Nuevas masculinidades: enterrar al bufón castigador

“Las armas utilizadas contra nuestro género

son específicas, pero el método también se aplica

contra los hombres. Un buen consumidor

es un consumidor inseguro”. [1]

 

El niño sub 3 recorre tambaleante la plaza soleada, crujen las hojas caídas bajo sus pies, trepa, baja, se arrepiente y vuelve a trepar. Lo hace suavemente,  a un ritmo acompasado. No busca la mirada de los adultos que lo acompañaron hasta allí, solo anda y explora. Ellos son dos varones que le proponen subir aquí o allá a distintos juegos. Esos adultos parecen su abuelo y su tío, por las edades, el modo de vincularse, sus comentarios que me llegan con el viento de la tarde. Cuando el niño se resiste a la iniciativa adulta, buscan una explicación, una excusa, con una sonrisa burlona se autodefienden y atacan: “es medio maricón éste”. Y a mí, ante ese gesto verbal, ante esa complicidad machista vacía, se me enciende la alarma, miro el rostro tan pequeño, pienso en qué parte calarán esas palabras dichas a su lado, como si él no estuviese ahí. Cuánto se le pegoteará la piel al pequeñito con el estigma y el mandato. Hasta qué momento de nuestra vida llegan esos comentarios “al pasar”, sin una escupida de preguntas que los desmembre.

¿Cómo educamos en la escuela y en la casa, en la plaza y en cada rincón de cruce adultxs-niñxs? ¿Qué nos cuestionábamos, qué cuestionamos ahora? El patriarcado no es un invento feminista de ninguna de las olas, el patriarcado es el sistema cultural en que nos criaron y criamos, que obviamos e incorporamos, o que con esfuerzo cuestionamos e intentamos transformar. El patriarcado no es un problema de las minas, es nuestro, pero también de quienes se asumen varones o se identifican con cualquier disidencia posible a la binariedad de los géneros y las orientaciones sexuales hegemónicas. Entonces, si las dagas del patriarcado nos son clavadas cotidianamente a todxs, de diferentes maneras, pero sin excepción, ¿no deberíamos todxs hacernos cargo de la injusticia y batallarla juntxs? Es una pregunta retórica e ideal la mía, pero nos esperanza para avanzar aquí sobre el real estado de cosas.

Virgine Despentes, en la cita que oficia de epígrafe a este texto, introduce la categoría de “consumidor” bueno e inseguro, propicio y efectivo para el capitalismo que resulta ser la otra mitad de la cara patriarcal. El sistema cultural y político, de relaciones y de producción y consumo nos oprime a todxs, pero multiplicadamente a las mujeres y las disidencias, ¿por qué? Porque el hombre, plagado de privilegios de diversa escala, es el sometido con cargo de bufón castigador que, con inconsciencia de su rol de género o con disfrute de su poder prestado, oprime al resto de la humanidad que hace de base emocional, productiva y cuidadora de la pirámide machista del capital. Los hombres, según esta categoría referida, son funcionales al capitalismo patriarcal porque son inseguros, pero no para hacer uso de su poder de machos, además de clase y racial, sino que son inseguros, porque detrás de su ejercicio del poder hay hilos que los sostienen y que suelen no querer o no poder ver, es decir, que no son libres, son reproductores del libreto viril impuesto.

Y eso es lo que el feminismo, nuevamente, les escribe en las pancartas: “muerte al macho” como metáfora de “muerte al bufón castigador”, “muerte al oprimido que oprime”, “muchachos, reacción”; necesitamos que todxs, pero especialmente los hombres envestidos de micropoderes que ejercen en todos los ámbitos para oprimir y jactarse de su lugar en el mundo, se dejen permear por las preguntas que el feminismo formula, se dejen de hablar y escuchen, se dejen de medir y reubiquen su virilidad. Y no hablo de la reacción que sí estamos recibiendo con una obscenidad inimaginable. Luciana Peker, en su reciente libro Putita golosa, cita a Mariana Alcaraz  que afirma: “Estamos en la revolución de las mujeres, pero así como nosotras liberamos potencias, hay un reordenamiento de los roles de género. Y hay una crisis de las masculinidades (…) Hay masculinidades que se repiensan pero otras se vuelven más agresivas. Y en ese proceso hay una nueva forma de disciplinarnos, una nueva forma de marcarnos cuándo, cómo, de qué manera desear. Hay un neomachismo, un neo patriarcado que busca restablecer esos mandatos sociales de pasividad social que se espera de nosotras. Entre las pibas cuya autonomía pasa por el deseo, por disfrutar de sus propios cuerpos y estas masculinidades que no se repiensan, está la violencia machista en forma de venganza y ahí aparecen la violación cruenta y el femicidio con femicidios cada vez más crueles”. [2]

Todo proceso revolucionario implica cuestionamientos, reacciones hacia la conciencia y la transformación, que es hacia donde apuntamos como feministas, o reacciones hacia la trinchera más rancia para conservar privilegios individuales y de clan. En el caso de las mujeres y las disidencias, en este proceso revolucionario, se nos está jugando la vida, con toda la literalidad que es posible. Nos matan, nos violan, nos acusan hasta de existir. Nos dicen que no podemos hacer nada de lo que proclamamos porque debemos depender del Estado, del Mercado, del Macho, de los Mandatos de feminidad, maternidad, complicidad. Y no, no, no. Eso afirmamos en los grupos, en las calles, eso intentamos que llegue a cada persona para que despertemos de una vez y seamos menos sumisxs todxs; no alcanza con un feminismo de chicas para chicas, el feminismo debe ser considerado y apropiado por todxs para cambiar esta sociedad de hundimiento, hostilidad y matanza. Porque el feminismo no es competencia, sino cooperación; porque el feminismo es igualdad de derechos y comunidad, no egoísmo, ni estratificación, ni individualismo; porque el feminismo es la mano que nos puede sacar de esta decadencia existencial de la sociedad posmoderna.

En otro sentido también, en este proceso revolucionario, se nos juega la vida: podemos realmente hacer añicos la lógica del consumidor inseguro, podemos lograr una nueva realidad donde no nos pretendan aplastar la cabeza, ni dejemos que lo intenten, ni nadie, sea cual sea su identidad de género y  su orientación sexual, se crea con poder de someter, ni con margen para ser sometidx. Esto no es una ilusión, esto es el fundamento de una revolución en marcha, que se prevee larga y cruenta, porque no es el machismo aisladito, es el sistema capitalista y patriarcal en su totalidad y complejidad, como ya dijimos, es una sola cabeza con dos mitades de cara: capitalismo y patriarcado. Se bombardea todo o nada. No puede haber feminismo liberal, ni socialismo machista. Como enuncia Virgine Despentes: “el capitalismo es una religión igualitarista, puesto que nos somete a todos y nos lleva  a todos a sentirnos atrapados, como lo están todas las mujeres”. [3] Feminismo libertario para todes o nuevo socialismo feminista pueden ser justas medidas, entonces. Estamos explorando, necesitamos más deseos reunidos en esta misión tan colosal.

Ahora bien, ¿cuál es la dinámica por la cual el feminismo como óptica, arma, estilo de vida, bandera de batalla, columna vertebral nos llega a las mujeres y a las disidencias? La dinámica del posible amanecer tras todas las tormentas individuales y comunes. La dinámica de la sororidad. La dinámica de ver a otrxs y sentir la misma injusticia, la llaga abierta, la urgencia de comunidad. La dinámica del rescate y la organización horizontal. ¿Y cuál es la dinámica por la cual el feminismo toca la puerta de los varones, de su virilidad, de su sostenimiento de privilegios? Todas las que surjan para sacudir esas cabezas chipeadas, tanto como las nuestras, pero que están recostadas sobre  la comodidad de sus micropoderes y escondidas en la vergüenza de andar siendo quien no siempre se es. “A los chicos (…) les enseñan el mismo manual de masculinidad (…) a ellos no se les enseña que también pueden pedir, fallar, experimentar, explorarse, dar y recibir placer, sino que se cachetea su masculinidad en una sexualidad erecta y sin grietas.” [4] ¿El escrache? ¿El aislamiento? ¿La denuncia? Todo eso, que es parte de un proceso, y todo lo que necesitemos mientras y luego para que los varones reaccionen respecto a las violencias y desigualdades que ejercen y perpetúan, de las cuales son cómplices directos o por omisión; pero también todo aquello que deviene con la reflexión conjunta y la humildad nueva, para construir otras lógicas, lógicas feministas (no femeninas), oír y ser oídxs, bajar la guardia para aprender en los ámbitos más asamblearios y subir la guardia para enfrentar a quienes quieran descabezar nuestro cuerpo y nuestra libertad.

Eleonor Faur, en su texto “Del escrache a la pedagogía del deseo”, cuenta la experiencia de lxs jóvenes de los emblemáticos colegios Nacional Buenos Aires y Carlos Pellegrini, quienes fueron haciéndose cargo de su época y replicando los cuestionamientos del feminismo dentro de las aulas, los pasillos, las redes. En ese vendaval, las chicas se organizaron, los pibes que se comportaban como sanos hijos del patriarcado fueron escrachados y, según cuenta la autora y sus entrevistadxs, en general, lxs adultxs docentes y directivxs se metieron debajo de la alfombra. En estos años y con un pico de acción en 2018, en esos espacios se pudo ir logrando un proceso transformador, que claramente no debe haber aún incluidx a todxs, ni haber liberadx a muchxs de las cadenas machistas, pero sí que permitió poner sobre la mesa la urgencia de cooperar y la obviedad de que el feminismo no es para la mujeres, contra los varones, ni contra nadie, sino a favor de todxs, en tanto se configuren y asuman nuevas prácticas de vinculación. Así la autora cuenta: “Las chicas pidieron a los varones que leyeran los testimonios [de las compañeras que se sintieron abusadas y violentadas] para observar con qué frase, con qué situación podían identificar algún comportamiento [machista, abusivo, etc.] propio” [5], por ejemplo. Es decir, donde caló la denuncia, el escrache, la reacción defensiva de las chicas, hubo dos caminos: o que los varones las tilden de basura y hasta se cambien de colegio (una leve y mínima reacción frente a la violencia machista referida antes con la cita de Alcaraz), o que, por fin, otros varones asumieran lo no visto, lo ejecutado con la vestimenta de la masculinidad patriarcal y capitalista, lo que hicieron con las pibas como “buenos consumidores” y se dieran cuenta de que, en realidad, eran “consumidores inseguros”, haciendo sin conciencia ni preguntas lo que esta cultura les había enseñado que debían hacer para llevar su nombre.

El hombre viejo, la mujer nueva

“Las mujeres hicieron una revolución durante el Siglo XX y el Siglo XXI. Los varones no. El hombre nuevo no fue nuevo. Las conquistas políticas y las revoluciones quedaron truncas, resisten lo mejor que pueden, perdieron por votos, se volvieron conservadoras o se renuevan” [6]. ¿Qué herramientas y experiencias podemos tomar de los procesos revolucionarios del siglo XX, por ejemplo? Ese hombre nuevo del que tanto hablaba el Che, ¿cómo se vuelve feminista? Sus características deben actualizarse, mixturarse, cuestionarse, reinventarse. La mujer nueva es el estandarte comunitario, sororo, de construcción de poder popular y horizontal que debemos aprender a tragar y que se haga tripa en cada cuerpo, que es el individual y también el cuerpo social. La mujer nueva no puede ser racista, ni capitalista, ni excluyente de cualquier disidencia de la índole que sea, en tanto la libertad y el crecimiento comunitario prevalezca. No queremos margen para machos disfrazados de cabritos, en eso sí debemos ser rudas y firmes; ustedes también, muchachos, sean rudos y firmes con los cabritos mentirosos. Seámoslo con quienes quieran arrebatarnos derechos y quienes quieran envenenar nuestro alimento. Hagamos la guerra de guerrillas a quienes nos usurpan las infancias libres, la vejez digna, la maternidad deseada y deseante, las relaciones de amor libre en todas las direcciones y planos imaginables. Hagamos la guerra de guerrillas feminista, que es como decir, la guerra de guerrillas de todos los sueños de libertad colectiva enraizados en la construcción popular de poder comunitario e internacionalista. El feminismo no es un pedazo de lucha, un trozo de mundo, es así de amplio para que proyectemos y ejecutemos una sociedad nueva en todos sus aspectos. Y para eso necesitamos nuevas crianzas, nuevas maneras de vincularnos y no sólo pibas marchando en las calles, sino un trabajo cotidiano de cuestionamientos mutuos y desarticulación de los discursos y las acciones, sin timidez y sin violencia; pero con resguardo, sí, con organización y cuidados, porque el proceso es y será duro, reaccionarán, nos querrán seguir callando y matando.

Xaternidad por el feminismo del deseo

“La mirada del padre sobre el niño constituye una revolución en potencia. Los padres pueden hacer saber a sus hijas que ellas tienen una existencia propia, fuera del mercado de la seducción, que poseen fuerza física, espíritu emprendedor e independiente, y pueden valorarlas por esta fuerza sin miedo a un castigo inmanente. Pueden hacer saber a sus hijos que la tradición machista es una trampa. Una restricción severa de las emociones al servicio del ejército y del Estado [agregaríamos del “Mercado”]. Porque la virilidad tradicional es una maquinaria tan mutiladora como lo es la asignación a la feminidad. ¿Qué es lo que exige ser un hombre, un hombre de verdad? Reprimir sus emociones. Acallar su sensibilidad. Avergonzarse de su delicadeza, de su vulnerabilidad. Abandonar la infancia brutal y definitivamente (…)”. [7] Las revoluciones deben filtrarse en todos los procesos y espacios para cambiar de cuajo el estado anterior de cosas, porque como muy bien dijeron las feministas de los años ´60, “lo personal es político”: el nacimiento, la crianza, las relaciones, la educación, la alimentación, el consumo en general, la producción, el disfrute, las relaciones de trabajo y sus condiciones, la vejez, la muerte, nuestra vinculación con la naturaleza, todo todo todo es político y debe ser parte de cualquier revolución, especialmente, la feminista.

Entonces, bajo esa concepción, no podemos obviar las pujas de poder, los castigos y las celebraciones que implican la xaternidad deseante o la xaternidad impuesta socialmente, la crianza amorosa y respetuosa o las cohersiones del Estado y el Mercado para entregarles en sacrificio a lxs hijxs que acompañamos. Y aquí es donde la cita última de Virgine Despentes me parece fundamental, para preguntarnos: ¿qué hacemos lxs adultxs frente a lxs niñxs en crecimiento y formación de su subjetividad? ¿Cómo lxs tratamos? ¿No hablaremos demasiado, no estaremos respondiendo demasiado rápidamente y habitando casi nada las preguntas? De las preguntas es que surge la rebelión. ¿Por qué no cuidamos a lxs hijxs soltando las riendas que nos enseñaron a sostener creyendo que decidimos, mientras otrxs nos gobiernan autoritariamente? ¿Por qué no nos hacemos cargo de nuestras contradicciones y cooperamos para que nuestra pareja, el padre o madre de lxs hjxs que criamos se pregunte y se haga cargo? El feminismo también es la Educación Sexual Integral en las aulas y en las casas, en los clubes y en las plazas. No es una teorización, es fundamentalmente un llamado a habitar las preguntas y una puesta en práctica al educar a lxs niñxs, en cada circunstancia de la vida; por ejemplo, en aceptar la libertad de elección del niño del relato inicial de este texto, que no quería subir a los juegos indicados por los adultos acompañantes, sin excusar su desobediencia y menos en hacerlo bajo el mandato de la virilidad patriarcal, ni la sexualidad binaria obligatoria.

Tenemos mucho, muchísimo que aprender las feministas para compartir con el mundo que se vaya construyendo feminista de a poco, para saber cómo llegar a quienes no se anoticiaron aún; queremos apostar a un mundo de compañeros que vivan y trabajen de una nueva manera, acorralando y enseñando al macho pregonero del capital y el patriarcado, hasta que desaparezca. Tenemos que arrancar por alguna parte y quienes estamos con niñxs, a través del rol que sea que asumamos frente a ellxs, debemos sin más concesiones, dejar de hacernos lxs desentendidxs y cuestionarnos, ayudar a otrxs a cuestionarse y revertir nuestras palabras y acciones, para que la revolución feminista, que es libertad y justicia social, no sea una tarea de algunas mujeres, sino de todas las personas. Porque es acá y ahora nuestra lucha, que poco a poco debe ser la de todxs, si realmente  queremos dejar de comportarnos como autómatas y estar vivxs.

 

Notas 

[1] Virgine Despentes, Teoría King Kong, traducción Beatriz Preciado, Editorial Melusina, 2007 (p.21).

[2] Luciana Peker, Putita Golosa Por un feminismo del goce, Editorial Galerna, 2018 (p. 165 versión pdf).

[3] Virgine Despentes, Teoría King Kong, traducción Beatriz Preciado, Editorial Melusina, 2007 (p. 26).

[4] Luciana Peker, Putita Golosa Por un feminismo del goce, Editorial Galerna, 2018 (p. 160 versión pdf).

[5] Eleonor Faur, “Del escrache a la pedagogía del deseo”, Revista Anfibia, 2019.

[6] Luciana Peker, Putita Golosa Por un feminismo del goce, Editorial Galerna, 2018 (p. 155 versión pdf).

[7] Virgine Despentes, Teoría King Kong, traducción Beatriz Preciado, Editorial Melusina, 2007 (p.25).

Texto: Pamela Neme Scheij. Integrante del equipo coordinador de El Tresdé, licenciada y profesora de Letras, docente, poeta, madre, compañera y feminista.

Fotografía: Ramiro Montaos. Fotógrafo autodidacta. Amante de la naturaleza, a la cual intenta captar en sus más pequeñas dimensiones. Curioso por los rostros que se eternizan en sus retratos.

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