Esos raros pañuelos nuevos

Dame un poquito de amor 
No quiero un toco

Charly García

Mientras el aula se acomoda, abro la puerta envuelto en lana, atravesado por el apuro de llegar otra vez sobre la hora, y saludo bajito casi sin mirar al grupo de pequeñxs estudiantes que se acomoda sobre los bancos. “Buenos días a todos y a todas” es, desde que empecé a dar clases y sobre todo desde que perdimos, mi modo de mostrar de movida que “en esta clase” vamos a hablar de gramática, de literatura y de política, es decir, de nuestra lengua. La segunda vez que levanto la cabeza, la imagen colectiva como la luz empieza a descomponerse en una sumatoria de gestos nítidos. Los peinados futboleros de moda -costados rapados y flequillo cayendo hacia un lado-, arcoíris en las uñas, rodetes por obligación, las curitas para tapar los piercings y alguna piña que cae en un hombro frío, las espaldas. Pero esta vez noto algo diferente. En el fondo derecho del aula las pibas, las que me dijeron apenas empezó el año que eran feministas e iban a las marchas de Ni una menos, sacan sus pañuelos y los apoyan sobre el banco. Tienen trece años y ya levantan la vista desafiantes, el brillo de los brackets sobre las sonrisas desordenadas. Alegría que hierve como un jardín radiante contra el cielo gris.

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Me dice que está triste porque todos los días llega roto a su casa después de las siete de la tarde. Desde este año que lo subieron a novena, entrena todos los días y empezó a irle mal en la escuela. Encima tiene “ganas de dejar el fútbol” porque no puede con todo y a la vez tiene miedo de que su mamá y su papá lo obliguen a decidir. Juega de enganche y le toca comer banco porque “el otro diez juega mejor que yo”. También siente que está gordo y eso le saca movilidad y, sobre todo, chances. Sabe que le está peleando el puesto a su propio cuerpo. Detrás de esa imposibilidad, una versión del olvido: forma de vida que ya se proyecta como mucho más que un juego, mucho más que un cuerpo chiquito. Una carrera que es también el camino de salvación para una familia. La charla se interrumpe cuando otro compañero se acerca y pela su pilón de figuritas del mundial. Busca busca y me regala una, un jugador africano que se llama “Embolo”. Al principio no entiendo el chiste. Ahora pienso que tengo que mejorar mis clases y dejar de hablar tanto para dedicarme a escuchar lo que nadie dice.

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El fútbol y los pañuelos verdes. La belleza del juego vuelta presión y la mirada que interpela desde los bancos del fondo. Los ídolos que sonríen desde la foto para motivar a ser como ellos y la política. De un lado, la política como un pájaro que detona la vida desde temprano y la vuelve colectiva. El bramido de la calle, de los cuerpos que la inundan. Del otro, una niñez que se vuelve adulta y se encuentra con el llamado de los exitosos que la seducen sin sacarse los lentes negros. Un poster y una foto grupal. El pelo rapado y el rodete que, cuando suena el timbre, se suelta, se desboca.

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-¿Se enteraron que la agrupación se partió? –¿No, qué pasó? -Parece que se pelearon dos de sus referentes y entonces Ramón “se llevó” como a veinte unidades básicas –Ah, se la estaban midiendo –Claro, de una. La política como un código de los varones. La mezquindad que nos llevó a la derrota. O nos sometemos o nos separamos. ¿Cuántas veces habremos amado así?

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En menos de un año murieron dos voces que se me habían vuelto indispensables, dos escritorxs que voy  a leer con devoción hasta el final como sólo se escucha la palabra poderosa de unx maestrx. Liliana Bodoc y Mark Fisher hablan ante todo del tiempo, el deseo y la solidaridad. Del amor. Desde su lejanía, desde sus disciplinas y registros tan disímiles, logran construir un paradigma que intenta volver a este mundo un lugar más habitable. Mientras Liliana mira las raíces, el pasado latinoamericano y la poesía y clama por la potencia de la memoria como retorno a un origen sagrado, Fisher se la juega por la invención de un futuro que haga pie sobre la recuperación del deseo: imaginar lo que no existe para hacerle frente al discurso capitalista que volvió nuestra vida un terreno árido rodeado de rejas. De repente, entre estas dos miradas, un broche de luz, un símbolo nuevo: el pañuelo verde de las madres de plaza de mayo. La extraña sensación de que volvemos a sentirnos indestructibles. Imágenes de calles repletas.

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Y gracias a las imágenes, pienso. Dejo que los retazos se acumulen hasta que la bomba explote. A veces también saco las garras comidas cuando me piden que me corra, cuando una chica armada con la palabra me dice que a nadie le interesa ese pensamiento que digo mío y pretende ser profundo; que es hora de callar, de dejar lugar a otras voces. Después me miro al espejo y ahí nomás un ejército con las botas calzadas, cada una dispuesta a defender al yo a muerte, con su número en la espalda. Será que me criaron así, guardaparque que defiende alambrados. Si no tenés la última palabra, estás derrotado. Si te vas a ir, que no se note que estabas huyendo así después podés volver como si nada. La política de los varones: la defensa acérrima de la cadena de mandos. De los mandos. Lejos, en el bosque, dos chicas que se acompañan para ir al baño. Atraviesan la muchedumbre y abren la puerta a carcajadas. Ese barullo amorfo que llega de la fiesta cuando se la escucha desde los paréntesis del mundo.

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¿Cómo entender el rol que uno tiene en una revolución? Me llevó bastante tiempo, agarradas e imposturas entender que el feminismo implica, ante todo, una manera subversiva y libre de enfrentarse y poner al mundo patas para arriba, que propone entregarse al verdadero reencuentro con lxs otrxs. Que todo eso que en algún momento percibí como una incomodidad me enfrenta a una limitación propia: el grito de los anticuerpos que se resisten a que el imperio del yo, las jerarquías y el privilegio se retire a las alcantarillas. El feminismo se vuelve esta posibilidad única de sentirnos parte de una energía realmente colectiva, de un futuro donde destacarse no es una razón de vida. De no dejar que el neoliberalismo que entroniza la competencia y el triunfo individual se termine de quedar con lo más vital que tenemos: el amor real, el compromiso, nuestra comunidad y existencia colectiva. Que la palabra sororidad, implica un nivel de empatía tan enorme que todavía la traducimos en nuestra cabeza al escucharla. Entonces abandono el miedo porque ese bosque que avanza va a ser también mi bosque, mi casa, la de todxs lxs que deseamos -aunque cueste y reaccionemos en el sentido más político/patético del término- una manera realmente diferente de vivir. Porque ya no queremos sentir sobre los hombros el paradigma de los tipos triunfadores, del dar órdenes, la imagen diseñada, la necesidad de ser adentro de una voz engolada. No queremos que nos arruinen la vida desde que nos ponen un nombre, que nos esclavicen una y otra vez y después, cuando ya no demos más, nos regalen la charretera de policías para ganarnos de su lado.

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Mientras escribo estas líneas en la televisión hablan de un empate técnico en la votación para legalizar el aborto. Me pregunto cómo van a hacer lxs legisladorxs para salir del Congreso si la media sanción no sale. De todos modos la sensación que reina es la de triunfo. Que el comienzo del mundial haya pasado a un plano invisible frente a un debate legislativo parece decirnos que aunque la desgracia y el lavado de cerebro permanente, igual crecimos como pueblo, inundando las calles y las ideas. Una última premisa entonces. Dejarnos atravesar por la fuerza más poderosa y agradecer que en medio de tanto desconcierto, del fin de las ideologías y los discursos de cambio real, finalmente aflore una nueva versión del futuro. Mucho más humana. El feminismo dispuesto a dejar ir o echar lo que haga falta. Todos nosotros a acompañar. A ocupar los lugares que nos toquen en medio de esta historia. Como dijo un raro alguna vez: “Y si vas a la derecha/Y cambiás hacia la izquierda, adelante/Es mejor que estarse quieto/Es mejor que ser un vigilante.”

Texto: Damián Lamanna Guiñazú

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