#PerdiendoAmigos – Abrecomillas, cierracomillas

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Con el tiempo y supongo que también con la edad, se me fue haciendo muy placentero escuchar sobre filosofía o lo que he dado en llamar “lo Seinfeld académico de la vida“, en donde las pequeñeces que están sentadas tranquilas en su cotidianidad se ven perturbadas por cuestionamientos impensados, solo para darle vida o sacudir lo automático de la repetición diaria.

Así, una tarde decidí que Heidegger y Derrida se sentarían conmigo a merendar. Fuimos y vinimos entre marañas de conceptos, a veces muy grandes para agarrar con mis manos tejedoras, pero puedo decir que logré, a pesar de la total confusión, avanzar sobre ellos hasta su conclusión.

Una vez atravesada la batalla de consideraciones y abordajes filosóficos, solo me quedaron rebotando unas palabras que pintaron de cuerpo entero los actos más perversos y mejor digeridos de la historia, algo así como: “nadie puede matar a un otro con rostro”. Estas fueron escritas por Emmanuel Lévinas, filósofo ruso del siglo XX, en su libro Ética e infinito, donde juega con las responsabilidades que se tienen con la sola percepción, interés o desinterés en el “otro”, con sus características y con la calidad humana de los vínculos. Luego, le siguieron una serie de ejemplos muy claros, pero un tanto facilistas y genéricos para mi gusto, como: “se mata un mosquito, no a un caballo, sin que caiga el juicio ético moral sobre quien lo haga”, (me voy a asegurar de mantener esta palabrita bien sujeta a esas comillas, no vaya a ser que alguien la lea de corrido y se vea engañado por la simplicidad envenenada de su hechizo). Sabiendo que, en algún punto, este ejemplo ofrecido lleva una libreta bastante frondosa de excepciones, donde hay gente que tortura animales por comercio, juego clandestino o solo porque considera que lo puede hacer sin siquiera perturbar al remordimiento, mejor avancemos, no es algo de lo que siquiera pueda pensar ahora.

Entonces, por mucho que intenté reincorporarme a las esquinas asiduas de mi vida, como hacerme una tostada, revisar por quinta vez el celular o volver a poner la pava, no pude evitar el impulso de sacar mis pinzas maleducadas del tema. Automáticamente, me cuestioné al otrx, al que no es yo, pero que al menos menciono y que, por ende, tal vez, pueda reconocer o adjudicar una “cara” rara, distinta a la mía, aunque metabolizable cara al fin.

El problema está con aquellxs que no pueden ser nombradxs, literalmente no son registradxs, lxs que no entran en el vocabulario, porque no se “ajustan” a lo que “nuestros parámetros” dictaminan o porque, simplemente, no cumplen (como si se tratara del compromiso de obediencia y lealtad que se contrae al nacer, teniendo que llevarlo a cabo cual promesa adolescente de ser amigos para siempre) con este sistema discursivo que no nos quiere, que nos exige más de lo que nos da y que nos niega la individualidad. ¡Caramba, en qué negocio nos metimos!

Bien (bueno, bien no, bastante mal de hecho, pero permítanme tomarme licencias lingüísticas sin caer en literalidades): ¿qué pasa por fuera de quienes poseen un rostro, pero no llegan a la categoría de unx “otrx”? Aquellxs que son la tapa del diario Crónica que son sólo evidencias fotográficas de corporalidades que “estaban en el lugar incorrecto haciendo, seguramente, algo incorrecto”, esa innombrada masa de otrosNOotros que no entran en este cajón, tampoco en el de más allá, que no se usa tanto, ni siquiera en ese estante al cual nunca se llega. 

Aparentemente, ellxs son jurisdicción de jaulas lingüísticas, como “quienes gustan de la vida fácil”, “las putas esas” o, incluso, los tristemente célebres “esos enfermos“, pero no alcanzan a ser distintxs a unx, consideradxs, repensadxs: quedan muy por fuera de los márgenes, siempre a las espaldas de los que miran y enuncian.

Repregunto entonces: ¿qué pasa con todxs aquellxs a lxs que la vida les mando el telegrama de despido, gracias a la ola de gente con rostro definido, por supuesto, que considera que las malas decisiones de lxs primerxs, colocan a todxs en un conveniente casillero de marginal invisibilización? ¿Cómo la sociedad se ha tomado tanto tiempo en acondicionar estos casillero innombrables, donde no importa cuáles sean los deseos, fortalezas, capacidades, sin siquiera considerarlos “alguien”, un otroEstos espacios son también mecanismos de acción, que a veces constan de no permitir a travestis ser tratados en un hospital o ni siquiera ser nombradxs de la manera en que desean serlo; y en otras ocasiones, en bajar la edad de imputabilidad a 14 años. Los disfraces son variados y nunca ceden en su empecinamiento. Los malos siempre serán las minorías invisibles, los buenos, la mayoría que acata.

Se ha decidido… ¿Quién? ¿Dónde? ¿Por qué? Cuidado: no nos apresuremos a señalar sólo al maldito capitalismo o a la obstinada heteronorma, podríamos sorprendernos de no tener que culpar a grandes conceptualidades, tan arriba ni tan lejos. Con una rápida miradita hacia el interior de nuestra sociedad, nos daremos cuenta que esos monstruos no actúan como una nube negra de ciencia ficción que viene a desbaratar nuestras vidas: somos nosotrxs mismxs lxs que ejecutamos lo decidido todos los días de manera incuestionable. Recapitulo: se ha decidido que no importa que los ojos de lxs “sin rostro” estén abiertos y alerta para llegar a quienes les bajan la mirada, ni que sus bocas quieran explicar lo mínimo, lo básico. Nada se sabe de lo que sus oídos guardan como ecos; ojalá los mocos de llanto pudieran decir más de lo que los diarios mencionan cuando aparecen en las tapas. Pero no, ya esta todo listo para mandarlxs lejos al país de “sin nombre-sin cara” y dejarlos allí morir (material y discursivamente), como si la responsabilidad fuera de alguien más, de esa “nube negra”… o del vecino, de la inflación, pero nunca nuestra.

Supongo que habré faltado a alguna clase de biología-historia-cívica, donde explicaban que en la raza humana hay un grupito de seres cuyos derechos se estacionan justo al lado de los mosquitos, sobre el que se depositan la molestia, el disgusto y su ausencia de “rostro”, permitiendo que su muerte alivie a todos los abrecomillas normales cierracomillas, para nunca hacerse una pregunta, esa que tampoco está en el libro de respuestas.

Texto e imagen: Leila Fernanda Tanuz. Es Diseñadora de indumentaria, docente e investigadora de FADU, UBA, tejedora en Il Porco Tejidos, constructora de imágenes en Casa Prensil, feliz, verborrágica y desobediente.

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