Nosotras, las fanáticas de este siglo

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En 2015, en Argentina, comenzamos a vivir una expresión del avance de la derecha, expandiéndose en toda nuestra región. Lo que estamos sufriendo desde hace casi tres años es la imposición de un modelo económico de ajuste y entrega de nuestra soberanía. Pero es también y sobre todo, la imposición de un sentido común, una cultura, una sociedad individualista y meritocrática que poco a poco fue ganando terreno y le permitió a Cambiemos llegar al poder a través de los votos, posibilitando el despliegue de su proyecto neoliberal.

Es clave recordar los elementos que utilizó esta nueva derecha para instalarse y posicionarse en todos los ámbitos e instituciones sociales. Es necesario, para que no sean otros quienes nos cuenten esta historia a nosotres y a les que vendrán.

Por un lado, el gobierno puso en juego su desprecio hacia lo colectivo, hacia las organizaciones sociales y la militancia. Esto fue y es una pata esencial de su plan, que otorgó legitimidad a un odio generalizado hacia quienes nos dedicamos a la política entendiéndola como una herramienta de transformación, necesaria para alcanzar la justicia social.

Por otro lado, ese desprecio a lo colectivo no tiene un fin en sí mismo. Tampoco se funda en una “esencia o forma de ser” ni de las clases dominantes, ni de quienes estamos de este lado de la grieta. Por el contrario, los poderosos generan y fomentan la fragmentación, la indiferencia mutua para que no existan riesgos de ataque a sus intereses de clase. Por eso, necesitan constantemente servirse de ideas, prácticas y propuestas basadas en hacernos creer que “cada une se hace a sí misme” y en consecuencia, debe preocuparse únicamente por lo propio (jamás por otras personas).

Así fue como, calificándonos de mil formas y a nivel generalizado (kukas, vagos, choriplaneros, chorros, corruptos), se habilitaron y difundieron discursos hasta ridículos. Y así desataron una persecución política sin límites a quien más claramente expresa su oposición al neoliberalismo en nuestro país: Cristina.

“Son fanáticos”, repetía Macri cada vez que hablaba de cualquiera que, a través de cualquier medio, se atrevía a expresar opiniones en su contra. Los neoliberales (no sólo de nuestro país, sino también de otros, como en el caso de Brasil) le pusieron el nombre de “fanatismo” a lo que para nosotres son nuestras convicciones. Ellos nos llaman “fanáticos” en un sentido negativo a quienes, lejos de la ingenuidad, la ignorancia o la torpeza, de una u otra manera decidimos defender nuestros derechos.

Debemos recuperar nuestra historia y con ella, al fanatismo de los años de Perón y Evita. Sí, ese fanatismo también venía del pueblo, de la militancia y de la política como ejercicio colectivo para alcanzar la igualdad y la justicia. Su significado era completamente lo opuesto a aquello que quienes nos gobiernan nos quieren hacer creer.

En 1987, después de haber estado desaparecido por más de 30 años, se conoció un documento que Evita dictó durante los últimos meses de su vida y que tituló “Mi Mensaje”. Es allí donde expresa con claridad su idea de fanatismo:

“Solamente los fanáticos -que son idealistas y son sectarios- no se entregan. Los fríos, los indiferentes, no deben servir al pueblo. No pueden servirlo aunque quieran”. Para ella, el sectarismo era la intransigencia: quienes pertenecían y defendían al pueblo, debían ser sectarios en términos de no traicionar a su clase y de no ser indiferentes hacia les demás.

“Así, fanáticas quiero que sean las mujeres de mi pueblo. Así, fanáticos quiero que sean los trabajadores y los descamisados. El fanatismo es la única fuerza que Dios le dejó al corazón para ganar sus batallas. Es la gran fuerza de los pueblos: la única que no poseen sus enemigos, porque ellos han suprimido del mundo todo lo que suene a corazón.”

Evita creía en Dios y en la religión, pero no como instrumentos de opresión sino de liberación. Desde allí, cuestionó fervientemente al rol de las jerarquías clericales y militares por estar a disposición, por ser una parte funcional a la oligarquía y sus pretensiones de dominar a las mayorías.

¿Cómo no sentir acertadas, más allá de creer o no en Dios y en cualquier religión, esas palabras que llegan tan hondo en este nuevo momento oscuro que estamos viviendo en nuestro país y América Latina? Hoy, recuperar estas palabras es recuperar a Evita que, sin dudas, llega a través de ellas hasta nuestro tiempo, dándonos la oportunidad de pensar la política de otra manera.

Nuestro feminismo, este que “suena a corazón”

Y acá estamos nosotras, las que unos meses antes de que Cambiemos ganara las elecciones nacionales, dijimos Ni Una Menos. La violencia sufrida nos empujó a las calles para defendernos poniendo en juego años de construcción colectiva (en la Campaña Nacional por el derecho al Aborto, en los Encuentros Nacionales, en cada una de nuestras organizaciones) que, desde la diversidad y la adversidad, lograron empalmar y conectar con el sentimiento de millones de mujeres e identidades disidentes.

Y dimos un salto enorme: sin descanso discutimos contra el sentido común dominante que durante siglos nos venía oprimiendo y logramos convencer a otres en todos los espacios que tuvimos y tenemos a nuestro alcance. Llegamos al debate sobre la Ley de Aborto, que fue rechazada por un grupo de senadores retrógrados, pero que generó niveles de conciencia nunca antes alcanzados. Porque discutimos y le ganamos a la frialdad, a la indiferencia, abriendo camino al encuentro de distintas generaciones. Camino en el que nunca más vamos a pensarnos en soledad y en el que seguiremos batallando por los derechos de todes.

Definitivamente, el feminismo expresa en nuestro país, en nuestro continente y en distintos lugares del mundo, un nuevo proyecto civilizatorio: nos ofrece la posibilidad de un mejor futuro, oponiéndose al neoliberalismo, pero también a las lógicas generales de la política, históricamente patriarcales y dañinas.

Me atrevo a decir que las feministas de hoy somos quienes mejor venimos a expresar en este siglo aquel fanatismo que tanto amaba Evita. La Revolución de las Hijas del Ni Una Menos nos dice que así es. También decimos que así es las que venimos de generaciones anteriores, acostumbradas a escuchar y no poder hablar. O a hablar y sentir que nuestra opinión valía mucho menos. A ser acusadas hasta en los ámbitos políticos más progresistas de expresarnos “desde lo emocional”, de entendernos mejor desde la sensibilidad que desde “la lucha de clases”. Claro que fuimos educadas en esta sociedad para ser más sensibles, “cuidadoras” no sólo de nuestras familias, sino también de nosotras mismas, para reservarnos y preservarnos porque “la vida pública” siempre fue para los varones. Y es que la política en general expresa claramente esos roles que el patriarcado nos asignó siempre. No hay espacio en el que no hayamos vivido y sentido esa diferencia inventada (y además binaria) entre “la razón de los hombres” y “la emoción de las mujeres”. Diferencia que, por cierto, en toda la sociedad se invierte según convenga, como cuando hablamos de los abusos y violaciones: porque ahí sí, los hombres son “más pasionales” y nosotras “más frías y mentales”, cuando no unas “histéricas”.

En definitiva, siempre se buscó mantener oculto nuestro lugar en la política. Porque el patriarcado consiste también en negarnos ese lugar. Es por eso que cuando logramos ser más visibles, se nos ataca por “ingenuas”, como sucedió con el debate sobre el Aborto, donde nos acusaban de ser funcionales a una “cortina de humo” que tapaba otros problemas “más importantes”.

Sin embargo, nosotras con cada Ola Feminista volvemos más fuertes. Hoy venimos a darle a la política la posibilidad de revitalizarse y reinventarse para poder derrotar a quienes nos están aplastando. Tenemos mucho que aportar porque nuestras convicciones nacen de nuestras propias prácticas y formas de ver nuestras vidas: la política, la pasión, la capacidad de admirarnos unas a otras (demostrando que la competencia es propia del machismo), son una misma cosa.

Entendemos perfectamente cómo funciona este sistema de explotación. Enfrentamos cara a cara las injusticias todos los días. Nos acompañamos en silencio, en la clandestinidad, mientras también salimos a decirle al mundo que nos merecemos la igualdad y eso no se negocia. Lo hacemos entendiendo que el motor para cambiarlo todo es el fuego de nuestro fanatismo tal como lo entendía Evita: desde el amor mutuo, la sensibilidad, la empatía y el jugarnos por nuestras causas. Eso es, innegablemente, lo que más les molesta a los neoliberales.

No hay movimiento que hasta hoy haya puesto en duda este sistema político como lo hizo el feminismo. No sólo por haber puesto en evidencia a los antiderechos y a los políticos dinosaurios a quienes, más temprano que tarde, vamos a correr de esos espacios. También estamos demostrando que el feminismo debe ser el lugar desde donde pensar una nueva política para las mayorías.

El feminismo reconstruye constantemente nuestra historia y nos obliga a recuperarla para ser cada vez mejores. Entre tantas otras cosas, hoy nos regala el privilegio de revivir y resignificar la más hermosa certeza que Evita nos dejó: “con nuestro fanatismo, siempre venceremos nosotros. Tenemos que convencernos para siempre: el mundo será de los pueblos si los pueblos decidimos enardecernos en el fuego sagrado del fanatismo.”

Texto: Mariela Di Francesco. Referenta de Mala Junta y de la Plataforma Nueva Mayoría en Tres de Febrero.

Ilustración: Josefina Schivo Federico. Estudiante vitalicia de la Universidad Nacional de las Artes, fotógrafa e ilustradora.

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