Somos las nietas

La vida está hecha de tránsitos. Y en ella las luchas están hechas de objetivos, de reflexiones, de acciones, de mayor y menor incidencia sobre la realidad interior-exterior que queremos transformar. Las luchas son esos surcos que marcamos en los caminos alisados, que siempre se alisan para que andemos sin tropezar. Para facilitar la cotidianeidad, sí, a veces. Para robarnos dosificadamente nuestra conciencia sobre ésta, también. Para que otrxs que nunca somos nosotrxs ganen dinero, poder de nuestro trabajo, de nuestrxs cuerpxs y emocionalidades, también.

Hay luchas que pasan por las instituciones que sostenemos. Pero que, de alguna manera un poco más cojonuda o bastante más ineficaz, según el caso y los intereses involucrados, como pueblo delegamos en ellas. Ya sea por tales o cuales acuerdos sociales o por los otros tiempos de la autogestión colectiva o por la imposibilidad inmediata de universalización de los derechos por una vía paralela a las instituciones –posibilidades que, ante las macroestructuras del poder y las urgencias del subsistir, parecen inaccesibles o inútiles (aunque no sea realmente así)-.

Por supuesto o por suerte o porque las necesidades y los deseos urgen, hay luchas que prescinden de las instituciones o las esquivan, de manera provisoria o permanente. Puede ser porque son tan íntimas que hasta prescinden de los otros en su materialidad y presencia, al menos en lo aparente. Puede ser porque las personas no siempre deseamos las reglas ya establecidas para implantarlas en nuevos paradigmas, nuevas maneras de organización colectiva, afectiva, libertaria.

images.jpg

Esos dos planos los venimos atravesando las mujeres, lesbianas, travestis y trans, tendiendo una vía entre ambos y, a la misma vez, no dejando de exigir a las instituciones lo que nos corresponde. Es decir, lo que en principio quizás pudimos sentir más íntimo, personal, propio es, en definitiva y sin dudas, público, político en su sentido más fundamental.

Estamos así por cómo nos insistieron en que debíamos vincularnos. Estamos así por cómo nos dijeron que debíamos ser y qué debíamos hacer, qué no. Y basta de discutir. Y nada de alzar la voz, que lo que pase, pase en la casa y no puertas afuera. Y si sale del encierro, es mentira, es una hechicera, una loca, una mala madre, una puta, una resentida, una porquería.

Pero claro, así como las mareas traen pescados muertos o basura pestilente, otras mañanas traen espumita y susurros. Análogamente, el feminismo o los feminismos, nosotres en lucha, desde hace siglos, venimos intentando hacer correr la bola por lo bajo y lo bajísimo, algunas mañanas hechas polvo, silenciadas, otras mañanas enardecidas mostrando los dientes furiosos y alegres, sosteniendo nuestros cantos.

tumblr_ns4f2bA7Zy1uwkq3bo1_250.gif

Así nosotres tratamos de amarnos y amar un poco o muy distinto, incluso hasta con el dolor estereotipado aún, como si allí hubiera una respuesta, que muchas veces es nuestra propia vida.

Así nosotres buscamos los conjuros para criar hijes no tan solas, o para parir hijes acompañadas sin juicios, o para abortar las madres-mandato que no queremos ser todavía o nunca o porque queremos ser sujetos deseantes y como nosotres, nuestros hijes.

Así para mantener listo ya el abrazo, la palabra, la información libertaria, para salvarnos a nosotres mismes, haciendo cadena, pura fuerza colectiva, que no cede; porque si no, nos disolveríamos ante los garrotes o las palabras como garrotes, da igual, con que el Estado, el Mercado, el marido, el padre, el macho disfrazado de propietario –pero no responsable- de la vida privada y de la pública en las calles, en las casas, en las mismas instituciones, nos quieren gobernar.

Ocurre que hay algo que hace siglos se gestó y que emerge ya sin retrasos ni frenos. Ocurre que en aquellos bosques confinados nos vimos hermosas, hermoses y entendimos cuál era nuestra magia y nuestro poder, que fuimos destilando en lágrimas, en voces, en sangre, en goces, cuando y donde podíamos, hasta que empezó a extenderse sobre cada vez más espaldas, como un manto. Entonces, ese bosque se transformó en nuestra historia y nuestra esperanza. Ese bosque es el jardín donde nos cultivamos y donde entendemos que juntes somos como el aire, como el agua, pura tierra y todo el fuego.

Texto: Pamela Neme Scheij

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Blog de WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: