El podio del odio

“Digo entonces: que hay un gusano en la rosa
pero que no es fatal. Preferiría, sin embargo,
no tener esta visión de desastre.
Rezo por eso,
o por una comprensión más completa y relajada
de que la fuerza vital casi siempre está en disputa”
Laura Wittner*
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Fotografía: Celeste Destéfano

Desear que a otrx le vaya en su vida (su laburo, sus relaciones, su salud, su loquesea) peor que a unx, eso, eso es el odio. El podio del odio. Es bastante inexacto, subjetivísimo, inmaterial, quizás. ¿Cómo asir el odio? ¿En qué balanza se pesa la cantidad de odio? ¿O es que existe una tirita para diferenciar odios ácidos de odios alcalinos? No hay forma. Pero sí hay intuición. Y no es que el que odia debe saber explicitarlo, debe decir “te odio” o al menos pensarlo. Es algo que se intuye en miradas, comentarios infelices, mezquindades cotidianas.

El odio es lo que revela la negación de unxs sobre otrxs. Vos no sos porque yo lo determino. Como si hubiese un juez supremo disfrazado de ciudadano promedio. El odio es lo que nuestra sociedad argentina, como para circunscribir este texto, filtra cuando escinde su “buena fortuna” de las miserias de otrxs. Cuando parte de esta sociedad desea el castigo sobre otrxs, por no hacer lo que esxs mismxs juececitos harían como buenxs padres o madres de familias, buenxs empleadxs que generan plusvalía para otrxs que los desprecian en cadena o, peor, lxs ignoran en cadena, aunque siempre con la fantasía de encontrar el eslabón perdido del poder individual, incluso lo que harían como ciudadnxs de bien – de bien según la moral parcial y de transmisión oral que se redefine según convenga-.

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Fotografía: Celeste Destéfano

El odio es de clase. El odio es de raza. El odio es de género. El odio es odio. Y se segmenta y se oculta y se disfraza. El odio emerge como un siamés del miedo, ¿no? Por suerte, no siempre que aparece el miedo lo hace el odio; suelen hacerlo la humildad, el pedido de ayuda, el silencio, la huida. Pero otras tantas, brota como una lava destructiva el odio amenazando a quien no es como yo, a quien no hace como yo, a quien no piensa como yo, a quien no coge como yo, a quien no trabaja como yo, a quien no “aprovecha” oportunidades como yo, a quien no materna como yo, a quien no se deja aplastar la cabeza, a quien protesta por sus derechos, a quien defiende los derechos de otrxs. Brota el odio putrefactamente para señalar y aniquilar.

Bien por el amor, che, que se escuda de argumentos y actos de entrega, de lucha y esfuerzos colectivos, busca mayor conciencia y asume su propia historia, se calza la lanza de los intentos y arremete; aunque la furia lata y le den ganas de hacer trizas a lxs odiadorxs también.

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Mi mano alargaba un volante verde, con forma triangular, que decía AHORA QUE SÍ NOS VEN y adentro, democratizaba información acerca de la interrupción voluntaria del embarazo y la urgencia de que sea ley. La señora trianguló sus cejas, de manera casi idéntica al folleto que yo le daba, su boca se hizo finita hasta desaparecer en un gesto erizado y escupió dos o tres palabras de odio con el vestidito de la indignación; tan eléctrica que hasta su hijo púber la miró asustado.

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Le acaban de robar el celular. Y había trabajado tantas horas para comprar el último modelo. Entonces, vino el chorrito y lo arrebató. Tan solidarios los transeúntes que corrieron al raterito y lo lincharon en la vereda mientras pasaban lxs niñxs del barrio hacia la plaza y la doña compraba papas negras. Nunca pensamos en la trampa. No es justo que le roben, trabajó para comprarlo. No es justo que no tenga trabajo, ni que la delincuencia sea una salida hacia ninguna parte. No es justo el periodista que juzga, ni lxs vecinxs que patean al ladrón. No es justo que no entendamos en qué juego estamos metidos y que nunca nos le animemos a los gorilas que explotan trabajadorxs, es decir, familias, es decir, niñxs; no explotan celulares, explotan a quienes los arman y a quienes los desean como un cuerpo erotizado, explotan a quienes los compramos y a quienes los roban, acá en Argentina, en Vietnam o en Guatemala. Da lo mismo.

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Fotografía: Germán Romeo Pena

La obra de teatro “Terrenal”, escrita y dirigida por Mauricio Kartún, habla de muchas cosas. Una de ellas, el odio. Caín odia porque no ama. Es así de llano. Esa vieja historia resignificada en la poca prosperidad de ambos hermanos que esperan a Tatita, mientras no logran cuadrar sus visiones del mundo, de la cotidianeidad, de la felicidad, del sentido de la vida. No voy a contar las dos horas de esta impresionante obra de arte, sólo quiero decirles que habla sobre el odio de quien no logra amar porque cree que su plenitud radica en la comparación con otrx diferente. Y que el saldo de dicho cotejo es que unx está mejor que el otrx porque unx lo merece, porque unx oculta los deshechos luego de defecar, porque unx sabe qué decir para “quedar bien” o cómo denigrar al otrx de manera indicada en el momento indicado para hundirlx. Tatita explica el castigo y Caín no entiende nada, ése es su castigo. Levantará su egoísmo como un trofeo siempre, aunque con gesto de falsa culpa, porque no entendió nada.

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Liliana Bodoc, en su fenomenal trilogía La saga de los Confines, habla del odio como nunca lo había leído antes. Aparece Misáianes, el hijo nacido del error de la Sombra, la muerte. Y destruye, es la encarnación del Odio Eterno que destruye. Pero hay revancha, llena de fracasos y de pérdidas, pero hay revanchas mínimas, que se tejen como una malla resistente en el medio de todas las lágrimas. En esas tres novelas, el odio es enorme y explotador. El odio es negador de las identidades individuales y culturales, es enemigo de la libertad y de las comunidades que existen en ese sentido colectivo y en unidad con la naturaleza, cerca de las artes y la magia, cerca del devenir, lejos de las estacas. Del odio llega a renegar hasta su propia madre la muerte, a quien las criaturas respetaban. La muerte es el Uno con la vida y la vida no es negación, destrucción, explotación. Sí el odio. Cada unx de nosotrxs está atadx a Misáianes, pero podemos engendrar la rebelión.

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Fotografía: Germán Romeo Pena

No amamos cuando diseccionamos al otrx para ver qué parte suya nos convence. Negar las realidades, negar las identidades, negar los cuerpos que son movimiento y no muebles inanimados, eso es el odio. Y nadie zafa de él, porque somos criaturas de esta sociedad ruin que así como dibuja corazones, los arranca a conveniencia. Pero podemos autotocarnos el hombro cuando la lengua se nos acelera para dar puntaje a lxs otrxs. O podemos chistarle al que mira con asco cuando los besos se consienten y avisarle que debe chistar fuertísimo cuando se imponen y arrancan a la fuerza. Podemos también advertir que “negrxs de mierda” designa emisores faltos de ideas o de empatía, que eso que se pretende mancha,  embarra mucho peor al odiador que al odiadx. Y así podríamos seguir pensando cómo odiamos mientras nos creemos lxs mejores cristianxs, o  lxs ciudadanos más progres, o lxs que “no jodemos a nadie”.

Veamos qué hacemos con nuestras palabras, pero también con nuestras acciones y, si nos queda aliento o vergüenza, evaluemos qué hacemos con nuestros pensamientos.

 

Texto: Pamela Neme Scheij

*Del libro La tomadora de café,
incluido en la antología Lugares
donde una no está (Poemas 1996
-2016)

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