Nuestra sombra, la poesía

coso nuevo.png“no sé cómo lo agarró justito el tren/primero la cola y después/las patas de atrás las aplastó/quedó sobre los rieles, lo vi todo/desde el salto a la caída./me paré delante y le vi los ojos/no chillaba, miraba fijo, vivo en su mitad/de gato, me dio una señal:/fui juntando piedras en la remera/las piedras que hay entre las vías/y el gato me miraba, levantando la cabeza/me pedía que lo mate/el sol atrás lo hacía una silueta negra/recostada, me pidió eso/me acerqué y se las empecé a tirar/con fuerza, el gato/no gemía/soltaba su mitad viva/en cada pedrada hasta morir/después lo tapé con papeles de diario./un aire descolorido nos cubría/yo me fui. Acepté/matar esa mitad./algo que muere/alcanza, de esa/dureza aprendo”.

Este poema de Agua negra, primer libro de Martín Rodríguez, publicado en 1998 cuando el autor apenas tenía 20 años, podría desglosarse en una anécdota simple: un niño o adolescente –aunque los versos no lo dicen, se infiere a partir de los otros textos que componen el poemario- ve cómo el tren atropella a un gato y cercena sus patas traseras. Frente el animal tullido, guiado por esa extraña premisa de espartanismo tardío tan legitimada que dice “mejor la muerte al sufrimiento”, decide o comprende que debe matarlo. Sin embargo, el poema habla de otra cosa. En primer lugar están esos dos versos finales donde el yo –quien contempla la escena y junta piedras en la remera para la lapidación- aprende de su acto inevitable y traspone el límite hacia un nuevo mundo donde violencia y crueldad se confunden con un pragmático “hacerse cargo de lo que toca”: la muerte como algo observable, la revelación de las propias manos inocentes como herramientas para el sacrificio. Aprender (crecer) es transformarse, tomar decisiones, convertirse en otro y ese proceso acarrea dolor. De allí un segundo desprendimiento: la potencialidad que el poema tiene de expandir (y contraer a la vez) una experiencia o anécdota individual en una visión universal que condensa el horror: una botella para lanzar la muerte al mar, al encuentro de otros ojos que escucharán el ruido de las vías y las piedras, ahora vueltas suyas, en otra lectura. El poema es una esfera claroscura que se marchita y se abre una y otra vez como revelación de los sentidos y la imaginación. La mitad viva que cada uno deja morir.

En “El arte como artificio”, Victor Schlovski -poeta, novelista, autor central del llamado formalismo ruso (escuela poética que desarrolló sus aportes en las primeras décadas del siglo XX)- plantea una distinción entre la lengua prosaica y la lengua poética. La palabra que Schlovski utiliza para esta diferencia –aún vigente y clave- es ostranenie, traducida luego a nuestra lengua como extrañamiento. ¿Qué implica esta palabra que siempre parece un neologismo? Mientras que la lengua prosaica sería aquella que utilizamos con automatismo para los fines más prácticos (pedir un kilo de mandarinas o chatear) y funcionales de la vida cotidiana, la lengua poética, en cambio, nos permitiría posicionarnos ante los mecanismos y los objetos del mundo como si los viésemos por primera vez. Como cuando un niño descubre –extrañado– que si toca el agua se moja y pone esa cara; como el recuerdo de la primera vez que vimos el mar o la montaña o a un muerto.

Como dije antes, el poema que antecede a estas palabras podría traducirse en un simple enunciado que probablemente se agotaría sin dejar huella, un comentario al pasar del estilo “hoy vi un choque”. Sin embargo, es la forma en la que el observador se hace parte de la escena, es la experiencia, la revelación de ese atroz intraducible lo que logra separar la anécdota, los hechos como algo llanamente comunicable, y la vuelve algo mucho mayor, un sentimiento colectivo fuera del tiempo. Entonces la repetición de olas donde vivimos se detiene y en un pequeño corte, intersticio, se separa una uña como sentido condensado. El poema allí vuelve el accidente (nunca hablamos de accidente cuando muere algo que no sea un hombre) y el sacrificio hacia un presente total, un florecimiento continuo de la mirada y la experiencia de los otros en el yo. Aunque la velocidad luego se lo trague. En síntesis: el arte se vuelve sobre la propia naturaleza del lenguaje; si la percepción cambia, quizá también lo haga el mundo.  

Al respecto, la pregunta o disputa acerca de si el arte debe tener alguna función (o para qué) trepa lejos en el tiempo y ya tuvo innumerables respuestas, a esta altura muchas de ellas automáticas, como quien adscribe a algo porque sus definiciones cierran bien. Desde una autonomía paródica: “la poesía no comunica ni sirve para nada sino que es en sí misma” o “yo soy artista, no hago política” hasta “todo lenguaje comunica”, “comunico mis sentimientos”, “el arte es la liberación del hombre”, “todo arte es revolucionario” “el lenguaje es político”. Sin embargo, ante cada conmoción, ante cada experiencia estética que incendia el cuerpo la pregunta se rehabilita. Para qué se escribe, para qué escribo, para qué escribe toda esa gente extraña que se junta en bares, plazas y centros culturales todos los días en todos los rincones de todas las neblinas del planeta.

     En su máxima potencialidad, el arte en general y la poesía en particular son modos de abordar el mundo, de permanecer en él, de sobrevivir y comprender. La poesía alguna vez fue la guerra de Troya, el Cid, Los Lusiadas y La Divina Comedia. La transmisión de la historia del hombre, de la memoria individual y colectiva, de la religión y de las formas en que los humanos expresamos nuestro desacuerdo, construimos a nuestros héroes de cada época y definimos qué es y dónde queda el infierno. La poesía también, mucho después, fue una energía para decir la revolución y las mutaciones de los sujetos de principios de siglo XX, incluso una forma de denuncia que le valió la vida a muchos y muchas. Un lenguaje para hablar de eso tan indecible, la guerra, los muertos, las flores en el territorio arrasado por las bombas. La supervivencia.

La poesía es en el uso específico y desplazado del lenguaje y, justamente por eso, se puede, se debe vivir poéticamente porque existimos rodeados de sentidos clausurados. Porque el dolor y la luz están ahí, son parte del juego, de la transformación. Aunque no se escriba una línea. La poesía no es escritura (eso viene después), es percepción, decodificación y condensación de lo que nos envuelve, es desarticulación del hermetismo, de las mentiras que sirven para envolver huevos. A través del lenguaje poético, a través de eso incierto e inquietante que circula por las cañerías cuando nada se mueve, aquel que salga a la luz del día o de los faroles podrá unir los elementos de otro modo. Sentirá que el tren que se toma todos los días también es parte de una maquinaria, de una respiración conjunta, inescindible. Desconfiará del sujeto como absoluto. Verá historias, imágenes condensadas en una mancha de sangre en el suelo. Sí, esa sangre es de alguien que la dejó ahí contra su voluntad.

Si algo sobra en estos días son las palabras. La cantidad de lenguaje que se genera y nos invade desde que nos levantamos. Abrimos los ojos y el microcentro hierve luminoso al borde de nuestra cama. La poesía es lo que fluye a través de ese caudal en afán reconstructivo. La poesía corta y extrae, se queda con un nudo de la tanza y se toma todo el tiempo necesario para poder desentrañarlo. Entonces vuelve la distinción simple entre lengua poética y lengua prosaica: en el lenguaje predeterminado. En los lugares comunes que revolotean por los medios de comunicación, en los boca en boca rancios, menos comunitarios donde las voces de quienes palanquean los intereses más nefastos circulan amonedadas para que el hombre y la mujer que viven en la velocidad las repliquen, se dejen invadir por ellas. La poesía desarticula, propone un lenguaje alternativo. Comunica y revela como la tristeza que cae sobre la mitad viva, sobre la metáfora de lo que dejamos ir. Así regresamos a lo arcaico, a lo genuino del hombre, al rito de sacrificio, a la lengua maternal, el primer nombre de las cosas, las necesidades reales; no las inventadas y autoimpuestas.

La premisa es hacerse cargo, con dignidad y dolor. Con el cuerpo y las palabras en mutación. Y ese mundo, que podemos construirlo como espejo de la infancia, del barrio, del amor perdido, de la primera experiencia violenta que divide la vida en dos, debe convertirse en una casa desde donde ejercer la resistencia presente y futura, desde donde afilar el oficio para uno mismo y para los demás, siempre. Construir paredes desde adentro y abrir los portones para que vengan quienes lo necesiten, todas y todos los que estén dispuestos a llenarse la remera con versos o con piedras.

Texto: Damián Lamanna Guiñazú

Ilustración: Josefina Schivo Federico

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