Esa zonza igualdad histórica – Las privatizaciones en Argentina

“¿Los argentinos somos zonzos?… Esto es lo que nos faltaba, convencidos como estamos de la “viveza criolla”, que ha dado origen a una copiosa literatura que va de de la sociología y la psicología a las letras de tango” 1

Extrapolar: aplicar un criterio conocido a otros casos similares para extraer conclusiones o hipótesis. ¿Se puede hacer realmente esto en historia? Muchas veces, nos preguntamos en nuestros ámbitos cotidianos (trabajo, escuela, familia, entre otros), si lo que está pasando actualmente en nuestro país ya aconteció en algún momento. Algo así como un deja vú colectivo o social, si se quiere.

Partiremos de la base de que nada en historia es igual; ya que las sociedades son distintas, viven de modos diferentes, piensan y sienten de diversas maneras. O sea, que aplicar este criterio per se aparece como incorrecto.

¿Qué nos hace pensar, entonces, que desde la opinión pública (y ya hablaremos de lo que históricamente significa para los pueblos este concepto), desde la tradición familiar, desde las ideologías dominantes, desde los grandes medios de comunicación se establece esta bajada de línea de pensamiento que nos dice simplemente “todo en la Argentina se repite porque en algún momento ya pasó”? Quizá debiéramos tomarnos de un gran libro de un gran escritor y pensador, Don Arturo Jauretche y sus Zonceras Argentina, porque vale la pena cuestionarse si todo este asunto es, también, una GRAN zoncera que se nos ha ido imponiendo de generación en generación, de boca en boca.

Los artículos que compartiré a partir de éste, el que están leyendo, tratarán humildemente de correr el velo a toda esta cuestión. Y para eso, intentaremos encontrar ejemplos históricos que permitan hacer paralelismos que refuten la llamada, si podemos denominarla así, “igualdad histórica”. Acá nos animamos, valerosamente, con un primer relato.

EL CONTEXTO ARGENTINO DE LAS PRIVATIZACIONES

Desde sus comienzos como Estado-Nación, la República Argentina estuvo en constante relación con el mundo desarrollado. No decimos nada nuevo si resaltamos que, en consonancia con otros países de Latinoamérica (y porque no fuimos, no somos y no seremos nunca una excepción dentro de la región), en la segunda mitad del siglo XIX, se ubicó como exportadora de alimentos y materias primas y recibió, a cambio, productos elaborados. Ése fue el rol que le tocó llevar a cabo. Y como, tardíamente y entrado ya el siglo XX, se industrializó, las empresas de capital extranjero se radicaron en el país al mismo ritmo que la llegada de inmigrantes, el crecimiento demográfico y lo que nos importa en este tema, la capitalización de esas empresas foráneas. Es decir, si existió eso de “Argentina, granero del mundo”, lo fue para los dueños de esas firmas, sus testaferros argentinos y algún que otro más.

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2001 y 2019: una misma cacerola, incontables achaques. Vuelve a sonar en señal de protesta.

Esas firmas fueron privatizadas desde su origen, desde su llegada al país. Podríamos citar varios ejemplos, pero solo nos basta mencionar que, para 1880, seis empresas británicas tenían el monopolio casi exclusivo de los FFCC y que únicamente el “Ferrocarril Central Norte” y el “Ferrocarril del Oeste” eran firmas del Estado argentino. Así las cosas.

Ya bajo el gobierno de Hipólito Yrigoyen, la situación, muy paulatinamente, comenzó a modificarse. La administración del Peludo estuvo signada por mixturas entre la vieja forma de gobernar y lo novedoso, un entrecruzamiento de viejas estrategias con maneras nuevas de llevar adelante políticas. Y ahí entra el tema, nuevamente, que nos ocupa: la industria nacional y las privatizaciones. Éstas, producto de las fósiles políticas, se pusieron en discusión; un claro ejemplo fue la fundación, en 1922, de la primera firma dependiente del Estado argentino para el control y abastecimiento de hidrocarburos, YPF. Si bien se llevó a cabo y formó parte de la historia misma del país durante todo el siglo XX, por esos años fue partícipe de crudos debates llevados adelante en el Congreso Nacional, en donde, una vez más, lxs opositorxs a tal emprendimiento estaban históricamente relacionadxs con firmas extranjeras y privatizadas desde –como ya hicimos mención- los primeros momentos de la organización del Estado nacional.

Luego del primer golpe de Estado sufrido en la Argentina (1930), sobrevino un período conocido por lxs historiadorxs como la Década Infame. Podríamos decir a ciencia cierta que bajo este tiempo de vuelta al fraude y a los negociados de todo tipo, las privatizaciones fueron las estrellas. Pero no. Como resultado de la problemática coyuntura internacional –la gran crisis de la bolsa de Nueva York-, el impacto se sintió en todo el mundo occidental y Argentina no fue la excepción. Por lo tanto, los gobernantes (puestos a dedo) de este tiempo tuvieron que adecuarse, a la fuerza, a los nuevos aires. Fue la época de la llegada del Estado Intervencionista: la ola industrialista y el control del Estado hacen su irrupción en el país. Como el mundo -y sobre todo, Europa-, estaba en crisis, el modelo económico aplicado aquí y llamado agroexportador, tuvo que convivir con el modelo sustitutivo de importaciones: todo lo que no se podía comprar en otro lado, dado que había crisis, debía fabricarse en la Argentina. Las privatizaciones, por ende, quedaron ampliamente relegadas y solo se conservaron las empresas privadas ya residentes de antaño.

Bajo el gobierno del General Juan Domingo Perón, este proceso sustitutivo de importaciones se profundizó. El paradigma pasó a ser la nacionalización de empresas; todo lo contrario a las políticas de origen llevadas adelante en el país. “Ferrocarriles Argentinos”y “Gas del Estado” son algunos modelos que aclaramos para vincular estas otras políticas que tienen que ver con la doctrina peronista, fundamentada en tres puntales: soberanía política, justicia social e independencia económica.

A partir del golpe de Estado de 1955, el rumbo político económico privatizador tomó otros orientes. Desde ese momento y hasta 1983, la presión de la corporación militar en la Argentina fue muy fuerte y decisiva. Bajo el gobierno de Arturo Frondizi, por ejemplo, se auspició el modelo desarrollista y la llegada masiva de empresas multinacionales. En el mandato de Arturo Illia, por el contrario, subsistió con mucho esfuerzo (dada la presión militar) una idea de industria nacional y su defensa.

Es sabido que, en el último y tristemente célebre proceso de organización militar, los gobernantes de facto propinaron profundas políticas liberales privatizadoras. Con el regreso de la democracia, poco pudo implementar Raúl Alfonsín;  tuvo que atender serios problemas internos y un contexto internacional no favorable a su política primitiva, anunciada a viva voz durante su gran campaña electoral. Luego, el presidente Carlos Menem profundizó aún mucho más, con el neoliberalismo noventoso, las políticas privatizadoras. Ya con muchos medios de comunicación a su favor, sus controvertidas relaciones “carnales” con los países poderosos del mundo anunciaban la ola privatizadora: “Nada de lo que deba ser estatal, permanecerá en manos del Estado”, declaraba tempranamente en 1989 su ministro de Obras y Servicios Públicos, Roberto Dromi. Toda una confesión de lo que vendría en la dificultosa década del ´90.

Con la llegada de Néstor Kirchner y luego, Cristina Fernández de Kirchner, las privatizaciones entraron en un beneficioso laberinto sin salida. Atendiendo hasta el hueso –creemos- la cruda situación política, social y económica, lxs dos fomentaron la industria nacional, la ciencia, la educación, la cultura. Se generó, entonces, una sana discusión, en todo ámbito de la sociedad argentina, acerca de cuál era el país que creíamos, que nos merecíamos y que pretendíamos. Esta manera de concretar políticas estuvo acompañada por un envión, poco usual en términos históricos, en buena parte de los países de América Latina. Argentina –como quizá nunca antes- formaba parte de un bloque regional bastante sólido.

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Finalmente y tristemente, los tiempos que corren desvirtúan todo lo logrado. Hemos visto cómo se recurre en políticas ya utilizadas en los ´90, pero de forma más profunda aun. El neoliberalismo, con su manera despersonalizada e individualista, irrumpe nuevamente los escenarios latinoamericanos. En este contexto, la Argentina vive un nuevo proceso de desindustrialización, de precariedad laboral; en fin, de privatizaciones invasivas y lacerantes. Con el gran guiño de poderosos medios comunicacionales, el gobierno de Mauricio Macri avanza sin pausa y con prisa a una nueva época privatizadora.

Hecho este mecanismo coyuntural, se nos vienen las palabras vertidas al principio. ¿Se puede extrapolar? ¿Todo en la Argentina se repite porque “en algún momento ya pasó”? ¿Hablamos de una GRAN zoncera impuesta como relato inverosímil? ¿Hay “igualdad histórica”? Decididamente, no.

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Sencillamente, cada época, cada sociedad toma de lo pasado lo parecido o aparecido -históricamente hablando-, algunos condimentos, pero le impone su propia impronta. Decir que “esto yo ya lo viví” puede resultar harto tentador, a lo mejor algo ingenuo de pronunciar, pero nunca puede ser parte de un análisis histórico acabado y serio. En este sentido, el “todo en la Argentina se repite porque en un momento ya pasó” iría como vagón de cola de lo mencionado.

¿Cómo funciona este argumento? Aquí entran en acción los medios de comunicación –televisión, redes sociales, radio, gráfica- que una y otra vez repiten y repiten todo este discurso, con el claro objetivo de que se haga carne en nosotrxs esa naturalización de conceptos.

A modo de cierre y utilizando ciertos anclajes de eruditxs en la materia, nos referiremos brevemente a este contenido: los datos o los hechos fácticos constituyen la espina dorsal de la historia. El historiador inglés Edward Carr refiere que debe existir una interrelación entre pasado y presente, entre  unx historiadorx y sus datos y, más trascendente aún, la importancia dxl historiadorx. En este sentido, cabe preguntarse: ¿en qué momento escribe? (época, situación económica, social, contexto mundial); así, nos daremos cuenta de lo importante que resulta nuestra afirmación acerca de la inconstancia de la “igualdad histórica”.

“Los hechos del pasado son irrepetibles”, sostiene Raimond Aron (filósofo, sociólogo y politólogo francés) 2 El pasado transmite incertidumbre; xl historiadorx debe remitirse a las causas inmediatas para explicar acontecimientos. Y en el mismo sentido, concluye que: “el historiador debe pasar a través de la diversidad de las obras para alcanzar la unidad evidente y quizás inapreciable de la existencia humana. Sin embargo, la Historia no es una duplicación de lo que ha sido, sino una restauración creadora. El pasado es por esencia inacabado y su restauración implica renovación. Cada época escoge un pasado, transfigura la herencia que ha recibido dándole otro porvenir y prestándole otra significación. De este modo, la historicidad tiene tres exigencias: recoger una herencia, tender hacia un porvenir ignorado, situarse en un movimiento que rebasa los individuos”.

Decididamente entonces, podemos afirmar que la extrapolación de procesos, relatos, acontecimientos históricos forman parte de un embuste que trataremos de develar. NO hay “igualdad histórica” en la historia porque cada momento tiene su particularismo; palabra importantísima que deberemos tener en cuenta. Y parafraseando a Arturo Jauretche: “No somos zonzos, nos hacen zonzos”.

1 Arturo Jauretche, Manual de zonceras argentinas, Ed. Corregidor, Bs.As., 1968, pág. 4.

2 Raymond Aron, Historia y conciencia histórica – Redalyc https://www.redalyc.org › html, pág 13.

 

Texto: Maximiliano Ulhir. 46 años y tres hijas. Profesor de Historia en colegios y a punto de finalizar la licenciatura en Historia en UNTREF. Define su ideología como de centroizquierda, con muchos matices peronistas. Afirma que lo rebela la injusticia.

Fotografías: Leandro Crovetto Nació en 1984. Es Diseñador de Imagen y Sonido, fotógrafo, editor y realizador audiovisual. Estudia Fotoperiodismo II y trabaja en su primer libro fotográfico “YVY, PACHA, ALWA, TIERRA. Territorio comunitario y el avance de los barrios privados”.

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