Brasil en la oscuridad

El arrollador triunfo de Jair Mesías Bolsonaro en las elecciones brasileñas oscurece gravemente el panorama latinoamericano. No se trata simplemente de un representante de la derecha, o de la derecha dura, como lo son otros presidentes de los países de nuestra región en este siglo XXI. Es una suerte de adelantado dispuesto a romper el escenario democrático con discursos, gestualidades y actos que lo hacen portador de una cruenta devastación civilizatoria.

Si el neoliberalismo no se reduce a medidas económicas antipopulares, ya que contiene diferentes dimensiones que buscan transformar las relaciones sociales, el carácter mismo de la democracia y las expresiones de lo que llamamos cultura, Bolsonaro es el personaje dispuesto a promover sobre todo esas siniestras transformaciones. Ha surgido como “el salvador de Brasil”, se ha colocado como el Mesías, efectivamente, en medio de la profunda crisis política, social y cultural que atraviesa a ese inmenso país. Y con el apoyo de una gran maquinaria reaccionaria fue presentado como outsider, es decir como forastero de la política, aunque es parlamentario desde hace casi tres décadas, logrando casi 58 millones de votos (55,2%).

El marco en el que se produjo este proceso electoral es de proscripción, con lo cual la famosa “fiesta cívica” de que la hablan gobernantes, políticos y los medios es una fiesta de la mentira. El actual régimen brasileño es en realidad una democracia degradada. Primero, porque se basa en un golpe de Estado institucional que expulsó del poder a la presidenta Dilma Rousseff en 2016. Y segundo, porque el ex presidente Lula, líder del Partido de los Trabajadores (PT), fue condenado a 12 años de prisión sin que se le pruebe delito alguno. En ambos casos, el argumento fue la corrupción, que por otra parte atraviesa a toda la clase política brasileña y a sectores fundamentales del empresariado. No está demás insistir en que ninguna acusación contra Dilma y Lula tiene sustento jurídico, y expresan más bien hasta dónde puede llegar la infame judicialización de la política. Los grupos concentrados de poder, la derecha clásica y los medios emprendieron esta cruzada para recuperar su lugar central después de dos gobiernos de Lula y en la mitad del segundo mandato de Dilma. No lo hicieron porque habían perdido sus millonarias ganancias: lo hicieron porque no soportaban más la política de inclusión social y de ampliación de derechos que –incluso con diversas contradicciones– propiciaba el PT. Más de 30 millones de personas habían salido de la pobreza, se amplió el acceso a la vivienda y a la educación, etc. La derecha se jugó a profundizar la “grieta”, la polarización, responsabilizando al PT de todos los males habidos y por haber.

Corrupción, inseguridad, narcotráfico, todo pasó a ser culpa del PT. Y se fue creando un clima de odio no sólo político sino de clase, contra la gente pobre, contra la población afro-descendiente, contra los derechos de las mujeres y de las disidencias. Cabe mencionar que desde el golpe de 2016 la economía de Brasil ingresó en un proceso recesivo, pero también que la inseguridad se agravó –a pesar de la militarización de Rio de Janeiro– llegando a cobrar más de 60.000 víctimas en el último año. Nada de esto modificó el escenario montado para las recientes elecciones.

Mientras los partidos tradicionales de la derecha se vienen regodeando desde 2016 hasta el presente (el Movimiento Democrático Brasileño (MDB) –antes aliado del PT– y el Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB) -un partido que no se presenta como tal, pero que actúa como tal-), las fuerzas armadas y policiales fueron construyendo la candidatura de Bolsonaro. Esto hay que decirlo claramente. La dictadura cívico-militar brasileña gobernó desde 1964 hasta 1985 y se retiró con un régimen de transición que recién permitió elecciones directas en 1989. Digamos de paso que en Chile también hubo una transición nefasta, que colocó al propio dictador Augusto Pinochet como senador vitalicio. En la Argentina fue distinto: aquí la dictadura entró en crisis definitiva con la guerra de Malvinas, fue repudiada y derrotada por una gran mayoría social, no hubo transición. Las fuerzas armadas y la policía militarizada de Brasil siguieron siendo un factor de poder en las últimas tres décadas. Y después de haber soportado el triunfo popular del PT en 2003, así como los gobiernos de Lula y de Dilma hasta 2016, volvieron a la carga por fuera de las estructuras políticas tradicionales de la derecha. Encontraron en el capitán Bolsonaro a “su hombre” y lograron los resultados que estamos viendo.

La construcción de su candidatura tuvo además el concurso de las multitudinarias iglesias evangélicas, que cuentan con miles de radios y canales de televisión, y que en su gran mayoría concentran todo tipo de mensajes retrógrados: patriarcales, misóginos, machistas, homofóbicos y anti-aborto. La mezcla de la jugada militar-policial con las prédicas de los pastores apeló también a la muy moderna utilización de las redes sociales con las famosas fake news que bombardearon a millones de personas. Todo esto fue un cóctel explosivo, en medio de la polarización y de la campaña de odio. Bolsonaro expresa esta síntesis, por eso no tuvo empacho alguno en proferir los insultos y las diatribas con las que hizo su campaña. Nadie le pidió que se modere, al contrario, cuanto más insultaba a la comunidad LGBT o amenazaba con fusilar a la “petralada” –término despectivo con el que se identifica a la izquierda–, cuando decía que “los negros no sirven ni para procrear” o “yo soy favorable a la tortura, tú lo sabes”, más aumentaba su caudal electoral. Y también creció más luego del atentado que sufrió en el último tramo de la campaña. Quedando impedido de hacer actos, casi fue visto como un mártir y puso en evidencia el apoyo que tuvo de grandes sectores de la población, incluso de quienes serán sus víctimas cuando ponga en marcha su gobierno. Que esto suceda en Nuestra América en el siglo XXI es más que lamentable, realmente exacerba y también nos invita a repensar qué es la democracia.

No estamos ante una simple alternancia en Brasil. Si bien los gobiernos del PT alojaron focos de corrupción, sin haber tenido la capacidad de desalojarlos, y tal vez ésta sea la mayor crítica que debemos hacer, es preciso señalar que tal corrupción es propia de la hybris neoliberal que corroe y degrada a las democracias realmente existentes en nuestra región. No bastan, entonces, las formas democráticas digamos regulares. Es preciso pensar en una refundación del sistema político-institucional que contenga elecciones libres, sin proscripciones, y formas institucionales de participación popular con poder real.

En los próximos días, asumirá Bolsonaro parado sobre una montaña de votos. El PT, que debió soportar una campaña brutal en su contra, logró con Fernando Haddad y Manuela d’Avila el 44,79% de los votos en la segunda vuelta, pero en la primera obtuvo una representación parlamentaria de 56 diputados/as, cuatro más que el bolsonarismo propio, siendo el partido con mayor presencia. Sin embargo, por medio de alianzas con diversas bancadas, que cuentan con militares, policías y evangélicos, el gobierno electo puede lograr una mayoría importante entre los/las 513 diputados/as que conforman la cámara baja para hacer pasar todas sus medidas sin mayores dificultades. El nuevo gobierno de ultraderecha buscará afianzarse en un sentido estratégico, lejos de cualquier diálogo con la oposición real.

Hoy, con un análisis en caliente, ya se habla de posdemocracia, es decir de un nuevo régimen político inédito que todavía no conocemos como tal. El filósofo Vladimir Safatle dijo antes del domingo 28 que Brasil podría entrar en “una noche sin fin” y señaló que cuando “no se cierran las cuentas con la historia, la historia nos asombra”. Sin duda, en medio de la oscuridad hay luces de resistencia que podrán expandirse en las metrópolis y en la inmensidad de los campos, en las universidades y en las favelas, construyendo una nueva acumulación de fuerzas que pueda enfrentar lo que ya está y lo que vendrá. El movimiento Ele não” impulsado por las mujeres para rechazar a Bolsonaro fue una de esas primeras luces. Otras surgirán, seguramente mancomunadas, en los próximos días.

 

Texto: Manuel Martinez. Periodista y escritor, con una larga trayectoria militante en la izquierda latinoamericana. Integra el Consejo de Redacción de la Revista Herramienta y participa activamente en la Plataforma Nueva Mayoría del Frente Patria Grande.

Foto: Reuters.

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