La rebeldía del alimento

Adriana Celli es Técnica en Producción Vegetal Orgánica, una carrera relativamente nueva de la Facultad de Agronomía de Buenos Aires. Ella trabaja para que todxs tengamos acceso a comer de manera sana y saludable alimentos que nos da la tierra, sin el uso de agrotóxicos, que es justamente lo que propicia la agricultura orgánica o agroecología. Y en esa búsqueda nos cuenta que lo orgánico en Argentina es una marca registrada de algunas empresas extranjeras, dependientes de manera indirecta del SENASA, que son las que se dedican a hacer las certificaciones para que un producto pueda tener el nombre de “orgánico”, encareciéndolo. Apunta: “se exige certificar lo que se hace bien, pero no se dice nada sobre lo que se hace mal”.

“Estamos bregando por la agroecología, pero también por certificaciones sociales, que no dependan de empresas privadas, ni tercerizadas. La certificación social busca, entre otras cosas, que todxs lxs productorxs se unan, se capaciten, se ayuden entre ellxs. Uno de los primeros municipios que lo logró fue Cañuelas, zona “libre de agrotóxicos”, con una ordenanza, la 2671/10, sancionada en el año 2010, que prohíbe en todo el partido de Cañuelas la fumigación área y establece un radio de 2000 metros de los límites urbanos de la ciudad cabecera y de todas las localidades del partido, dentro del cual no está permitida la utilización de agroquímicos.

El objetivo de Adriana y quienes trabajan en esta línea ideológica es que la agroecología sea de acceso garantizado para todxs, no una moda, ni una posibilidad restringida por lo económico.

Desde El Tresdé creemos que la alimentación es otro espacio a disputarle a la hegemonía capitalista, que nos quiere pasivxs, dependientes y envenenadxs; una trinchera más para unirnos y construir nuevas redes y más conciencia social. Por eso, para ganar saber y conciencia, compartimos esta charla.

Nos estamos preguntando qué comemos, cómo se produce, qué nos dicen vender y qué nos venden realmente. Junto a esto, particularmente en los cultivos, se va también masificando el saber sobre su manipulación tóxica y cuán perjudicial es el negocio de los grandes laboratorios para nuestro cuerpo y para la tierra. ¿Cómo analizás estas problemáticas y qué caminos de salida pensás urgentes y posibles?

Habría que preguntarnos por qué los humanos les ponemos venenos a los alimentos que producimos, sabiendo perfectamente que los restos de ese veneno quedan en ellos y los ingerimos y nos intoxican y nos matan. Las preguntas son cuándo comenzó y por qué. Y fue por plata: generar más ganancias para unos pocos. En líneas generales, todo comienza con la famosa “revolución verde”, frase fatídica para nombrar el comienzo de la producción de alimentos con venenos aplicados sobre las plantas y sobre el suelo. La terminación “cida”, que significa matar o morir, es lo que hace que un “herbicida” sirva para matar hierbas, un “fungicida” sea para matar hongos, un “insecticida” sea para matar insectos. Entonces, la aplicación de todos esos venenos sobre las plantas se fue perfeccionando hasta llegar a lo que se conoce como venenos sistémicos, venenos que quedan en el sistema de la savia de la planta; por lo tanto, todo lo que podemos ver sobre lavar los vegetales con limón o bicarbonato, etc. no le disminuye en nada los agroquímicos porque ya forman parte de la savia de la planta, adentro de la hoja, del fruto o de la raíz.

Cuando este sistema económico dirigió su mirada hacia un nuevo negocio, se dio cuenta de que hay algo que nadie puede dejar de hacer: comer. Encontraron un negocio más maravilloso para sus ganancias: los alimentos. Buscaron masificar la producción, “dar de comer basura a la masa”, para así también tener lo opuesto a favor: “lo orgánico”. Pero, claro, la gente da por sentado que es para una élite, que si es orgánico es caro. Mientras que la comida chatarra, sin nutrientes, hecha en suelos muertos y desnutridos, es la que la mayor parte acepta. Son alimentos muertos surgidos de un ecosistema muerto.

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Lo más urgente es difundir: que la gente sepa esto, que estamos comiéndonos los agrotóxicos con las frutas y verduras que creemos sanas. Lo segundo: generar redes para comprar lo más directo posible al productor, como por ejemplo con la UTT (Unión de Trabajadores de la Tierra), la 1060, cooperativa de zona Sur, familias que vienen trabajando sobre la producción agroecológica, con las Facultades, con las Cátedras Libres de Soberanía Alimentaria. Ambas partes fueron acercándose para producir alimentos sanos.

A tono con lo anterior, ¿cuáles creés que son las batallas en que lxs consumidorxs debemos involucrarnos al comprar, al comer para desbaratar este negocio ajeno que nos mata de a poco, así como a nuestro hábitat?

Lo primero es hacer concientes a lxs consumidorxs del gran poder que todxs tenemos para ejercer ese poder. Parece que si no, sólo podemos consumir lo que nos dan; corporaciones haciendo estudios para saber cuáles son nuestros gustos y modificar lo que haga falta para vender.  Un ejemplo: en la época de Menem, sólo pensando en la venta y el consumo, no en alimentar bien o nutrir, resultó que los transportistas de tomates chatos platenses perdían dinero porque había que venderlos pronto y manipular los cajones con cariño para que no se rompieran o aplastaran. Entonces, la ciencia se puso a trabajar para que el transportista no perdiera plata: se modificaron esos tomates creando el famoso “tomate larga vida”, fruto transgénico, un tomate duro, sin gusto, hueco y seco por dentro, que no se madura nunca. Años la ciencia trabajó para descubrir qué gen hace a la maduración del tomate, cómo ponerle un transgen de un pez al tomate, para que no llegue a su maduración. Entonces, eso se logra y nosotrxs, como consumidorxs, pareciera que estamos condenadxs a comer ese fruto no nutritivo porque ni siquiera es un fruto maduro, para que otros ganen más dinero fácilmente. ¿Qué podemos hacer lxs consumidorxs? NO COMPRARLOS MÁS. Si millones de personas que van al supermercado no lo compran, tendrán que dejar de producirlos. Si vamos a la verdulería y compramos la basura que nos dan, también somos nosotrxs quienes nos dejamos engañar y que nos enfermen, favoreciendo las ganancias de las corporaciones. Incluso porque enfermxs, también las corporaciones farmacéuticas pueden hacer sus negocios: nos envenan y enferman, para que luego haya drogas que no nos sanen, pero nos mantengan estables y calmxs; no es casual, por ejemplo, que Monsanto haya sido comprada por Bayer, una que te envenena y te enferma y la otra que te “cura” para que sigas consumiendo.

Por eso, insisto, las redes, los nodos, son el futuro. Comer directo de lxs productorxs, involucrarnos, comprometernos, poder conocer a lxs otrxs e intercambiar también baja los costos, comemos vegetales recién cosechados y lo hacemos de primera mano.

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Me gustaría que nos cuentes por qué las huertas familiares y vecinales son una opción integral posible. ¿Cómo se pueden llevar a cabo? ¿Cuál es su valor e importancia?

Hay diferentes niveles: hay huertas personales, vecinales, regionales. Independientemente del espacio que tengamos para hacer una huerta urbana, todo suma. La importancia de una huerta regional es hacer la verdadera agroecología urbana, como el modelo cubano. Es un modelo de estudio, un sistema formado por muchos pequeños proyectos, que alimentan a proyectos medianos y que todos apuntan a enriquecer al proyecto final que es producir agroecológicamente, tanto verduras como frutas y plantas medicinales. En Cuba, las huertas urbanas fueron una necesidad de sobrevida. Cuando dejaron de recibir agrotóxicos de la URSS, con la caída del Muro, para la agricultura extensiva (que es como se produce en el resto del mundo), tuvieron que ver cómo producir sus alimentos. El efecto isla es importante para comprender que lo que ellxs tenían es lo que nosotrxs tenemos: tierra en los espacios urbanos y en abundancia. Es fundamental para una producción real y sostenida que haya huertas regionales en los Municipios; hay un montón de lugares del Estado o pertenecientes a entidades que pueden ser aprovechados por quienes saben producir hortalizas, pero no tienen manera de tener sus propias tierras o alquilarlas. Esto sería un beneficio para lxs productorxs que tienen el saber y para todxs, ya que mejoraría sustancialmente nuestra alimentación. Si sólo sumásemos las hectáreas de los costados de los ferrocarriles, nos sorprenderíamos. Se evitarían los costos de traslado, el costo de alquiler desmedido de las tierras, se podrían vender las cosechas en las plazas de los barrios. Y eso provocaría, además, que en los barrios viésemos el esfuerzo y el trabajo de lxs productorxs y cómo es todo el proceso de producción agrícola, comprendiendo que nos involucra a todxs.

IMG_20170406_175731422_HDR¿Te animás a regalarnos unos consejos de cultivo en casa o en la vereda? ¿O en los terrenitos de la estación o donde lxs vecinxs encuentren tierra? ¿Cómo empezamos?

Creo que lo más rápido de entender para iniciarse son las plantas rústicas o las nativas: zapallos, ancos, maíces, habas, arvejas. Plantas que prácticamente crecen solas y nos dan mucho. Un buen ejemplo es la papa de aire, es una papa latinoamericana, de Centroamérica, que anda bien en nuestro clima. Crece parecido a un zapallo. Es un fruto de color crema por fuera y en su pulpa. Tiene mucha fibra. Tenemos que entender de la naturaleza, su resistencia, su desarrollo. La primera vez que planté una papa de aire, copó 4 casas y sacamos 4 cajones de papas de aire en la primera producción. Se pueden sumar muchas trepadoras y florales, los porotos, por ejemplo. En resumen: plantas nativas rústicas son lo mejor para ponerlas en tierra y esperar para deleitarnos con sus frutos.

Contanos sobre tus proyectos de huertas urbanas. ¿En qué consisten?

En cuanto a huertas urbanas, mi primer proyecto es de huerta educativa, es la que tengo en mi espacio en tierra, tachos, palets, etc. Donde vemos todos los procesos de cultivo y reciclado de materia orgánica, hacer nuestros propios biofertilizantes, incluso hasta reciclar cáscaras de cítricos, fermentarlos (semitapados por 15 días) para hacer limpiadores de baño y cocina, por ejemplo.  Un proceso educativo de proceso y de conocimiento del proceso; que la huerta seamos nosotrxs observando y preguntándonos, no en pasividad.

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El espacio se llama Tarpuy Pacha, que significa “tiempo de siembra”, el tiempo de siembra se lee en las orillas del Lago Titicaca, cuando aparece un sapo característico de esa zona, en agosto, justo, cuando las aguas empiezan a dejar la tierra fértil de las orillas y la gente sabe que se acerca el tiempo de siembra. El Tarpuy es un momento para todxs, para que podamos reunirnos, no sólo para sembrar plantas, sino para sembrarnos a nosotrxs mismxs, para poder volcar nuestra mirada hacia la naturaleza y poder ver más allá de las modas y de lo que nos quieren imponer.

En cuando a lo municipal, participo en el proyecto de Hernán Letcher, de Unidad Ciudadana San Martín. Huertas urbanas agroecológicas para una producción real: que lxs productorxs hagan uso de los espacios de tierra desaprovechados y, a su vez, generar pequeñas empresas que aportarían a la empresa final de producción de hortalizas y hierbas aromáticas. Fabricación de biofertilizantes, producción de plantines y semillas, reciclaje de materia orgánica y, obviamente, la producción de conocimientos para lxs productorxs y lxs consumidorxs. Y que, en la parte legal, se organice activamente el Municipio para que a largo plazo pueda sostenerse el proyecto.

Contanos cuál es la mayor herida de la producción convencional, agrotóxica, de vegetales, frutales, cereales, etc.

La muerte de los ecosistemas; el primero que se rompe es el ecosistema del suelo, tan sensible, que involucra procesos y ciclos encadenados de muchos seres. Como se corta el proceso de los nutrientes con los venenos, no queda más que seguir usando venenos para producir. Se rompe totalmente, además, la población rural (fumigación y afección del ADN) y se contamina todo: agua, personas, animales.

 ¿Y cuáles son los beneficios micro y macro de la producción agroecológica?

Un suelo vivo: la base de la producción agroecológica es un suelo vivo, lleno de insectos, un color hermoso; un suelo vivo permite esa producción y la vida en este planeta. Entonces, producimos plantas más sanas y mejor nutridas.

Productorxs saludables: las personas involucradas se ven beneficiadas porque no quieren intoxicarse y sí aprender para salir del sistema de los agrotóxicos y no depender de estos.

Alimentos: nuestros alimentos tienen mejor calidad nutritiva y mantienen la cantidad de bacterias adecuada para que nuestra flora intestinal pueda digerirlos.

La mirada: poder mirarnos a la cara y saber que no estamos comiendo un alimento que proviene de la esclavización y opresión de lxs otrxs, de familias enteras, sobre sus propios cuerpos.

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¿Podrías explicarnos qué es la Ley de semillas que este gobierno viene intentando propiciar con la presión de las grandes corporaciones de la agroindustria?

La Ley de semillas busca patentar la vida y un proceso que siempre fue de una manera (y espero que siga siendo): el campesino es el dueño de la semilla, porque se ocupa de cuidarla, de producirla, de conservarla, porque es la base de cada cultivo anual. Que se adueñen de las semillas no es casualidad. Las corporaciones, como dijimos, tienen su mirada en la producción de alimentos. Si éstas se adueñan de las semillas, las patentan, cada vez que queramos producir para comer, deberemos comprarles. Es realmente tremendo. Hay un documental que se llama “9.70”, que trata sobre una ley nefasta con ese número que se aprobó en Colombia, de la mano del ALCA. Lxs campesinxs allá no son dueñxs de plantar las semillas que ellxs mismxs producen. La gendarmería les decomisa sus propias semillas y se las queman. Tienen que comprárselas a la corporación que las vende. Eso es un ejemplo de qué pasaría en Argentina si se aprueba ese tipo de leyes. Confío en las CALISA (Cátedras Libres de Soberanía Alimentaria), en las cooperativas, los movimientos de Los sin tierra y muchos movimientos que trabajan para que esto no ocurra y que no se excluya a lxs productorxs.

 En la línea que venimos hablando, también surge la problemática de la producción doméstica de residuos. Descartamos montañas de “basura” y en la mayor parte de los territorios, el Estado no se hace cargo de manera constante, efectiva y sustentable de estos. Ni siquiera se ocupa de educar a la población en el tema. ¿Cuáles son tus propuestas? ¿Qué podemos hacer autogestivamente en las casas y en los barrios para que ni nos tape la basura, ni desaprovechemos lo aprovechable, ni nos sigamos comportando de manera individualista “sacándonos de encima” aquello que creemos que no nos sirve?

Lo primero: movilizarnos nosotrxs, una vez más, como individuos. Ir de lo micro a lo macro. No puedo desechar algo que sé que le va a provocar al planeta un daño por los próximos mil años. Hay un montón de asociaciones que se encargan de reciclar cartón, latas, plástico, vidrios; por ejemplo, una es la Asociación Oasis de Ciudad Jardín. Ponen puntos de acopio, allí llevamos la basura ya separada en casa, ellxs trasladan todo a plantas de reciclaje. Otra forma es reciclar la materia orgánica para que vuelva a ser aprovechable, es decir, hacer compost. Es hermoso y energizante. Claro que también debemos reemplazar el uso de botellas y bolsas plásticas. Conservar y reutilizar los envases de vidrio. No llenarnos de tantos paquetes.

¿La rebeldía social contra el capitalismo salvaje, excluyente, alienante y y la manera de alimentarnos y de producir ese alimento están relacionadas?

La rebeldía es la base absoluta de la vida. Debemos rebelarnos y cuestionarnos todo. El capitalismo quiere silencio y acatamiento de todo tipo de subnormas, una única mirada, una única forma de producir, etc. La producción agrícola es de conocimiento milenario, hay que dejarla ser. La naturaleza es rebelde y si la observamos, sabemos que todo sucede, que el camino se abre solo. Sabemos que el cemento se rompe, que las plantas con sus raíces lo horadan, que las gotas de agua pueden romper un puente. La naturaleza es la rebelde y el humano debe copiar esa rebeldía; sepamos que nada es eterno, ni para siempre. La primera rebeldía es cambiar nuestra mirada, producir nuestro alimento, cambiar nuestra relación con la naturaleza y aprender a observarla y copiarla. La naturaleza tiene de su lado el tiempo y debemos aprender de eso.

 

Entrevista: Pamela Neme Scheij. Integrante del equipo coordinador de El Tresdé, licenciada y profesora de Letras, docente, poeta, madre, compañera y feminista.

Fotografías: archivo de Adriana Celli.

 

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