#PerdiendoAmigos – Katana

Después de algunos meses de salir con un fulano, todo culmina con una llamada muy tarde en la noche “me caes re bien, pero sos muy intensa“. La verdad es que no hay una respuesta no intensa a ese argumento, más que cuatro horas de llanto desconsolado. Pienso: ¿Soy intensa? ¿Dónde guardo esto? ¿Cómo hago para desintensificarme?… Pero el fulano arremete “capaz tenés que estar tranqui, tomarte las cosas con calma“. Como si fuera una pastillita sublingual, te sedan y quedás como agua de estanque. Quieta. Callada. Amable, como una dama.

La cabeza lucha de manera heroica contra la pelusa de pavada que acaba de escuchar y empieza a unir patrones, ahí viene otro pedido de CALMA… y ahí, ahí va otro: del verdulero, tu viejo, el amigo del fulano, tu padrino, el amigo de tu amigo, todos parecen salidos de alguna clase magistral de El arte de vivir y te piden que mantengas la CALMA. Me pregunto entonces en dónde demonios vivo que todos son Gandhi ahora. Me sacudo las lágrimas y trato de salirme del centro de este enrosque.

Doy sesenta mil pasos atrás y me aventuro a conjeturar que este “ser mujer” que me proponen es como estar destinada a ir en busca de la paz interior (y exterior claro). En criollo: que te calmes. Los motivos son múltiples y todos parecieran tener algo que ver con una cuestión más compleja, pero justo cuando pareciera tener sentido, el hilo se corta. Reviso los alegatos más comunes: “¿te indispusiste? ¿te está por venir?”, “¡sos taaannn sensible!”, “¡no tenés humor!”, “¡no es para tanto!”, “¡no tenés argumentos suficientes para discutir y te la pasás gritando!”, “¡te falta un macho!”, “estás  exagerando” o “tenés ganas de llamar la atención, ¿no?”… Todos asombrosamente llevan a un consejo que solo los que lo pronuncian piensan que tienen efecto: “¡CALMATE, NEGRI!”.

Por las dudas, te mandan el cepo y piden paz, amor y, ante todo, feminidad suavecita y madura. Que no grite, que evite la intensidad y, válgame Dios, que no diga lo que piense (sí, ellos creen en Dios). Sin dudas, las batallas reales de “ser mujer” no están en esta estupidez que hoy relato, soy plenamente consciente de eso, pero sí radican en cómo llevamos adelante la resistencia a las mismas. Las reglas son diferentes para hombres y mujeres, y acá no estoy revelando nada (prometo solo referirme desde este binarismo en esta ocasión, por cuestiones de simplificación teórica; digo, nunca una persona trans me pidió que me calmara, así que a cada cual lo que le corresponde), pero la situación se pone cada vez más empinada cuando todo tiene que ser desde el “amor romántico heteropatrialcal”.

A ver, todo fabuloso con el amor, sus medios y sus alcances, pero necesariamente hay cosas que se dicen por su nombre y se cortan con una Katana de 90 cm de largo. ¿O acaso pretenden que cortemos con un Tramontina, un perfil de hierro? Me comunican por cucaracha que sí, que ahí estaría la jodita.

Qué goce deben sentir estos consejeros tan elevados al ver a estas “señoritas modelos de todo lo que está bien”, abordar al mundo que se empeñan en sostener: “permiso vengo a reclamar lo que es nuestro”, “oh, pero por supuesto que NO, retiraos”, “Ah, muy bien, iré a meditar sobre esto y volveré otro día”. Todo muy parsimonioso pero, a veces, y cada vez más a menudo, hay que reventar a patadas los lugares comunes, sin amor, bien fuerte y con la mejor cara de pocxs amigxs que tengamos. Podría, ya que estamos, citar a Malena Pichot con el “enojate hermana“, frase que utiliza para enmarcar su perspectiva de protesta, pero ni siquiera es eso lo que debería estar en juego. ¿Por qué debería importar el modo en el que digo que hay mujeres que se mueren cada cinco minutos por violencia machista? ¿Dejan de morir si lo digo bajito? ¿Dejan de morir si lo digo pidiendo la palabra? Sin lugar a dudas, ahí radica el problema, donde el contenido poco importa (porque no conviene) y las formas de la “doncella del castillo” deben ser todo.

Las mujeres siempre estamos en la lucha, porque la lucha es lo que se empeñan en estigmatizar y no la furia de lo que nos hace colocarnos en estas circunstancia. No hay amor en el atropello, no hay amor en la respuesta. No hay amor en la muerte, tampoco hay amor en la supervivencia. No hay amor. Solo hay lo que quedó de tantos años de pelear con lo que se tenía. Hoy solo queda lo que nos dejaron y no es lindo ni suavecito.

De esta situación con la que comencé este texto han pasado unos años ya. Me he dado cuenta de que gran parte de mi vida la he atravesando en un viaje farmacológico de terapias pseudo-psicopateras, en donde cada calmate era un droga que me metían por la boca a la fuerza para que le devolviera al otro sus privilegios, para que otros pudieran digerir mejor la patraña que es vivir siendo la mujer que se construye desde esa violencia de ser lo que se le pide.

Yo, a esta altura, me hago cargo todos los días de lo que no tengo, no voy a tener y, seguramente, sufra. Ahora, les toca a uds, fulanos orondos de las buenas formas, aprender a metabolizar lo que los rodea, lo que deben dejar ir y la triste realidad que condiciona la vida de muchxs que no tienen ni la posibilidad de “tomárselo con calma”, como ustedes piden.

Gracias por sus consejos, pero tengo que ir, junto a mis hermanxs, a desbaratar algunos problemitas heteronormativos con esta boca que me fue dada, que tiene la hermosa facultad de poder sonreír y al mismo tiempo mostrar los dientes, ambas capacidades igual de potentes e igual de transformadoras. Si no les gusta, los entiendo, pero no se preocupen. Cuando les suceda solo un 2% de lo que atravesamos, estaré gritando al lado suyo, con y para ustedes, con toda la rabia y la indignación que hoy tanto quieren erradicar.

 

Texto e imagen: Leila Fernanda Tanuz. Es Diseñadora de indumentaria, docente e investigadora de FADU, UBA, tejedora en Il Porco Tejidos, constructora de imágenes en Casa Prensil, feliz, verborrágica y desobediente.

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