DIVERSA Y UNA ES NUESTRA LUCHA

El feminismo es un modo de vida, una militancia que se da todos los días y en todos los ámbitos. Personalmente, hallo en el feminismo un lugar de encuentro. Un lugar seguro.

A quienes nos asignan la identidad de mujeres al nacer, se nos inculca desde siempre un sinfín de valores: que tené novio, que mejor adelgazá, que de grande te van a dar ganas de ser madre y, particularmente, que las demás mujeres son competencia para nosotras. Insisten en enseñarnos, desde niñes, a compararnos con las demás, a ver quién es más y quién es menos.

Uno de los principios básicos del feminismo es la sororidad. Esa hermandad, ese pacto que, quizás desde antes de ser feministas, hemos practicado; pero que, desde que nos empezamos a construir como tales, se vuelve la ley primera. Es cuidarnos, es acompañarnos, es preocuparnos genuinamente la una por la otra. “¿Llegaste?”, “¿Cómo te trató cuando salieron?”, “¿Cómo te sentís?”, “¿Qué querés hacer? ¿Tenerlo? ¿Abortar? Avísame que te ayudo en lo que necesites”.

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Sororidad es también saludarnos con un abrazo cálido en un día frío y lluvioso de marcha. Es cantar hasta que ardan las gargantas y bailar hasta que se nos hinchen los pies. Es abrazar pibas que no conocés y agitarla juntas.

Ayer miles de mujeres, lesbianas, travestis y trans marchamos juntes, de las manos, para reclamar por nuestros derechos. Los pañuelos verdes resplandecían entre banderas, capuchas y paraguas. Desde la Plaza de Mayo hasta el Congreso de la Nación, en una marcha que duró al menos cuatro horas, todes pusimos el cuerpo por todes, porque sororidad es marchar por les que están, por les que no están y por les que peligran.

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Distintas organizaciones y personas no agrupadas gritamos por el aborto legal, seguro y gratuito, porque sororidad es también pedir que nadie arriesgue su vida nunca más por tener que abortar en condiciones precarias y en la clandestinidad.

Lamentablemente, las últimas palabras que nos decimos al abrazarnos antes de ir a casa son: “avisame cuando llegues”. Si bien con nuestra militancia hemos logrado que ciertas cuestiones arraigadísimas al sentido común estén en proceso de cambio, aún no sabemos si nosotras o nuestres compañeres llegaremos a casa. No tenemos ninguna certeza.

Hace tres años que el feminismo empezó a dejar de ser una mala palabra o un término desafortunado para muchas personas, entre las cuales me incluyo, y se convirtió en esta forma de transitar la vida que constantemente nos interpela cuando un pensamiento o actitud machista se nos cruza.

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Insisto, el feminismo es la deconstrucción y reconstrucción permanente. Implica una destrucción de ideales arcaicos y una reconstrucción de todo eso que hemos aprehendido. Es también el constante cuestionamiento sobre un sinfín de aspectos de nuestras vidas, ¿para qué? Para poder ser más libres.

Texto: Lucía Monsalvo

Fotos: Celeste Destéfano

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