“Muerte de presidente” y “Las cabras nos enseñaron a comer piedras para no perecer” (Ovídio Martins, Cabo Verde, 1928-1999)

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Hasta que los portugueses las colonizaron para transformarlas en un puerto estratégico y beneficiar a los esclavizadores de América y el resto de Europa, parece, no había población humana permanente en las islas de Cabo Verde. El rojo sangre predominaba en el paisaje de los navíos negreros que, en espacios reducidos, condensaban la miseria que secuestró, comercializó y asesinó a millones durante siglos: la esclavitud. El verde del nombre proviene del nombre de la península de Cabo Verde, en Senegal. Por muchos años, Cabo Verde, el país, fue un lugar casi desierto, sin personas que lo habitasen, nada de vegetación y mucho menos selvas ricas en animales. Allí no había nada del safari de etiqueta de quien dice “África” como si fuese un todo homogéneo.

A lo largo de siglos, personas africanas, europeas, árabes y estadounidenses dieron lugar a que, desde el punto de vista del colonizador, estas islas fuesen consideradas como un modelo social dignificante del sincretismo cultural y el fruto del desvío del civilizador, pero nada más alejado de la realidad formulada. En Cabo Verde lo que sí hubo fue una estrategia de supervivencia de los isleños que originó un sentimiento nacionalista precoz. Desde los años 30, aparecieron revistas y publicaciones formadas por intelectuales, como Claridade, y la presencia de un pensamiento que prefiguró el Partido Africano para la Independencia de Guinea y Cabo Verde, al mando del escritor e intelectual Amílcar Cabral.

En este punto, el del estallido de las luchas armadas por la independencia, es donde  hallamos a Ovídio Martins, cuyos poemas “Muerte de presidente” y “Las cabras nos enseñaron a comer piedras para no perecer” presentamos exclusivamente para este diario zonal del Oeste.

Bilingüe, deficiente auditivo y ex preso político por formar parte de la lucha por la independencia, la afirmación de la caboverdianidad de este poeta se hace con una vida casi exclusivamente en las islas, salvo por el periodo de exilio en Holanda. Entre sus obras, Caminhada, 1962 (Poemas), 100 Poemas – Gritarei, Berrarei, Matarei – Não ou para pasárgada, 1973 – (poemas en Portugués y en criollo de São Vicente) y Tchutchinha, 1962 (novela). Además, fue el fundador de Suplemento Cultural en 1958.

Entrevistado, el poeta argumentaba que su deficiencia auditiva y la insensatez de sus contemporáneos lo “aislaron en la isla” y le impidieron el encuentro con otros escritores, presidentes o intelectuales (por ejemplo, Jorge Amado, José Sarney, Agostinho Neto y Samora Machel, durante sus visitas a Cabo Verde). En ese aislamiento doble afirmaba “destrabarse” tan solo de dos maneras: “Tengo que ser violento o estar muy contento”. Parece que no le alcanzó vivir por años en Cabo Verde ni luchar por la independencia para que su expresión anticolonialista consiguiera burlar la censura de su país, por lo que el poema “Muerte de presidente” recién fue publicado en Brasil en el año 1986. El objeto censurado iba “contra los absurdos de la política de Reagan”, el entonces presidente de los Estados Unidos. A 69 días de asumir la presidencia, el republicano -líder de la potencia mundial durante la Guerra de Malvinas- fue víctima en Washington de un atentado que casi le costó la vida.  

Si bien Martins escribía sobre el amor y la caboverdianidad, entre otras cosas, la mirada artística, contemporánea al impactante video del atentado, se dirigió al plano de la política internacional y la injusticia. ¿Por qué justo hacer un poema sobre un ataque terrorista? ¿Por qué elegir esos países que menciona y no otros –como Inglaterra, Francia o Alemania- para unirse en el gran ataque?

Quizá sea posible pensar aquí que la muerte es un hecho biológico que se explica con los códigos de la naturaleza (el corazón se detiene como cae una hoja del árbol), pero un asesinato del presidente de EE.UU. sólo es explicable en el plano de la intencionalidad y, por eso, en la historia (especialmente la historia del poder). Esto es así porque, como explica Hayden White, la biología no se escribe en términos de un concepto o un propósito determinado. Dicho simplificadamente, el perro nunca es malo como un poderoso político cuando destroza un pájaro de un bocado en el aire. En la historia y no en la biología, según White, cada protagonista prefiere “la autodestrucción a fin de servir un ideal o alguna norma de conducta heredada culturalmente antes que rendirse a las leyes de la adaptación y de la supervivencia, que deberían dominarlo en tanto mamífero”. ¿Será algo de esto lo que permite ver otra sustancia en este poema que no sea un simple atentado en una comedia de unir el mundo –una parte del mundo- contra el presidente de EE.UU.? La inspiración de justicia de mapas, como si fuese un TEG, llamó la atención del Corredor de ideas y motivó discusiones, lecturas y, finalmente, la traducción que presentamos a continuación, junto a estas palabras introductorias. Además, incluimos “Las cabras nos enseñaron a comer piedra para no perecer” para atravesar lo mismo con otro sentido, en tal caso, el de la supervivencia.

Muerte de presidente

I

Granada mata a Reagan
Nicaragua mata a Reagan
Cuba mata a Reagan
América Central
Sur y Norte
Es necesario matar a Reagan
Es necesario

II

Angola mata a Reagan
Mozambique mata a Reagan
África Austral
O no
Musulmán
O cristiano
Es necesario matar a Reagan

III

OLP  mata a Reagan (*)
Siria mata a Reagan
Líbano mata a Reagan
Y todo el Oriente Medio
Y todo el Medio Oriente
Es necesario matar a Reagan

IV

Vietnam mata a Reagan
Kampuchea mata a Reagan
Timor Oriental mata a Reagan
Asia entera
De norte a sur
De este a oeste
Es necesario matar a Reagan

V

Portugal mata a Reagan
España mata a Reagan
Grecia mata a Reagan
¿Cuándo se iniciará
La hora liberada?
Es necesario matar a Reagan

VI

Nueva Caledonia mata a Reagan
Australia mata a Reagan
Y toda Oceanía
En su vastedad infinita
Es necesario matar a Reagan

VII

Mundo mata a Reagan

(*) Organización para la Liberación de Palestina (OLP).

 

 

Las cabras nos enseñaron a comer piedras para no perecer

¡Nosotros somos los flagelados del viento del este!

A favor nuestro

Nunca se hicieron campañas de solidaridad

Los hogares no se abrieron para abrigarnos

Ni hubo brazos fraternalmente extendidos

                                                 hacia nosotros

¡Somos los flagelados del viento del este!

Aprendimos con el viento a bailar en la desgracia

El mar nos transmitió su perseverancia

Las cabras nos enseñaron a comer piedras

                                                para no perecer

¡Somos los flagelados del viento del este!

Año tras año morimos y resucitamos

Para desesperación de quienes nos impiden

                                                          la caminata

Caprichosamente seguimos de pie

En un desafío a los dioses y a los hombres

Y no nos provocan miedo los estiajes

porque descubrimos el origen de las cosas

                 (¡si es posible!…)

¡Somos los flagelados del viento del este!

Los hombres ya no nos dicen hermanos

Y las solidarias voces que siempre  hemos

                                        escuchado

Apenas son

                          las voces del mar

que nos salaron la sangre

                          las voces del viento

que nos entrañó el ritmo del equilibrio

                          y las voces de nuestras montañas

extraña y silenciosamente musicales                       

¡Somos los flagelados del viento del este!

Introducción y traducción por Rodrigo Arreyes. Texto publicado originalmente en Galería

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