La saga de la raza

En el año 1444, el continente africano sufre un ataque que lo convierte en el proveedor a la fuerza de mano de obra esclavizada que, un tiempo después, serviría a la construcción del Nuevo Mundo. Ese año, Portugal envía a Lançarote Bessanha a la Isla Arguim, Mauritania y de allí extrae, cazados, a treinta y cinco hombres libres, condenándolos, sin culpa o juicio, a la esclavitud perpetua.

Con este acto, son alejados de su querida Naturaleza, a la que se integraban con perfección, con armonía y respeto; también, son separados de la vida misma, no respetada por los portugueses, pues les arrancan toda y cualquier referencia, además de la individualidad y la dignidad.

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Archivo de la esclavitud – ONU

Los secuestradores trasladan a las personas cazadas, ya esclavizadas, a Lagos, en Algarve, sur de Portugal, donde se entregan cuarenta y siete de ellas al fervoroso católico Infante D. Henrique, el Navegador, a modo de tributo, pues los terceros que, bajo su protección, conseguían un botín de ataque o guerra, debían pagarle una alícuota de 20% (o un quinto) a Portugal.

Los pequeños ataques, persistentes como mosquitos, no siempre esporádicos, siguen por diez años; entonces el Papa, desde lo alto de las Sandalias Pedro, que piensa suyas, cubierto por el manto de la omnipotencia que, cree, Dios le confiere, confirma y aprueba este acto y, como representante de Dios en la Tierra, edita la bula que le concede a Infante (que se encubre bajo el manto de Cristo, de quien imita sus dolores con el uso del cilicio envuelto en su vientre y muslos) el derecho de posesión y propiedad sobre todas las tierras y pueblos nuevos hasta donde sea posible llegar. De esta manera, dueño de la Tierra, le regala África al piadoso Infante, cuando aún no se había descubierto el Nuevo Mundo.

A partir de entonces, le resta dominar África, que empieza a reflejar el lamento de la imposición de la ley del látigo. El látigo es el único pago entregado por la copiosa y fuerte mano de obra que África, herida, produce y dispone; África, tan grande, recibe una herida que no produce alerta. No hay reacción.

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Divulgación – Unesco

En esta época, se descubre América: Portugal llega a las tierras fértiles de Brasil. Fértiles, si alguien las planta. ¿Quién las plantará? Los portugueses claro que no. Portugal no disponía de mano de obra, pues había pasado por diversas y continuas pestes y demás desgracias: su débil población de jóvenes, si no se embarca en la aventura de las Grandes Navegaciones, queda a merced de la peste, entre otras miserias del mundo viejo.

Por lo tanto, ¿Quién plantará? La mano de obra fuerte y abundante que África produce: claro, solo hay que secuestrarlos y fustigarlos, no cuesta nada mantenerlos. De esta manera, antes de llegar a los cien años de la primera cosecha, ¡los esclavos ya representan el diez por ciento de la población de Lisboa!

África, nuevamente, no reacciona: tal vez la intención era auxiliar a Portugal, país moribundo, con un poco de lo mucho que produce; quién sabe Portugal, ahora dueño de tierras fértiles y abundantes, luego se acostumbre al trabajo y admire a quienes la trabajan, dejando de cosechar a los hijos de África, que son inmigrantes involuntarios, pero que cargan su cultura, escondida en su religiosidad. Quién sabe África, gratuitamente, logre enseñarle a los portugueses el placer por la naturaleza, donde viven los orixás.

La generosa África no sabe que otros pueblos, hermanos de Portugal, ahora quieren tomar sus plantaciones, donde cosechar sus propios fuertes negros, con el único  pago del golpe del látigo; hermanos que, de inmediato, empiezan a cosechar su parte y, juntos, retiran a diez millones de negros de las mismas fuentes.

Sin embargo, los negros trasplantados no comparten las ilusiones de su Madre del otro lado del océano, no son felices: ¡Ni bien comienza la esclavitud brasileña, se escapan y fundan Palmares (pequeña África del Nordeste de Brasil) que durará casi cien años!

¿Acaso no están allí repitiendo su organización y su amor a la tierra, llevando la educación a los portugueses sobre lo que la Madre África les enseñó? Al final, saben, basta el amor a la Naturaleza, ¡Ella nos dará de todo!

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Vasco da Gama en 1498 – Wikipedia

Sin embargo, no: para el colonizador, mejor la esclavitud, mejor el salario de violencia y muerte. Sí, los negros son sumisos, si se escapan, los matan o los reemplazan por otros negros que África produce copiosamente: ¿Para qué hacerlo de otra manera?

Del otro lado del Atlántico, la herida de 1444 aumenta: África, agredida, invadida, debilitada, ya no logra defenderse. Una enfermedad la invade, el gusano de la esclavitud le consume las entrañas, roe desde el Atlántico, deja marcas en su cuerpo, donde se levantan las fortalezas para la exportación de personas esclavizadas.

La cultura local se ve degradada; la sociedad está en guerra. Mientras tanto, en el otro margen del océano, que se acaba de descubrir, se forma la sociedad de los parias: leer, escribir, practicar religión está prohibido.

La religión africana es su cultura y se practica a las escondidas, en los ropajes de los santos de la religión oficial. Allí pervive, disfrazada, escondida; más fuerte, actuante, sin permitir el olvido de su origen: África.

Pasan los siglos, se crean quilombos; la resistencia aumenta, el inconformismo recorre las venas de la sociedad y de la política brasileña, que anhela emanciparse del dominio europeo.

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1822: libre de Portugal, Brasil ve que su nueva configuración política depende del reconocimiento de Inglaterra. Este país, mayor potencia económica y política de la época, exige que Brasil cierre la cosecha desenfrenada de africanos, lo que se obtiene con la promesa de extinción del tráfico, en 1830.

El Acuerdo es inevitable, pero nada sale del papel: el tráfico sigue firme y fuerte durante veinte años más y llega hasta 1850. Treinta y cinco años después, las potencias europeas se reparten África: “Si el tráfico es un delito, y no es posible traer esclavos, que sean esclavos allí mismo”, deciden los europeos… y la herida, abierta en 1444, corroe continuamente el resto del continente; esa herida aún no se ha cicatrizado.

Finales del siglo XIX. Brasil, último país americano en sostener una sociedad esclavista, dos veces promulga leyes que prometen el fin de la esclavitud: Vientre Libre y Sexagenarios, que de nada sirvieron; pues la esclavitud sigue su curso.

Sin embargo, a los negros brasileños ahora tan solo les interesa la libertad: Francisco José de Nascimiento, negro pobre, navegante, lidera el boicot al puerto de Ceará que, por fin, se ve obligado a abolir la esclavitud: el 25 de marzo de 1884 se da inicio al proceso emancipatorio.

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Foto: Secretaría de Políticas de Promoción de la Igualdad Racial

Cuatro años después, en 1888, se establece la Ley Áurea; se termina la esclavitud legal y se inicia la esclavitud social: negros con la dignidad robada, que aprendieron a ver, en su religión, depósito de cultura, la infamia dañina para el cuerpo y el alma; negros sin referencia y analfabetos; así por fin son liberados y arrojados a una sociedad hostil, sin ninguna ayuda: entonces, repentinamente recuperan la libertad, que los destina al lugar reservado para la escoria de la sociedad.

El mismo año, con tantos negros libres y sin trabajo fijo, frente al gran volumen de la inmigración extranjera, que lo reemplaza como mano de obra, la Ley del Vagabundo permite que la policía detenga a cualquier negro que no compruebe estar trabajando.

Pasan cien años: en Brasil, se extingue la esclavitud física, pero se implanta la exclusión de la negritud; las ciudades se forman alrededor de las casas urbanas de los señores esclavistas, los esclavos van a la periferia, donde hasta hoy se amontonan.

Si la educación, de origen jesuita, en sus comienzos no era para los esclavos, hoy la pobreza repite la misma exclusión; si el ascenso social, al principio, era imposible, por el hecho de haber sido cosechados e importados con el fin único de convertirse en parias, hoy ocurre algo similar con los descendientes de los parias económico-sociales.

Mientras tanto, África, aún enferma, se debilita: allí todavía están las heridas y las secuelas dejadas por más de medio milenio de explotación y cosecha descontrolada. Sin embargo, débil, África logra despertar del letargo impuesto por el látigo del dominador.

También se despierta y convalecen los negros brasileños y los americanos, pero ya sin vergüenza de su color, marca de esclavo que Europa le impuso en la piel. Ya podemos afirmar que el alma del negro es libre, igual que su energía, y que los descendientes de esclavos no buscan separación, integración o reparación, sino, en primer lugar, el reconocimiento de sus derechos.

Esto es así porque, claro, no restan dudas: en toda esta historia, la conciencia negra sigue, siempre, inmaculadamente limpia.

 

Texto original en portugués: Ademir Barros dos Santos. Publicado en Portal Por dentro da África

Traducción al español: Rodrigo Arreyes.

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