Edificio en construcción

Como un cauce de agua que, década tras década, fue adelgazando hasta casi extinguirse, la experiencia de la maternidad nos fue robada, o al menos eso creo que nos ocurrió masivamente a las mujeres y a las personas gestantes. El barranco es visible: nos desconectamos de quiénes somos, no sólo en términos individuales, sino también generacionales. Esto así de un tiempo largo de la historia humana a esta parte, a velocidad progresiva, a veces inconsciente, a veces en una lucha interna por no ser cooptades por los mandatos culturales o por revisar esos mandatos y los del mercado y volver a empezar desde donde podamos. Es hermoso crecer en este nuevo tiempo (y reescribir este texto) en que nos estamos animando a pensar la maternidad a través del deseo de manera pública; a pensar un hije que crezca en nuestro vientre porque así lo queremos, no “porque nos tocó”; que podamos gozar sin tantos miedos y culpas porque el placer nos podría costar un futuro a contramano de nuestras fantasías. Es maravillosa la maternidad esculpida desde el empoderamiento.

Hace muchos años ya, en encuentros con amigas en que hablábamos de nosotras como minas,  nacidas y educadas a partir y a través de determinadas expectativas y moldeadísimos estereotipos, decidí abandonar las pastillas anticonceptivas. No quería regir químicamente mis ciclos reproductivos. No quería ser rehén voluntaria de la farmacologización de mi cuerpo. En ese entonces, empezaba a decir “patriarcado”, empezaba a cuestionar el saber médico. En ese entonces, era una feminista en construcción casi aún sin darme cuenta claramente. Un tiempo antes, había tomado conciencia de que cada mes no quería quejarme de que “me había venido”. Empecé a sentir ganas de amigarme con mi cuerpo también desde aquello que dejo ir o que me abandona para continuar el movimiento de la vida. Empecé a valorar mis menstruaciones como signo de fertilidad, como potencia enlazada a mis deseos. Todos estos descubrimientos fueron para mí una fuerza imparable que necesité compartir, que, en cierta manera, gracias a compartirla, pude reafirmar. Nos acompañamos, cada una a su tiempo, con estas amigas, en decisiones muy cercanas. Fue potente sentir que empezaba a reconectar con una raíz que no sabía cómo era, de dónde venía. Es impactante hoy hacer una retrospectiva de este crecimiento personal en clave feminista y entenderlo en un contexto que lo estaba haciendo posible.

Se cruzaron por mis manos, por mi pantalla, libros sobre sexualidad, maternidades, partos respetados, “humanizados”, sobre el goce al parir. Me colmé de curiosidad y acudí a más encuentros para saber de otras mujeres en las mismas búsquedas. Ni cerca estaba de querer ser madre aún, pero el darme cuenta de que había muchas maneras de serlo justamente, me estalló la cabeza. Claro, yo no había indagado ni afuera, ni en mí hasta hacía muy poco tiempo. Tenía en mi cuerpo las marcas de hasta dónde habían llegado las búsquedas de las otras mujeres que me anteceden, hasta dónde habían sabido y aceptado. Esos modelos en que a une le educan en cierta supuesta normalidad.

800px-Frederic_Leighton_-_The_Garden_of_the_Hesperides.jpg

                                                      El jardín de las Hespérides de Frederic Leighton (1892)

Pisé el punto clave: estaba develando quién era y qué quería para mi cuerpo, para mi goce, quizás para una posible descendencia, para yo venir al mundo que habito.

Y no tuve más dudas: no podía avanzar ni un pasito más sin preguntarme. Y no podía ya desobedecer mis pulsiones de autorregulación, de autodeterminación. Y no podía ya domesticarme, no quería obedecer más a otros poderes que no fueran el mío y el de les otres en quienes confío en este camino de bajar con la gomera feminista los mandatoscandados.

Cuando con mi pareja decidimos encontrarnos con nuestro primer hije, que resultó ser Cielo, encaramos todo ese proceso convencides del amor y el respeto con que deseábamos engendrarle, cuidarle en mi vientre, permitirle nacer. Nos empoderamos posta. Nunca había experimentado algo igual. Sentía que mi libertad era toda mía y de mi hije. Que juntas haríamos lo que necesitáramos y deseáramos porque no permitiríamos que desacralizaran una de las cifras de nuestras vidas, ni en los aspectos en apariencia minúsculos.

En ese trayecto, supe de historias de partos, de nacimientos que me desgarraron el alma. Supe de prácticas médicas violentas, inconscientes, vejatorias, tan protocolarmente naturalizadas hasta para las mismas madres que sentí impotencia y, a la vez, mayor convencimiento sobre cuál era mi búsqueda personal, en qué otras prácticas de libertad particulares y colectivas se enmarcaba. Éramos muches, algunes que desde hacía décadas, simplemente como madres, pero también como parteras, como doulas, etc., en algún momento de la vida nos quisimos ver y empezamos a cuestionar unos estados de cosas metidos hasta el útero con miedo, con vergüenza, con insatisfacción y resignación.

No tengo dudas de que esta búsqueda de reconexión es paulatina y colectiva. Que se basa de manera genuina no sólo en los deseos y fantasías individuales, sino en lazos de género que nos encuentran callades o a los gritos, pero tratando de vislumbrar nuevas o renovadas prácticas, formas de nombrar y de aceptar (nos). Yo creo en la necesidad fuertísima de romper con ese prejuicio general de que “las mujeres competimos”, porque eso no es así, nos queremos, pero para sacarlo afuera precisamos querernos de verdad a nosotres mismes en nuestra mayor intimidad y para ello, también nos urge conocernos transgrediendo patrones aprendidos, desenmascarando los deberes que nos ponen rígides, que nos encierran.

Y en función de esto último, también creo que debemos tener muy presente que las experiencias de cada une deben resultar representativas y ser respetadas. Que deben entenderse en contexto y compartirse sin juicios inútiles. Quiero decir, que una de las formas de acercarnos es contarnos quiénes somos, qué vivimos, qué deseamos, sin tipificar, sin clasificarnos. Dándonos cuenta de que andamos en movimiento y que cada vivencia es un ejemplo para une y para les otres, un aprendizaje para el crecimiento de nuestra conciencia en lo individual y en el compartir colectivo.

Volviendo a una de las vivencias que nombré en este texto, la del nacimiento de Cielo, la de mi primer parto, debo decir que, si bien para mí resultó lo más maravilloso de mi existencia por la adrenalina que me atravesó, por la explosión de tener que entregarme a una acción ineludible sin poder controlar nada (uno de los mayores esfuerzos en mi desaprender para aprender), o sea, el tener que patear mis ideas para meterle garra a lo desconocido, pasional, esforzado, temible, por momentos, para que naciera mi hije, fue justamente su entrada a este mundo lo más inspirador y esperanzador. Todas mis aspiraciones como persona en esta vida se sintetizaron en el modo en que nació Cielo. Y somos cada vez más quienes sabemos que no da igual cómo nuestres hijes puedan nacer. No es dónde, con quiénes nada más. Es con qué intenciones a su alrededor, con qué conciencia y aprecio a la libertad de ser. Es darle la bienvenida en un clima de fiesta, donde el amor sea una verdad materializada en el silencio, en la palabra mínima, en la suavidad al tocar, al mirar. Donde el amor sea el apego a la madre, la teta enorme en la trompita diminuta y no el protocolo de vacunas, baños, revisaciones, “lo que hay que hacer”. Quiero decir, yo sé que si no mediasen el miedo y la desinformación, la jerarquía del saber impuesta y demás estrafalarias posturas, ningune de nosotres elegiríamos que nuestres hijes tengan como primeras experiencias de vida lo que menos nos satisface a nosotres mismes, es decir, que nos manipulen, nos den órdenes, nos alejen de las personas que más necesitamos para sentirnos contenides, comprendides.

Por eso, cada vez tenemos que juntarnos más. Necesitamos pasarnos la posta para informarnos, descubrirnos, hacernos tantas preguntas que no nos quede otra forma de andar que la de enfrentarnos a nuestra mudez más internalizada, a los que quieran adueñarse de nuestra potencia creadora, que no radica en ser o no ser madre, en gestar o abortar, sino en poder siempre, siempre decidir bien informades, bien acompañades y exultantes de poder sobre nuestras cuerpas.

Texto: Pamela Neme Scheij

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Blog de WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: