Que no nos apaguen

Quiero compartirles esta historia:

Decidida a darle un nuevo comienzo a mi vida y a no postergar más lo impostergable,  hace un poco más de un año y medio di mi primer gran paso, que fue terminar el secundario. Tan sólo con veintidós años, me encontraba con un pie adelante y otro atrás; es que sí, en ese momento marcaba la diferencia para siempre en mi vida. Atrás dejaba todo los prejuicios y causas que me habían llevado a dejarlo en su momento y no poder terminarlo en tiempo y forma como la sociedad y el gobierno lo demandaban; quizás algunos digan por vagancia, pero la realidad fue económica, un impedimento que no muchos entiendan y sólo algunos pocos puedan ponerse en mi lugar.

Y ahí estaba, atravesando barreras. Llevé los papeles requeridos, firmé y me di cuenta que era oficialmente una alumna del Bachillerato para Adultos. Y como en cualquier bachiller, cada aula es un mundo, pero en el mío ese mundo no era cada aula, sino la institución entera. Porque en los pasillos la diversidad cultural y en edades se notaba mucho más que en cualquier otro lado. Porque todos los que estábamos ahí no íbamos porque alguien o algo lo demandara, sino porque teníamos ganas, sueños y esperanza de que lograríamos un cambio no sólo en nuestro andar, sino también en el andar de otros.

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Después de un año y medio, podría dar cátedra de las cosas que pasaron dentro de esas aulas, podría contar más de mil anécdotas vividas en la convivencia de docentes con alumnos; pero todo lo que sea divertido y de un aprendizaje natural se ve oscurecido, apagado, roto, como quieran llamado, por un cierre, un fin, un nuevamente para la historia de nuestro país, un nunca más.

Es que sí, este año en marzo, para la escuela vespertina de la institución llegó la cruel noticia: los titulares de esa noche anunciaron el cierre de todos los bachilleratos para adultos. Qué ironía, cuánta hipocresía. Vidal había hecho el trabajo fino de recortar, durante su gobierno, los presupuestos para los colegios y ahora esto. Cuánto podés ganar económicamente con el cierre de un colegio. Millones, queridos lectores. Vidal recauda millones por el cierre de los nocturnos para adultos. Al principio, creí que jamás eso pasaría, pero los titulares de los diarios zonales más cercanos a mi barrio, al día siguiente, no decían lo mismo. Las técnicas, por ejemplo la número dos de Coronado, entre otras, fueron las primeras en caer. Era curioso cómo los docentes trabajaban en conjunto con los alumnos para impedir su cierre, se manifestaron, difundieron su noticia; pero la realidad es que nada acobardó a los buitres. Para esa fecha, el cierre de los bachilleratos ya era prácticamente un decreto aprobado por el gato. Claro, si fueron por las técnicas vespertinas, cómo no iban a ir por los de ciencia, los de economía y los de humanidades; si en la cuentas todos los factores multiplicados sumaban caudales de dinero en sus bolsillos. Acá es obvio, los cambios de la alegría eran para sólo unos pocos, en resumen, para el gato y sus buitres, además de alguna monedilla tirada para los traidores que colaboran en esos planes siniestros.

Al mes de junio, pregunté qué se había resuelto respecto a esta cuestión, porque mi tercer año y último seguía en pie. La respuesta fue la siguiente: los bachilleratos están cerrados, sólo que no podemos dejar sin escolaridad a los que ya empezaron. Los chicos entre diecisiete y dieciocho años que trabajen estarían concentrados en un “tipo de plan finEs”, deberán terminar su secundario por ahí o retomar el colegio que dejaron. Y los que ya están en primer año vespertino serán la última camada en recibirse. “FinEs” lo sacó el gobierno gatuno al tomar el mando en el 2015 y modificó su plan sólo para institutos privados, que cuestan un dineral y el que no pueda pagar, que se joda, señores, eso, que se joda.

Otra cosa, hay una excusa dando vueltas: que los chicos de diecisiete y dieciocho años no se pueden juntar con los adultos porque “ese no es el ejemplo que queremos para nuestros chicos”, ellos corren peligro junto a la gente grande. Nuevamente, otra hipocresía: porque está mal que estudien con compañeros de avanzada edad, pero no está mal que hagan una especie de “pasantía” (trabajo gratis) durante un año en multinacionales con jefes explotadores de avanzada edad.  Tal cual, la experiencia no es la misma, porque el jefe tiene el título y el otro no, está peleando por su derecho que ahora se lo quieren ocultar.

Donde yo estudio están los adultos y los jóvenes adultos, porque de treinta y dos compañeros que somos, los treinta y dos trabajamos y nos chocamos con la misma realidad a diario: que el que no tiene estudios es un marginado por esta sociedad nefasta que nos trata como la escoria del sistema; somos los inconclusos, los fallados, los sin nada. En cambio, después de largas horas trabajando, cuando nos encontramos al llegar al colegio, nosotros nos vemos de otra manera y somos el motor de muchos compañeros y docentes que, a veces, se quieren dar por vencidos.

En lo personal, me encontré compañeros de diferentes edades con distintas historias y experiencias de vida que me enseñaron mucho más de lo que pretendía aprender cuando di mi primer gran paso. Nadie me obligó a ir, yo lo hice porque era mi cuenta pendiente conmigo y no me arrepiento de nada. Aprendí más cosas ahí adentro que viajando diez años por el mundo. Muchos compañeros son extranjeros, dos de mis amigas, peruana y brasilera. Qué rico cuando llegan los viernes y traen comidas típicas de sus regiones y nos comentan sobre sus culturas. Muchos de los estudiantes, entre los jóvenes adultos y los adultos, son padres y traen a sus hijos para demostrarnos que además de hacer lo que hacen por ellos, lo hacen para construir un país mejor para todos y darnos juntos la construcción de un futuro por una Argentina más noble y real.

Y entre todo lo que digo, están nuestros queridos docentes, que si bien cobran un sueldo por trabajar de eso, extienden sus horas del día, que podrían estar dedicándole también a sus familias, para generar una construcción social más real y justa. Ellos, además de cumplir con lo establecido del programa, nos permiten el debate dentro de las aulas con lo que queramos exponer, un debate donde la opinión de todos es escuchada. Nos dejan reflejar la creatividad de cada uno, exponiendo trabajos de la mejor manera que creemos posibles, nos apoyan y asesoran a la hora de presentar proyectos al instituto, nos escuchan y alientan cuando queremos darnos por vencidos, nos enriquecen de conocimientos nuevos y siempre dejan a la luz las ganas de apostar por más. Hay docentes que lo dan todo, que nos invitan a nuevos desafíos para vencer los miedos que nos imponen los que no nos dejan avanzar. Ellos son mucho más que docentes de profesión, yo suelo decirles “mis profesores de alma”, que están disponibles para nosotros las veinticuatro horas al día, sin respiro. Y a ellos también les sacaron su fuente de trabajo.

El bachillerato es el día a día, es aprender de todo un poco y de un poco hacer maravillas, es impulsarnos a dar más, es abrazar los sueños tan fuerte hasta que exploten de un cumplir no muy lejano, es dejar de ser lo marginal para ayudar a otros salir de esa oscuridad, es que todo lo que deseamos se cumpla de verdad, es crecer y experimentar lo que nunca nos animamos a vivir, es mucho en tan poco. El bachillerato para adultos es que no nos apaguen, que no nos dividan, que no nos maten las ideas de un país mejor, es crecer en conjunto y poder dar mucho más de lo que se espera. Ahí, en esos pasillos, aprendí y aprendo que el conocimiento es la única cadena rota para ser libres de verdad. Repito, por favor, que no nos apaguen.

Texto: Macarena Porto Fernández

Imagen: Maxi Traverso

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