Tenemos derecho a la rebelión

Foto de Lara Barneto

Cada cierto tiempo, y más a menudo en momentos convulsionados, surge entre algunas personas una crítica liberal, blanca y con un aire despectivo de clase a los “métodos de protesta”. Me refiero a “métodos de protesta” entre comillas, porque lo que subyace de fondo es el desprecio liso y llano a toda posibilidad de subvertir el orden establecido e incluso a cuestionarlo. Recuerdo claramente como muchxs se indignaron cuando militantes feministas graffitearon alguna catedral. Sin embargo, me cuesta recordar a esxs mismxs miles de indignadxs ante las muertes de mujeres por abortos clandestinos, solo por citar un ejemplo. Estas críticas suelen venir teñidas de buenas intenciones, cierta superioridad moral e inclusive atisbos de creatividad aparentemente nunca explorada.

Hace unas semanas me encontraba reunido con pares, activistas, voluntarixs o convencidoxs que participan en distintas organizaciones sociales (más cercanas a las lógicas de una ONG que a una organización política), y allí celebré las múltiples tomas y manifestaciones que se dieron en decenas de universidades nacionales. No obstante, lo que para mí era destacable, no obtuvo para nada consenso y muchxs se sorprendieron de que una persona supuestamente racional apelara a métodos tan poco cuidadosos del orden. Como sociedad que intenta avanzar hacia un horizonte democrático es bueno repensar cuáles son los valores que la hacen democrática. Es por eso, que el pensar en protestas prolijas, alineadas y ordenadas realmente me hace mucho ruido y poco tiene que ver con la idea de democracia.

John Locke fue un teórico Inglés que escribió a finales del siglo XVII y, en muchos aspectos, es el padre del Liberalismo. Pese a lo que muchxs creen, Locke defendía el derecho inherente de los pueblos a la rebeldía. ¿Qué es esto? En simples palabras, Locke creía que las sociedades modernas se basan en un contrato social entre individuxs de una comunidad. Dicho contrato partía del supuesto de ceder parte de la libertad individual de lxs miembrxs de la comunidad a cambio de una serie de reglas que hicieran libre a toda la comunidad y no solo a lxs miembrxs de esta, de manera individual. Este contrato permitía pasar del estado de guerra al estado civil. Si bien es una construcción teórica, es altamente factible que por caminos distintos todas las sociedades contemporáneas hayan transitado procesos similares al descrito por Locke.

¿Cómo se vincula esto con la posibilidad de la rebeldía popular? Locke creía que cuando el o lxs gobernantes incumplían las normas por las cuales habían asumido el poder, de cierta forma rompían el contrato social y, por ende, se ponían en estado de guerra con lxs ciudadanxs a quienes gobiernan. Rebelarse significa eso: volver al estado de guerra (re-belium), es por esto que John Locke consideraba que el derecho a la resistencia civil es un derecho fundamental y aún más: es un deber. Por lo tanto, el derecho a la resistencia popular no puede ser algo frecuente o constante, sino que es válido cuando lxs gobernantes incumplen las normas que ellxs mismxs como parte de la comunidad se dieron.

Foto de German Romeo Pena

Pensemos cuál hubiera sido la situación de los Afroamericanos en Estados Unidos si no se hubieran organizado de distintas maneras más o menos prolijas para sentar cara a la opresión del blanco; o cuál hubiera sido el destino de las Provincias Unidas de América del Sud si hubiéramos aceptado pasivamente una Junta de Gobierno presidida por el Virrey de España. Asimismo, cabe considerar qué hubiera sido de muchos de los derechos de lxs trabajadorxs si, por ejemplo, estxs hubieran esperado tranquilamente al Paro General llamado por la CGT para el 18 de Octubre de 1945, o cuál hubiera sido el futuro de la Dictadura encabezada por el Gral. Onganía si lxs estudiantes y obrerxs cordobeses no hubieran salido a las calles el 29 de Mayo de 1969.

Desde la perspectiva de la lógica del “diálogo y el consenso” suena muy acorde reclamar prolijidad al momento de protestar. Sin embargo poco tiene que ver con el liberalismo y, mucho menos, con la historia que los pueblos se dieron a sí mismos en el camino hacia su soberanía, justicia y libertad. En momentos donde los buenos modales parece ser lo exigido, cabe reflexionar acerca de cómo los pueblos forjaron su historia. La resistencia civil no es gratuita ni alegre: es un hecho trágico que es la consecuencia de que la cúpula del Estado, es decir el Gobierno, incumpliera no solo las promesas de campaña, sino los mínimos acuerdos que nos dimos entre lxs ciudadanxs, a fin de convivir buscando los máximos bienestar y desarrollo posibles.

Texto: Matias Ferreyra. Nací y me crié en el conurbano bonaerense, allá por los tiempos en donde las leyes de impunidad y “la casa está en orden” eran tapa. El estudio y el activismo político me atravesaron desde siempre. Estudio la Licenciatura en Estudios Políticos en la UNGS, trabajo en la defensa de los Derechos Humanos de las Personas con Discapacidad, desde la realidad de ser uno de ellxs con algunas posibilidades más que el resto. Fortuna y virtud, los faros de mi accionar.

Fotos: Germán Romeo Pena.

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