otro aspecto sobre el que no siempre se ha reparado fue la duplicidad o el doble mensaje del ejercicio del poder dictatorial. Mientras se produc√≠an secuestros, asesinatos, desapariciones y apropiaci√≥n de bienes, mientras se torturaba y se vejaba la dignidad de las personas con absoluta crueldad, el discurso oficial estaba centrado en la ‚Äúguerra contra la subversi√≥n‚ÄĚ. Pero Videla o cualquier jerarca militar no pod√≠a decir a la prensa, por ejemplo, ‚Äútenemos tal o cual centro clandestino de detenci√≥n‚ÄĚ, ‚Äúhemos torturado a tantas personas‚ÄĚ, ‚Äúhemos arrojado desde aviones a tales personas secuestradas‚ÄĚ, ‚Äúdespu√©s de asesinar a su madre, hemos entregado a una familia tal ni√Īo o ni√Īa que naci√≥ en cautiverio‚ÄĚ, ‚Äúnos hemos apropiado de tal o cual propiedad de tal o cual delincuente subversivo‚ÄĚ, etc. Todo esto existi√≥, est√° m√°s que probado, y significaba tambi√©n un mensaje de hecho. Se comet√≠an tales cr√≠menes y se ‚Äúinformaba‚ÄĚ distorsionando la acci√≥n criminal. Y cuando cierto entorno se enteraba de un secuestro o del desvalijamiento de una casa, el sonsonete era ‚Äúpor algo ser√°‚ÄĚ, ‚Äúalgo habr√° hecho‚ÄĚ. Pensar y repensar esta cuesti√≥n tiene importancia para comprender hasta d√≥nde puede llegar la coerci√≥n ejercida por el poder, pero tambi√©n para construir memoria. Cuando hablamos de dictadura, hablamos de todo esto. Y seguramente quienes vieron bien que los militares se hicieran cargo de la conducci√≥n del Estado nunca lo imaginaron, tambi√©n esto es cierto. Pero los hechos fueron as√≠. Tal fue la tragedia que lacer√≥ a la sociedad argentina. Hoy, 43 a√Īos despu√©s, todo esto sigue motivando a las nuevas generaciones a ganar las calles. Lo vimos ayer y lo seguiremos viendo. Sin memoria no hay futuro, sin duda.

 

Texto: Manuel Martinez. Periodista y escritor, con una larga trayectoria militante en la izquierda latinoamericana. Integra el Consejo de Redacción de la Revista Herramienta y participa activamente en la Plataforma Nueva Mayoría del Frente Patria Grande.

Fotograf√≠as: Celeste Dest√©fano.¬†Naci√≥ en 1983, en Buenos Aires. Camina junto a la fotograf√≠a hace diez a√Īos y es en lo documental donde encuentra su idioma. Es madre, feminista, compa√Īera y pretende siempre ser una obrera de la memoria.

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